—Una pesadilla, —digo en voz baja, porque si hablo más alto, le voy a gritar. Me está provocando para poder aumentar el número de mis castigos, y no le daré esa satisfacción. Su dedo golpea su muslo una vez. —¿Qué tipo de pesadilla? —No es de tu incumbencia. —Y son siete. —¿Qué? —Ocho. —¿Ni siquiera se me permite guardar mis pesadillas para mí? —No desde que entraste en mi casa, no. —Deja caer el teléfono sobre su regazo, apoya los dos codos en las rodillas y se inclina hacia delante, entrelazando los dedos bajo la barbilla. Aunque está oscuro, casi puedo ver la negrura de sus ojos. No es sólo algo visual, sino que también se puede saborear en el aire, dejando un agudo sabor en mi lengua. —Parece que no entiendes la situación, así que déjame explicártelo por última vez,

