La voz de mi madre era una mezcla de drama y dolor profesional. Para ella, fallarle a los Sterling era un fracaso personal. Era la caída de todo su imperio de servicio perfecto.
—Ma, pero... yo no sé hacer su café. ¿Y la cena? Sabes que yo solo sé hacer cosas que puedo quemar, y lo hago muy bien —dije con un tono de sarcasmo que, esperaba, la hiciera entrar en razón.
—¡Exacto, Ariadna! ¡Ese es el problema! Eres torpe. ¡Eres mi hija y te adoro, pero eres un imán de desastres! —El dolor en su voz era real, y me dolió. Mi propia madre me estaba confirmando mi inutilidad para la tarea—. Por eso, escucha. No tenemos otra opción. Los convencí. Le dije a la señora Sterling que tenía una “asistente de confianza” en casa. Me van a pagar doble y me lo descontarán de mi sueldo si algo sale mal.
Sentí la tensión en el aire, apretándome el pecho. Mis semanas de libertad se había esfumado en segundos, reemplazado por la esclavitud temporal.
—¿Me estás pidiendo que me mude a la mansión Sterling para ser la niñera y el chef del hombre más aterrador que conozco? —Dije, y la palabra “niñera” se sintió ridícula y cruel.
—¡Sí! ¡Pero no es para que lo cuides! ¡Es para que lo sirvas! —Me corrigió, histérica—. ¡Tienes que irte ahora! El chofer te recogerá en media hora. ¡Tienes que estar allí antes de que llegue él! ¡Pero, Ariadna, escucha bien!
La voz se hizo más baja, más urgente, aunque llena de la misma desaprobación.
—Le dije que eres una chica de diecinueve años. Le dije que eres la única opción. Pero también le dije que... —Mi madre hizo una pausa dramática que me hizo temblar—. Le dije que eres muy torpe, pero que eres la única que tiene mis listas.
—¿Tus listas?
—¡Sí! Tres docenas de papeles. Instrucciones detalladas de cómo cocinar la cena perfecta, cómo planchar sus camisas sin que te demande, cómo limpiar sus baños, cómo poner sus archivos en orden... ¡Está todo, Ariadna! Te lo envié por w******p, ¡son tres docenas de documentos! Síguelos al pie de la letra, por el amor de Dios, no me decepciones. ¡Si algo sale mal, me quedo sin trabajo! ¡Mi vida depende de que tú no seas tú misma por dos semanas!
Sentí cómo se me secaba la boca. El terror de la responsabilidad, el dolor de la crítica velada y la magnitud de la tarea me abrumaron. Mi madre había apostado su carrera en mi capacidad de convertirme en alguien que no era.
Tragué saliva, sintiendo el picante de la salsa y el dolor de la realidad.
—De acuerdo, Ma. Entendido. Soy un robot que sigue órdenes. ¿Algo más? —Mi tono era sarcástico, un mecanismo de defensa contra el pánico.
—¡Sí! ¡Vístete formal! Y lo más importante: ¡Julian odia el reguetón! ¡Apágalo siempre!
Miré la caja de pizza en el comedor, a la camisola que llevaba puesta y al celular que ya estaba cortando la llamada.
—CEO, ¡soy tu niñera! —susurré para mí, sintiendo que la frase era la peor broma de la historia.
Mi libertad había durado exactamente dos canciones y media, y ahora estaba a punto de sumergirme en el infierno helado de Julian Sterling. El drama acababa de empezar, y por la expresión de pánico de mi madre, este “favor” iba a costarme mucho más que dos semanas de servicio. Tenía que empacar y, sobre todo, tenía que leer tres docenas de papeles que dictaban cómo ser una persona que no era.
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El silencio después de colgar era ensordecedor, roto solo por el murmullo lejano del tráfico de la ciudad. Me quedé de pie en medio de la cocina, con la mano todavía apretando la lata de soda, la cual ahora estaba abollada. La pizza, olvidada en la mesa, era una triste metáfora de mi libertad fugaz.
Mi madre había sido categórica. Su pánico era un arma mortal, y sabía exactamente dónde golpear: con la amenaza de perder su trabajo. El dolor que sentí no fue solo por la cancelación de mis vacaciones, sino por la cruda y honesta evaluación de mi madre: que yo era un desastre, una ineptitud con piernas, y que para sobrevivir a Julian Sterling tenía que dejar de ser Ariadna.
Me obligué a respirar de nuevo, esta vez para calmarme.
—Bien —mascullé, dirigiendo mi mirada fulminante hacia la lata abollada—. Un favor. Dos semanas. Sueldo doble. Si me sobrevives, Julian Sterling, quizás tú también aprendas algo.
El sarcasmo era mi único chaleco antibalas.
Saqué mi celular y abrí w******p. Ahí estaban. No eran tres docenas, sino treinta y seis documentos en PDF y hojas de cálculo. Archivos con nombres tan aterradores como:
*Protocolo Diurno CEO – Café y Servicio a Desayuno (v. 4.1).
*Guía Térmica y Textural para Pescado Blanco (Nunca Más de 4 Minutos en Contacto Directo con el Fuego).
*Limpieza Detallada de Baño Principal – El CEO Detesta las Marcas de Agua (Uso Exclusivo de Esponjas A y B).
*Instrucciones de Planchado para Camisas de Algodón Egipcio (Prohibido el Vapor Excesivo).
Mis ojos se abrieron como platos. Eran la Biblia y el Corán del servicio doméstico de lujo, y yo era la peor hereje posible. Sentí una oleada de desesperación y, de pronto, una chispa de rabia divertida.
—¡Es un CEO, no un bebé real! —le grité al teléfono, aunque mi madre ya no escuchaba. ¿Quién diablos pide un protocolo para limpiar un baño?
El tiempo era crítico. El chófer estaría aquí en menos de media hora. Era hora de cambiar la camisola indecente y el short de rebelión por algo que gritara “asistente de confianza”, aunque en mi caso, gritara “fraude en proceso”.
Corrí escaleras arriba, apagando el parlante de un manotazo. El silencio era ahora opresivo, y echaba de menos el beat de mi música.
En el armario, saqué mi único atuendo que calificaba como “formal”: una blusa simple color crema (planchada torpemente por mí misma hace meses) y unos pantalones negros de tela que me quedaban algo holgados, comprados para una entrevista de trabajo que nunca conseguí. Me sentía disfrazada, como una niña jugando a ser adulta.
Mientras me vestía a toda prisa, mi mente ya estaba en la mansión. Recordaba las pocas veces que había estado allí, siempre en un rincón, ayudando a mi madre a limpiar después de alguna gala. La mansión era más un museo de arte caro que un hogar. Demasiado pulido, demasiado silencioso. Demasiado... Julian Sterling.
El nudo de tensión en mi estómago se apretó. Julian. Alto, con esos ojos azules que parecían escáneres de infrarrojos que buscaban fallas. Su expresión siempre era de una severidad absoluta, como si el mundo le debiera dinero. Era notoriamente inaccesible, un workaholic que vivía y respiraba por su imperio. A sus 34 años, era el soltero más codiciado, y el más infeliz, según los rumores que oía mi madre de los otros empleados.
Y ahora, yo, Ariadna Flores, la reina de la torpeza y la campeona de las manchas, iba a ser su única compañía y servidora por dos semanas. El drama era inevitable, pero el dolor de defraudar a mi madre era real.
Luché por meter mis pies en unos zapatos planos decentes. Me miré al espejo una última vez. El pelo seguía siendo un problema. Lo mojé un poco y lo até con una goma elástica, forzando un moño bajo que se sentía incómodamente apretado.
—No eres un desastre. Eres una actriz. Vas a interpretar a Luisa Flores Junior —me dije, adoptando una expresión severa y profesional, lo que solo me hizo reír nerviosamente.
Abrí mi maleta de fin de semana, la única que tenía. Tiré ropa interior, mi cepillo de dientes y, lo más importante, mis herramientas secretas de supervivencia:
*Una bolsa de mezcla para brownies instantáneos (por si fallaba la “Guía Térmica”).
*Mi e-reader cargado con novelas de romance erótico (necesitaría una vía de escape).
Si iba a estar bajo arresto domiciliario en un palacio de cristal, al menos me llevaría mis fuentes de consuelo.
Justo cuando estaba cerrando la cremallera, mi celular vibró. No era un mensaje de mi madre, sino uno de los PDF. El título me hizo temblar:
Anexo 12.A: El CEO y su Horario de Siesta Post-Almuerzo (Reglas Esenciales).
*Regla 1: Silencio absoluto entre las 14:00 y las 15:30.
*Regla 2: El aire acondicionado debe estar a los niveles exactos.
¿Cuáles niveles?
*Regla 3: Si se encuentra con el CEO en este lapso, mantenga los ojos bajos y NO HAGA CONTACTO VISUAL.
—¡Dios mío! ¿Es un vampiro? —bufé, sintiendo cómo se me subía la sangre a la cabeza. El sarcasmo era la única forma de evitar gritar. La tensión estaba empezando a ser insoportable.
¡NO PUEDE SER!