El fuego estalla en mi pecho y trato de tragarlo, en vano. Jesús. Este hombre es un verdadero diablo. Me atiborro de la ensalada para no soltar lo que sea que intente salir. —Más despacio —reprende—. O te vas a indigestar. —Como si te importara. —Claro que sí. No soy tan desalmado. —Sí, claro. —Realmente no lo soy, bajo las circunstancias adecuadas. —¿Te refieres a las que tú pones? —Correcto. —¿Así que es tu camino o la carretera? —Más o menos. Me muerdo el labio inferior y lo suelto rápidamente cuando veo que lo mira con toda la atención y un espantoso brillo de lujuria. —¿Qué va a pasar cuando termines conmigo? —Hago la pregunta que me ronda por la cabeza. —He dicho que no lo haré. —Seguramente te aburrirás. Todo el mundo lo hace. —No soy todo el mundo, y

