Ser la única nieta, la única familia, la única de todo a veces tenía sus beneficios. Aunque el precio fuese la soledad que muchas veces acongojaba el corazón de Gia, pero que jamás lo demostraba. Como toda chica malcriada, no hizo caso a lo que le pidió su abuelo pasó el fin de semana en casa de una de sus amigas de la infancia. Visitó los sitios nocturnos más de moda, compró más ropa y por supuesto más zapatos. No llegó a casa hasta el domingo después de las once de la noche. Completamente achispada y tratando de no hacer nada de ruido, pues no quería un regaño por no haber llegado a la hora estipulada. Ya era lunes, comienzo de semana, y eran las diez y treinta de la mañana. La mayoría de los mortales estaban casi terminando con su medio día de jornada laboral. Sintió que la cabeza i

