El Precio del Deseo
El hotel no tenía nombre en la fachada, solo un número de habitación que ella había memorizado como una plegaria prohibida. Elena Valdés se quitó los aretes frente al espejo del baño, observando a la mujer que la miraba de vuelta: la primera dama de un estado entero, con el maquillaje perfecto y los ojos hambrientos de algo que su matrimonio jamás le daría.
Tocaron la puerta. Tres golpes, como habían acordado.
Cuando abrió, él ya estaba ahí — veintitrés años, hombros anchos, la sonrisa despreocupada de alguien que no sabía todavía a quién estaba a punto de tocar. Se llamaba Diego. O eso decía la aplicación. A esas alturas, Elena había dejado de preguntar nombres reales; solo importaba lo que sentía cuando la mansión, el apellido y el peso de dieciocho años de matrimonio desaparecían detrás de una puerta cerrada.
—Pensé que no vendrías —murmuró él, acercándose.
—Nunca falto a una cita —respondió ella, y dejó que la tensión de semanas, de años, se disolviera en un beso que sabía a rebeldía.
Las luces de la ciudad entraban filtradas por las cortinas, dibujando sombras sobre la cama donde Elena se permitía, por un par de horas, ser solo una mujer y no un símbolo. Ahí no había guardaespaldas, ni fotógrafos, ni el silencio pesado de una casa donde todos sabían que el gobernador tenía otras camas, otras mujeres, y ella fingía no saberlo. Ahí solo existía el calor de una piel joven, la urgencia de manos que la deseaban sin cálculo político, sin agenda.
Fue perfecto. Fue peligroso. Fue, como siempre, demasiado breve.
El sonido llegó primero como un eco lejano — pasos en el pasillo, demasiado sincronizados para ser casuales. Elena se incorporó de golpe, el instinto ganándole al placer.
—Vístete —dijo, con una calma que no sentía—. Ahora.
Diego apenas alcanzó a fruncir el ceño, confundido, cuando la puerta se abrió de una patada.
Dos hombres. Trajes oscuros, sin prisa, sin necesidad de gritar. Elena reconoció al de la cicatriz en la mandíbula: Ramiro, la sombra fiel de su esposo, el hombre que aparecía siempre después de que ella creía haber sido cuidadosa.
—Señora Valdés —dijo Ramiro, con un respeto que sonaba a burla—. El gobernador la espera para la cena.
Diego, desnudo de cintura para arriba, se puso de pie con el valor estúpido de la juventud.
—Oigan, ¿quiénes—
No terminó la frase. El segundo hombre se movió con una eficiencia que Elena ya conocía demasiado bien, y el sonido seco que siguió no fue un disparo — fue algo peor, más íntimo, el tipo de silencio violento reservado para quienes debían desaparecer sin ruido. Diego cayó sin un grito, con los ojos abiertos en una sorpresa que jamás entendería del todo.
Elena no gritó. Hacía tiempo que había dejado de gritar.
—Límpienlo —dijo Ramiro a su compañero, sin mirar el cuerpo, como si ordenara recoger una copa rota—. Usted, señora, tiene quince minutos para arreglarse. El auto la espera abajo.
Elena se vistió en silencio, las manos firmes por pura fuerza de voluntad, mientras detrás de ella dos hombres envolvían lo que quedaba de una vida que apenas había empezado. No era la primera vez. No sería la última. Cada amante era una apuesta, y ella siempre sabía, en el fondo, que la casa —su casa, la casa de su esposo— siempre ganaba.
En el auto de regreso a la mansión, con la ciudad pasando borrosa tras la ventana, Elena se miró las manos y pensó, no en Diego, sino en su hijo. Mateo, diecinueve años, en su segundo semestre de Derecho, cargando ya el peso de un apellido que en los pasillos de la universidad se susurraba con desprecio. El hijo del narco-gobernador. El hijo de la mujer que se acuesta con quien sea. Elena no sabía cuál rumor le dolía más imaginar.
—Todo bien, señora —dijo el chofer, sin preguntar, sin necesidad de respuesta.
Elena cerró los ojos. Todo bien. Como siempre.
A quince kilómetros de ahí, en el campus de la Universidad Autónoma, Mateo Valdés salía de su última clase con los audífonos puestos y la mochila colgando de un solo hombro, tratando de ignorar las miradas que lo seguían por los pasillos desde que un compañero había mencionado, en voz demasiado alta, el nombre de su padre relacionado con una nota periodística sobre desapariciones en el estado.
—No les hagas caso —le dijo Araujo, alcanzándolo con esa sonrisa fácil que tenía desde que se conocieron en el primer semestre, cuando ambos terminaron en la misma banda universitaria: Mateo en el bajo, Araujo devorando cada solo de guitarra como si la música fuera lo único puro que le quedaba al mundo.
—Fácil decirlo cuando tu apellido no sale en las noticias —respondió Mateo, pero sonrió a pesar de todo. Araujo tenía ese efecto en la gente. Diecinueve años, un talento que hacía voltear cabezas, y una lealtad hacia Mateo que no había flaqueado ni una sola vez desde que se hicieron amigos.
—Oye —dijo Araujo, cambiando de tema—, ¿sigue en pie lo de ensayar en tu casa el jueves? Tu mamá dijo que no había problema.
Mateo asintió, sin saber que esas palabras —tu mamá dijo que no había problema— acabarían de reordenar el destino de todos ellos.
—Sí. Ella siempre dice que le encanta tenernos ahí. Dice que la casa se siente menos vacía cuando hay música.
Araujo se rio, sin sospechar nada, sin imaginar que en menos de una semana volvería a pisar la mansión del gobernador — no como el amigo de la banda, sino como el hombre que estaba a punto de convertirse en la obsesión más peligrosa de Elena Valdés.
Y en algún lugar de esa misma ciudad, un cuerpo sin nombre desaparecía en el silencio comprado del poder, uno más en una lista que crecía cada mes, mientras nadie —ni el hijo, ni el amigo, ni la propia Elena— sabía todavía cuánta sangre estaba a punto de derramarse por amor.