—¿Qué esperas?—me pregunta Alessandro como si estuviera retándome. ¿Acaso no me creia capaz de hacerlo?
Un ruido entre los arbustos detrás de él, me quita la concentración, ubico el arma y sin pensarlo disparo. El ruido lo aturde, cae al piso tapándose el oído derecho, empieza a maldecir en voz alta hasta que se da cuenta del cadáver que yace detrás de él. Sus ojos se abren con sorpresa, gira hacia mi anonadado, no sólo por el hecho de saber que le había salvado la vida, otra vez para variar, sino también por descubrir cuan diestra soy con el arma. Una sola bala, le dio en medio de los ojos.
—Dos a uno—agrego con superioridad, mientras siento mi tacón atrapado en la tierra—. Un gracias no te vendría mal—sonreí con malicia y un dejo de burla. Esta situación no nos conviene a ninguno—. Tómala, antes de que intenten matarte otra vez.
Suelto con fiereza y decisión. Ya no tengo más balas, mi espalda se protege contra la banca que detiene el impulso de las balas. Los objetivos somos ambos. Eso es claro. Mi respiración es agitada, el corazón me late a cien por hora, observo el panorama que tengo frente a mi, los árboles son anchos, pero están alejados unos de otros, aunque quisiera descalzarme el tobillo me molesta, podría intentar moverme entre ellos hasta acercarme a la entrada del jardín, pero no sabia ni cuántos eran ni donde estaban, y sin un arma para defenderme... Me resultaría difícil atravesar ese infierno verde.
—¿Alguna idea?—le escucho decir fuertemente a Alessandro, su aspecto no es mejor que el mío... Diría que es incluso peor. El árbol evita que le lleguen las balas, pero no soportará mucho tiempo más.
—¡Ninguna que sea viable!—grito. Me deshago de mis zapatos, es imposible levantar la cabeza, estamos a merced de ellos...—. ¡Cúbreme!—suelto sin pensar, él tarda unos segundos en reaccionar, por lo que varias balas me persiguen. Corro sosteniendo mi vestido para evitar tropezar, el dolor de mi tobillo es molesto, pero no es algo que me importe en este momento. Llego al primer árbol frondoso frente a mi, su ancho me protege, pero el ruido aterrador perdura.
La pared está a al menos diez metros de distancia. Mi pecho sube y baja con avidez. Siento la garganta seca, pero no me puedo detener. El botón de emergencia que da la alarma está contra esa pared, y ahora, ese es el único plan que nos puede salvar, pero antes de que pudiera pensar en seguir avanzando varios hombres armados aparecen corriendo por la entrada. Con las armas en posición, y disparando sin cesar contra los intrusos. Mi pecho cae al suelo al sentir el gran alivio que logra abrumarme. Me dejo caer sin pensar, mi pulso se va normalizando, pero comienzo a sentir un dolor agudo. No es el tobillo, este es más fuerte, se siente quemar. Cuando observo el lugar del incipiente dolor veo la sangre caer por mi brazo izquierdo. Entonces soy consciente de lo que en verdad siento, la adrenalina ya no bloquea el sentimiento de dolor, por lo que con mi mano derecha procedo a apretar el lugar donde la bala me atravesó.
Inspiro y expiro con rápidez, aprieto los labios para evitar gritar... Aquella laceración me está carcomiendo por dentro y por fuera. No se siente normal, al observar con precisión, noto algo n***o en el lugar de la herida... Me comienzo a sentir débil, los ruidos de balas se alteran, las cosas se vuelven borrosas, veo a alguien de tez clara y ojos grandes correr hacia mi. A lo lejos escucho la voz de mi padre y Domenico...
—¡Los quiero muertos a todos!—grita el padre de Alessandro con fuerza.
—¡Busquen a Vittoria y Alessandro! ¡Encúentrenlos ahora me oyeron!—suelta mi padre con fiereza. Es la primera vez que lo oigo así... Pero no es por mucho, puesto que comienzo a sentir mi cuerpo pesado, no logro mover el brazo, y mi mente se va apagando sin que pueda hacer nada.
Un suave toque envuelve mi cuerpo, el piso se aleja, es el cielo quien ahora ocupa su lugar.
Escucho un susurro cerca de mi oído.
—No te preocupes, Vittoria...—siento conocida esa voz de tono amable —. Vas a estar bien... ¡Don, Di Natale!
Entonces todo se oscurece.
◆◆◆◆◆◆◆◆◆
Las luces se ven borrosas, escucho varias voces confundirse en mi mente, mis ojos están entreabiertos pero todo me da vueltas, siento débil mi respiración, el cuerpo entumecido, y lo primero que cruza mi mente es saber si le tomaron la matrícula a quién me haya atropellado. Tengo recuerdos muy borrosos, la realidad es que tardo en recordar cómo acabé así. Por más que intento no puedo tener mis pensamientos en claro, el barullo incesante y el ir y venir de tanta gente sólo me provoca más desconocimiento.
—¿Acaso debo pensar que todo esto fue casualidad? ¡Tú lo mandaste ahí! —un fuerte grito, parecido a un rugido retumba en mi mente.
—¿No ves a mi hija acaso? —espeta la otra persona, su voz es diferente, se siente tensa. Ambos están perdidos en su discusión, por lo que no llegan a notar mi poca consciencia...
—Como si no fueras capaz de sacrificarla—escupé con ira el primero. Las voces se tornan más altas, pero mi cuerpo no me permite inmiscuirme. Estoy débil, y mi conciencia se va desvaneciendo una vez más, no logro terminar de oír aquella disputa...
De pronto, todo es n***o de nuevo, ya no siento nada, soy ligera como pluma, y una vez más vuelvo a dormirme.
◆◆◆◆◆◆◆◆
No hay luz en ningún lugar, todo parece plano, no hay muebles, es sólo un infinito n***o sin nada más que yo y Alessandro. Su mirada frívola y maquiavélica me recorre de pies a cabeza. Se encuentra a metros de mí, pero en menos de un segundo lo tengo frente a mi, sosteniendo mis brazos contra su pecho, intento patear, moverme, pero no lo logro. Mi cuerpo se rehúsa a obedecer mis órdenes.
—Que buena esposa—suelta con cinismo, antes de darme un fuerte empujón. Algo suave detiene mi caída, es una cana grande y ancha que antes no estaba ahí—. Llegó la hora de cumplir tu rol—sus labios atacan los míos, mi cuerpo sigue sin responder, estoy ahí, pero parezco ida, él me maneja a su placer. Con movimientos rápidos me desabrocha el vestido y el brasier, me tiene a su merced, semi desnuda, baja por mi estómago con besos rudos, mientras sus manos hacen lo propio con mi sexo—. Esta noche, será muy divertida, te lo aseguro...
Detrás de él, a lo lejos, veo tres figuras que me observan, pero en sus rostros los ojos están cerrados. Sólo escuchan, pero no se atreven a hacer algo para detenerlo.
—Hazlo por nosotos—recitan los tres al mismo tiempo—. Por toda la familia. Por el bien de todos... —parecen muñecos sin vida, recitando aquel mantra, hasta que noto que son mis padres y mi hermana. Sus figuras se alejan, Alessandro interrumpe mi visión, está semi desnudo sonriendo de manera perversa, mis piernas están separadas y él entre ellas, sin dudarlo, acomoda su cuerpo, y de una estocada se introduce en mi generándose un dolor intenso que me despierta y comienzo a gritar. Mi cuerpo al fin me responde, pero ya es tarde.
Abro los ojos de manera abrupta, mi pecho sube y baja con extrema rapidez, muevo mi cuerpo y el dolor del brazo provoca que grité.
La habitación luce normal, todo está en su lugar y sólo una persona me observa desde la silla junto a la cama.
Luce como recién despierto, sus ojos grises me miran con desconcierto pero también con un toque esperanzador. Es Gianluca.
—Vittoria, me tenías preocupado—susurra mi nombre con cautela—. Tranquila, ya todo pasó —sus manos se aferran a mi mano derecha, protegiéndome—. ¿Cómo te sientes?
—Gianluca...—mi voz sale ronca al inicio, por lo que la aclaro—. ¿Dónde está mi padre, y Alessandro?—sus ojos se abren con lo deduzco es desilusión —. ¿Quiénes eran esos tipos?
Con esfuerzo, empujo mi cuerpo hacia el espaldar de la cama, él me ayuda haciendo que el contacto entre nosotros sea mínimo, pero aún así, al verme de nuevo, acaricia con suavidad mi mejilla derecha.
Nuestras miradas se encuentran, pero al cabo de unos segundos me endurezco, lo evito y observo mi brazo. Está vendado, aún puedo moverlo, pero se ve algo hinchado.
—La bala tenía veneno de serpiente —frunzo el ceño esperando que me brinde más información —. Una especie sudamericana, por eso se torno n***o cuando te atravesó. Por suerte no pegó en el hueso, entro y salió limpia, el doctor dijo que tuviste suerte de que no le diera a algún músculo ni tendón importante—suspiró y con mirada triste, rozó suavemente sus dedos por encima del vendaje, mis ojos se detuvieron en el pequeño tramo de cicatriz que salia por su cuello, la camisa lo ocultaba bien—. El veneno no fue puesto en cantidad, por lo que pudimos hallar el antídoto, de haber sido mayor el contacto no habrías sobrevivido... Y yo... —detuvo sus grises ojos en mi. Intento acercarse, pero me hice hacía atrás con ímpetu y tosquedad.
—Está bien, entiendo... ¿Alguna idea de quiénes eran?—lo corté en seco. Él negó, para luego hacerse hacia atrás. Lucia unas ojeras visibles, lo que me dio a entender que no había dormido.
—Tu padre vendrá pronto a verte, de seguro traerá compañía —lo último lo dijo con desdén, una mueca de asco se creó en su rostro. Arqueé la ceja sin entender a qué se refería —. Esos malditos malagradecidos... Sólo buscan una excusa.
Fue entonces que creí entender a qué se estaba refiriendo, pero eso no podía ser... ¡Domenico no tenía razón!
◆◆◆◆◆◆
.