—Ah, sí... ¿y en qué camarote estás? —preguntó el hombre, cruzando los brazos con una sonrisa ladeada. Claramente no le creía ni una palabra, pero parecía disfrutar el juego.
Olga tragó saliva. No tenía ni idea de qué responder. Apenas estaba empezando a conocer el barco, los pisos, las zonas exclusivas, mucho menos los números de los camarotes.
—Yo… estoy en el… —empezó a decir, titubeando.
Pero, para su fortuna, en ese instante Mirella apareció corriendo por el pasillo, llegando justo a tiempo.
—¡Olga! —gritó, ignorando por completo al hombre junto a ella—. ¡Encontré algo… algo que nos va a ayudar!
Olga abrió mucho los ojos, agradecida por la interrupción. Se giró hacia su amiga con urgencia.
—¿Qué? ¿Qué encontraste?
Mirella giró lentamente hacia el hombre, encontrándose con su mirada fija y curiosa. Él observaba a ambas con evidente interés. Ella apretó los labios, formando una delgada línea de tensión. No podía hablar allí, no frente a un desconocido, y mucho menos si él podía representar un nuevo problema.
—Hablemos en otro lugar —dijo con voz firme, sin apartar los ojos del hombre alto.
Olga captó el mensaje de inmediato. Se volvió hacia él y, con una sonrisa educada, se despidió:
—Fue un gusto conocerte. Nos vemos.
Ambas se alejaron a paso rápido, dejando al hombre solo en el pasillo. Él no se movió. Las observó mientras se perdían entre la gente y, cuando desaparecieron de su vista, sonrió con interés. Había algo en esa mujer que le causaba una fuerte curiosidad.
En uno de los camarotes de primera clase del barco, Joaquín terminaba de ajustarse el traje frente al espejo. Acomodaba los puños y revisaba cada pliegue del saco mientras escuchaba con atención a su asistente, que le hablaba sobre la recepción que se celebraría esa noche para dar la bienvenida oficial a los invitados más importantes.
—Recuerde que dará unas palabras justo antes de que comience el brindis —mencionó Arturo, repasando la agenda en su tableta.
Joaquín asintió distraídamente, concentrado en su reflejo.
La puerta se abrió de golpe sin previo aviso, interrumpiendo la conversación. El hombre que había estado con Olga en el bar entró con aire despreocupado.
—Amigo, ya estoy aquí. ¿Qué se necesita?
Joaquín terminó de abrocharse los botones del saco y se giró para recibirlo con una mirada levemente exasperada.
—Ron… ¿dónde estabas?
Ron sonrió, recordando con gusto a la mujer del bar y su inesperada huida.
—Por ahí... —respondió con tono misterioso, encogiéndose de hombros.
Joaquín lo observó unos segundos, sabiendo que detrás de esa sonrisa había algo más. Pero no preguntó. No todavía.
Joaquín negó con la cabeza, visiblemente molesto.
—Te dije que primero es el trabajo… y después la diversión —dijo en tono serio, clavando la mirada en su amigo.
Conocía muy bien a Ron. Era competente, eficiente, tenía un instinto nato para los negocios… pero también era un ojo alegre, incapaz de resistirse a una cara bonita.
Ron rodó los ojos con gesto resignado ante el regaño.
—Ok, ok. Ya entendí. Dime qué hace falta —respondió, levantando las manos como en señal de rendición.
Raul, el asistente, le entregó unas carpetas a Ron. Los hombres se pusieron a trabajar en los últimos detalles, protocolos de seguridad, lista de invitados especiales, asignación de mesas y personal.
Ron, pese a su actitud relajada, se concentró de inmediato. Daba ideas claras, sugería ajustes. Joaquín, perfeccionista hasta el último centímetro, quería que todo saliera impecable. No podía haber errores, mucho menos en una noche de gala con inversionistas a bordo.
Mientras tanto, en un camarote unos niveles más abajo, Olga y Mirella estaban sentadas en la cama, con el teléfono de Mirella entre ellas. Revisaban con atención las fotografías que habían logrado captar.
Olga estaba emocionada, con una sonrisa iluminando el rostro.
—¡Con esto, el jefe estará encantado! —exclamó, ampliando una de las imágenes.
Mirella asintió, aunque con más cautela.
—Sí… pero aún así no debemos perder nuestro objetivo —recordó con firmeza.
—Tienes razón —respondió Olga, bajando un poco el tono. Luego, recordando los eventos de más temprano, desvió la conversación—. Oye… el tipo que estaba contigo, ¿quién era?
Mirella soltó un largo suspiro y se dejó caer de espaldas sobre la cama, cubriéndose brevemente los ojos con una mano.
—Es un acosador. Van varias veces que lo encuentro cerca de mí, como si me estuviera siguiendo.
Olga frunció el ceño, pero luego, con una ceja alzada, comentó con tono burlón:
—Pero… Es un acosador súper guapo. ¿No te diste cuenta?
Mirella giró la cabeza para mirarla con incredulidad.
—¿Estás hablando en serio?
—Solo digo lo obvio —respondió Olga encogiéndose de hombros con una sonrisa traviesa. Mirella negó con firmeza, adivinando perfectamente lo que su amiga estaba insinuando.
—No. Estoy aquí por trabajo… algo de diversión y un poco de relax. No me interesa enredarme con nadie, y mucho menos con un acosador loco que bien podría terminar siendo un violador.
Su voz tenía una mezcla de determinación y cansancio. Todavía estaba procesando el final de su última relación. Aún dolía. Y no, no estaba lista para volver a confiar, ni a ilusionarse, ni a dejar entrar a alguien más.
Olga captó el tono serio de su amiga y decidió no insistir.
—Ok, ya no diré nada —dijo con suavidad, levantando las manos con gesto de paz.
Mirella se acercó a la ventanilla del camarote. Apoyó una mano en el cristal mientras observaba cómo las olas se rompían suavemente contra el costado del barco. El azul del mar parecía hipnótico, pero en su mente sólo había una imagen, ese beso inesperado con Joaquín. Lo recordaba con confusión… y algo más.
A su espalda, Olga seguía parloteando sobre estrategias para dar con Tania nuevamente, repasando posibles ubicaciones, rutas y excusas.
Más tarde, luego de prepararse con calma y algo de entusiasmo, ambas decidieron alistarse para la gran bienvenida que se anunciaba constantemente por los altavoces del crucero. La voz del sistema retumbaba cada hora, recordando a los pasajeros que la noche sería especial, una gala exclusiva para dar inicio oficial al viaje.
Sabían que esa fiesta no solo era un evento social… era la oportunidad perfecta para observar, acercarse, escuchar y descubrir.