Me mira fijamente, sus pequeños rasgos se arrugan con el movimiento. —Eres un sádico. —Entonces eso te convierte en masoquista, Lenochka. —No... no lo soy. —Sí, lo eres. ¿Puedes sentir tu excitación cubriendo nuestras manos? Intenta mirar a la pared de enfrente, pero yo la hago retroceder sujetando firmemente su barbilla. —No vuelvas a hacer eso. Mantén tu atención en mí cuando te toque. —¿Así que ahora sólo puedo mirarte? Eso me gusta. De hecho, me gusta tanto que es jodidamente perturbador, y yo no suelo considerar nada perturbador. —Si puedes evitarlo, sí —digo con un tono despreocupado que no delata el pensamiento que estaba teniendo. —Eres un desastre... ahh —gime mientras alineo mi pene con su entrada. —Entonces no deberías meterte en mi camino, Lenochka. Te arruina

