—El divorcio —respondió el asistente con profesionalismo.
Ella parpadeó, como si no comprendiera del todo.
—¿Qué? —repitió, sin aliento.
Joaquín la miró con frialdad, con una expresión que mezclaba asco, decepción y cansancio.
—Fírmalo —ordenó, sin titubeos.
Maritza retrocedió un paso. El tono de su esposo no admitía discusión. Joaquín había tenido paciencia, había tolerado su distancia, había aceptado que el trabajo lo absorbiera demasiado… pero jamás pensó que ella le pagaría así.
—Últimamente estuve muy ocupado —añadió con amargura— y pensé que podía confiar en ti. Pero te convertiste en alguien que ni reconozco.
Maritza bajó la mirada, muda. Por primera vez, su arrogancia se desmoronaba por completo.
Federico seguía allí, sin saber si debía quedarse, disculparse o simplemente desaparecer. Ya no era parte de la escena… sólo un espectador más de una tragedia que él mismo había ayudado a escribir.
—¡No lo haré! —gritó Maritza, apretando los papeles entre las manos—. ¡No puedo perder todo lo que tengo contigo!
Su voz se quebraba entre la desesperación y el miedo. Sus ojos buscaban a Joaquín, pero él ya no la miraba del mismo modo. Había un abismo entre ellos que no se podía reparar.
—Amor, yo te amo… me sentía sola. Esto solo fue un accidente. ¡Escúchame! —intentó justificarse, dando un paso hacia él.
El asistente, sin decir una palabra, le entregó otra carpeta. Maritza la abrió con nerviosismo… y su rostro se congeló.
Dentro había fotografías. Decenas. Maritza aparecía en varias de ellas con diferentes hombres, algunos abrazos, otros besos… y entre ellas, claramente, una donde estaba con Federico, caminando muy cerca, sonriendo, entrando a ese mismo hotel.
Maritza palideció. Estaba impactada. No tenía idea de cómo Joaquín había conseguido tanto.
Él la miró por última vez, implacable
—Firma los papeles —ordenó Joaquín con voz firme y sin titubeos—. Te dejaré la mansión y una cantidad significativa de dinero, pero a partir de hoy, no quiero volver a verte jamás.
Sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del hotel, dejando atrás el escándalo que acababa de estallar. Maritza, desesperada, corrió tras él.
—¡No, por favor! ¡Cariño, perdóname! ¡Joaquín, escúchame! ¡Joaquín!
Pero antes de que pudiera alcanzarlo, los guardaespaldas del empresario la detuvieron con movimientos decididos. Ella forcejeó, sollozando, pero no pudo avanzar un paso más. Su súplica quedó flotando en el aire, sin respuesta.
Federico, aún presente, se mantenía inmóvil, observando todo en silencio. Se acercó lentamente a la carpeta con las fotos que el asistente de Joaquín había dejado. Al abrirla y ver la colección de imágenes, sintió un vacío en el estómago.
Maritza aparecía con varios hombres, en distintos lugares, en situaciones claramente comprometedoras. Sonrisas, abrazos, besos... Y entre esas imágenes, estaba él. Una pieza más en la larga cadena de engaños.
El arrepentimiento lo golpeó con fuerza. ¿Cómo había sido tan ingenuo? ¿Tan estúpido?
Había traicionado a Mirella por una mujer que jugaba con todos. Por una aventura vacía, sin sentido, que ahora lo dejaba expuesto, sucio, y completamente solo.
Maritza seguía gritando detrás, suplicando, pero para Federico… el silencio ya había dicho todo.
Joaquín caminaba por el pasillo sin mirar atrás. Antes de desaparecer por la puerta del hotel, se detuvo un segundo y le dio una última orden a su asistente:
—Que no salga de aquí sin firmar. Y si no quiere... oblígala.
El asistente asintió con una leve inclinación, observando a su jefe alejarse con paso firme y decidido.
Mientras tanto, en las calles cercanas, Mirella avanzaba como si flotara. Caminaba en automático, perdida entre sus pensamientos. Su rostro estaba empapado de lágrimas, pero no lo notaba. Todo su cuerpo dolía, no por un golpe físico, sino por la herida invisible de una traición que aún no sabía cómo procesar.
Ella lo había amado. Amado de verdad. Había imaginado su vida junto a Federico, compartir un departamento, casarse, quizás formar una familia. Él lo había mencionado más de una vez y ella había empezado a soñar con ello. Nunca, ni en sus peores pesadillas, pensó que él sería capaz de romperle el corazón de esa forma tan cruel.
Llegó a la esquina de una avenida y se detuvo, esperando que el semáforo cambiara. La gente la observaba con curiosidad, algunos con compasión, otros con incomodidad. Notó sus miradas y se apresuró a limpiarse las lágrimas con la manga. Se abrazó a sí misma para protegerse del frío… o del vacío.
Un auto de lujo pasó junto a ella. Joaquín, en el asiento trasero, giró la cabeza y la vio. Tan frágil, tan rota. Ella ni siquiera lo notó. El contraste entre su fuerza silenciosa y su vulnerabilidad lo conmovió de forma inesperada. La observó hasta que su figura quedó atrás, pequeña entre la multitud.
Más tarde, Mirella regresó a la oficina. Aún no sabía cómo. Sólo necesitaba distraerse, escapar del caos de sus emociones. Apenas entró, su amiga Olga se acercó de inmediato.
—¿Dónde estabas? El jefe preguntó por ti y tuve que inventar una mentirilla —dijo en voz baja, con una sonrisa cómplice.
Mirella alzó la vista y, al ver a su amiga, no pudo contenerse. Las lágrimas comenzaron a brotar con fuerza, descontroladas. Olga la abrazó de inmediato, con ternura y preocupación.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja.
Sin decir una palabra más, Olga la condujo hasta los baños. Allí, ya a salvo de las miradas curiosas, Mirella le contó todo. Desde las fotos, hasta la imagen que aún la atormentaba: Federico con otra mujer, desnudo, sin el más mínimo remordimiento.
Olga no podía creer lo que escuchaba. Caminaba de un lado al otro, furiosa, agitando las manos como si necesitara golpear algo.
—¡No lo puedo creer! ¡Ese idiota! ¿Cómo se atrevió? Le voy a cortar el…
—No importa ahora —interrumpió Mirella con voz queda, limpiándose rápidamente el rostro con un pañuelo—. Mi relación con Federico… se terminó.
Olga se acercó de inmediato, tomó sus manos con fuerza y la miró a los ojos.
—Bien por ti, amiga. Tipos como esos no valen la pena. Tú mereces algo mejor. Mucho mejor.