Disfrutando silenciosamente al descubrir el efecto que tengo sobre el pequeño huracán, además del deseo mutuo, me mantuve observándola con disimulo el rato que duramos allí en la playa. La escuché hablar con sus amigas por video llamada, tomó y comió cuanto le ofrecí, más sin embargo, por casi todo el tiempo que estuvimos allí, no me volvió a dirigir la palabra. La misma chica fue la que nos atendió en todo el rato. Al pequeño huracán se le notaba claramente la incomodidad ante el descaro de la mesera. Me divertí de solo ver cómo nos lanzaba miradas punzantes a la chica y a mi cada vez que esta se nos acercaba, sobre todo las veces que sin solicitárselo se acercó a preguntar si gustábamos algo. La condenada parecía el perfecto huracán a punto de revolucionar todo a su paso y a quién se

