Me acerqué a la pantalla, señalándola con un dedo tembloroso. Era yo. Esa foto. La selfie que me había tomado en el baño, completamente desnuda. —¡Julian! ¡Esa foto! ¡Sigue ahí! ¡Es mía! —grité, girándome hacia él con una mezcla de indignación y absoluto bochorno—. ¡Dijiste que la habías borrado! ¡Eres un mentiroso de cuello blanco! Julian no se inmutó. Se apoyó contra uno de los postes de la cama negra, cruzando los brazos sobre su pecho ancho. No había ni un ápice de arrepentimiento en su rostro; al contrario, sus ojos oscuros brillaban con una diversión maliciosa. —La borré, Ariadna —dijo, y su voz de barítono vibró en el aire rojo—. Pero la papelera de reciclaje es un lugar fascinante para un hombre que sabe lo que quiere. Digamos que siempre estuvo ahí, esperando a ser rescatada. M

