Mis mejillas se enrojecen, tanto por su declaración como, sobre todo, por su velada confesión. Que disfruta infligiendo dolor. Que no me equivoqué al reconocer su necesidad de control. Pero me quito eso de la cabeza mientras levanto la barbilla. —No lo disfruto. —Te has corrido en mis dedos esta mañana después de unas simples nalgadas. ¿Qué crees que pasará cuando te azote? —Nada. —¿Lo crees de verdad o lo esperas? Si es esto último, te recomiendo que abandones esa esperanza, porque aprenderás por las malas que sí fui indulgente. Que te daba margen de maniobra y que perdiste esos privilegios al resistirte a mí. —Sólo termina con esto. —Te arrepentirás de tu impaciencia cuando tu piel esté roja, Eliza. La amenaza, expresada con frialdad, me cubre de piel de gallina y, para mi

