Cap 2 Engaño

1053 Words
La mujer, sin ningún pudor, se irguió en la cama con lentitud felina y habló con una voz suave pero venenosa: —¿Esta es tu noviecita? —preguntó con desdén, recorriendo a Mirella de arriba abajo con la mirada, como si la estuviera evaluando. Federico y Mirella se volvieron al escucharla. La mujer se levantó sin apuro, sin molestarse en cubrirse al principio, hasta que encontró su bata y se la puso con elegancia, como si estuviera en su propio hogar. Mirella, incómoda, desvió la mirada. No quería verla. Aquella mujer le parecía una descarada. Pero la mujer no había terminado. Se acercó a Mirella con pasos pausados, como disfrutando cada segundo de la humillación que provocaba. —Eres muy bonita —dijo, inclinando un poco la cabeza—, pero… debes ser muy insípida… O dime ¿Por qué Fede buscaría quien lo atienda? La mujer se acercó a Federico, que aún buscaba apresuradamente su ropa por el suelo. Sin previo aviso, tomó su rostro con una mano y lo besó en los labios con descaro. Él, aturdido y emocionalmente fuera de sí, no reaccionó de inmediato. No la apartó. Mirella lo vio todo. La imagen fue como una puñalada directa al pecho. Apretó los labios para no romper en llanto. Federico finalmente se alejó del beso. —Maritza… —le advirtió con incomodidad, como si de repente recordara que Mirella aún estaba ahí. Pero la mujer simplemente soltó una carcajada y se dejó caer de nuevo sobre la cama, acomodándose con sensualidad y cero remordimiento. —¿Qué? —dijo con burla, sin molestarse en ocultar su indiferencia. Federico volvió a mirar a Mirella, esta vez con una expresión mezcla de derrota y cansancio. —Lo siento… pero tú no me das lo que ella sí. No quieres tener sexo conmigo y ya llevamos más de un año juntos —soltó, como si se justificara. Mirella parpadeó, incrédula. Sus labios temblaron. —¿Es por eso? —preguntó con la voz rota—. Te dije que no estaba lista. Luego soltó una breve risa irónica, más de dolor que de humor y negó lentamente con la cabeza. Permaneció en silencio unos segundos, intentando recuperar la dignidad entre el caos. Inhaló profundamente, alzó el rostro y lo miró directamente a los ojos, sin lágrimas ya, con una fuerza nueva. —¿Sabes qué? Ya no importa —dijo con calma. Su voz era serena, pero firme—. Esto se terminó. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Ya había visto suficiente. Federico había elegido y estaba claro que no valoraba lo que habían construido. Mientras ella se alejaba, la voz de Maritza volvió a llenar la habitación. —Fede… ven a la cama —dijo con desgano, rodando los ojos mientras se acomodaba entre las sábanas. Mirella no volteó. Ya no necesitaba hacerlo. La puerta se cerró detrás de ella como un punto final. Definitivo. Federico se quedó de pie, inmóvil, mirando a la mujer recostada en la cama. Su mente era un torbellino. No sabía si debía ir tras Mirella, tratar de remediar el daño, o quedarse. La verdad era que con Maritza la pasaba bien y el deseo nublaba su juicio. Pero algo dentro de él, algo más profundo, comenzaba a estremecerse. Mientras tanto, Mirella cruzó la pequeña sala sin mirar a nadie. Pasó justo al lado del hombre del traje n***o, quien se mantenía de pie, como una estatua, observando todo en silencio. Había escuchado cada palabra. Sus ojos, serios y oscuros, la siguieron, pero él no dijo nada. Su mandíbula apretada delataba la tensión contenida. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el puño. Ella salió sin decir palabra. No era su batalla. En ese momento, el asistente se acercó discretamente al hombre del traje. —Está todo listo —informó en voz baja. El hombre asintió y sin perder el aplomo, entró en la habitación. Su sola presencia cambió el ambiente al instante. La calma fría y controlada que irradiaba era más amenazante que cualquier grito. Maritza, al verlo, palideció de inmediato. Su actitud cambió por completo. La coquetería se desvaneció como humo. Se cubrió con la sábana de forma desesperada, los ojos muy abiertos. —¿Joaquín? ¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz temblorosa. El miedo era evidente. Federico frunció el ceño, confundido. —¿Quién es él? —le preguntó a Maritza, notando por fin el pánico en sus ojos. Joaquín soltó una leve carcajada, sin humor. —Soy el esposo de la mujer con la que te estás acostando —dijo con frialdad, clavando su mirada en Federico—. Y también soy el que paga por esta habitación. El silencio que siguió fue devastador. Federico retrocedió un paso, como si acabara de recibir un golpe invisible. Maritza no decía nada, su rostro era un cuadro de pánico. Joaquín dio un paso más al interior, su voz baja pero letal. —¿Tienes idea de en qué problema te acabas de meter? Federico, aún conmocionado, miró a Maritza sin saber qué pensar. La había conocido en un bar semanas atrás. Sus encuentros habían sido fugaces, siempre en hoteles elegantes como ese. Ella era misteriosa, divertida, intensa… pero nunca hablaron de sus vidas personales. Nunca imaginó que estuviera casada. Mucho menos con alguien como Joaquín. Maritza, ya vestida, se acercó a su esposo intentando mantener la compostura. Ignoró por completo a Federico, como si ya no existiera. —Amor… no es lo que crees —dijo en voz baja, tartamudeando, con los ojos vidriosos. No tenía una excusa válida. Ni siquiera sabía por dónde empezar. Joaquín soltó una risa amarga, cruzándose de brazos. —¿Ah, no? ¿Entonces no te acostaste con ese imbécil y no acabas de humillar a su novia frente a tus propias narices? Maritza abrió los ojos con espanto. Acababa de entender que Joaquín había escuchado todo. Cada palabra, cada burla, cada provocación hacia Mirella. Justo en ese momento, el asistente de Joaquín se acercó en silencio, con la eficiencia de quien ya sabía lo que tenía que hacer. Llevaba una carpeta en la mano. Se la extendió a Maritza. —¿Qué es esto? —preguntó ella, confundida, al tomar los papeles.
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