De una caricia a otra me despojó de todo, estaba nerviosa, no sabía lo que me esperaba. —Camina, Ariadna. Dos pasos hacia adelante —ordenó su voz, esa frecuencia de barítono que parecía vibrar directamente en mi columna vertebral. —Si me estampo contra una pared y me rompo la nariz, juro que mi demanda por daños colaterales dejará a los Sterling en la quiebra, Julian —mascullé, intentando que mi sarcasmo habitual mantuviera a raya el pánico delicioso que me trepaba por las piernas. Di los pasos con la torpeza de un cervatillo recién nacido. Sentí sus manos, grandes y calientes, posarse en mis caderas para guiarme. Me hizo girar y sentí el contacto de algo frío, metálico y extrañamente ergonómico contra mis muslos. —Abre las piernas. Más. —Su tono no admitía réplicas. Era el Julian de l

