¡EL CEO!

1021 Words
Un fuerte bocinazo resonó en la calle. Era el chófer. La limousine, un sedán n***o largo y brillante que siempre me recordaba lo lejos que estaba nuestro mundo del de ellos. Agarré mi maleta, le di un último vistazo al apartamento desordenado, a la pizza solitaria en el comedor, y cerré la puerta con llave. Mi breve, pero gloriosa vacación había terminado. Ahora comenzaba la Operación: Desastre Controlado. Salí a la acera. El chófer, un hombre impasible con uniforme gris, ya estaba esperando junto al coche, con la puerta trasera abierta. Me saludó con una inclinación mínima de cabeza. —Señorita Flores, bienvenida. Directo a la Mansión, Sterling —dijo con la voz tan plana como un camino recién pavimentado. Mientras me subía al lujo silencioso y climatizado del coche, abrí uno de los documentos de mi madre. Era una nota de voz. La puse en silencio para escucharla solo yo, a través de mis audífonos. —Ari —la voz de mi madre era un susurro ronco—. Solo quiero que sepas... sé lo que es él. Es difícil, mi vida. Pero aguanta. No eres solo mi hija, eres la única persona en la que confío para esto, aunque seas tan... tú. Un momento de ternura mezclado con el insulto. Eso era mi madre. Sentí un pinchazo de dolor, pero también el reconocimiento. Ella confiaba en mí, a su manera retorcida y crítica. —Lo haré, Ma. Por ti —prometí en voz baja, mirando por la ventana cómo el paisaje familiar de mi barrio se alejaba rápidamente, siendo reemplazado por avenidas arboladas que conducían a la opulencia. *+*+*+*+* Llegamos a la verja de hierro forjado de la Mansión Sterling. Se abrieron lentamente, como la boca de una bestia de lujo que estaba a punto de devorarme. —Llegamos, señorita —dijo el chófer. La casa era una moderna y fría, de cristal y piedra. Impecable, intimidante, y tan silenciosa que podías escuchar tu propio latido. Abrí la puerta del auto, yo misma, sintiendo que el aire gélido de la entrada me golpeaba. El drama no era si iba a arruinar el trabajo, sino cuándo. Saqué mi maleta, ya sintiéndome abrumada por el tamaño de la entrada. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando mi celular vibró con un mensaje de texto. Era de mi madre. “YA ESTÁ ALLÍ. CORRE. REGLA NO. 1: LA ASPIRADORA ROBOT HACE SU TRABAJO, NO LA TOQUES NUNCA. —¡Maldición! —grité, sintiendo que el pánico se apoderaba de mí. Abrí la enorme puerta de caoba y entré en el vestíbulo pulido, arrastrando mi maleta. La casa era tan grande que mi voz se perdió en el eco. Solté la maleta para sacar mi celular y revisar las notas desesperadamente. Fue en ese momento de distracción que, con la gracia de un bebé jirafa, tropecé. No con mis propios pies, sino con algo invisible y silencioso que salió disparado de la sombra de un jarrón chino. ¡La aspiradora robot! El objeto de la Regla No. 1, programado para limpiar incluso cuando no había nadie. La máquina se disparó contra el pie de un pedestal de cristal. El impacto fue seco. La maleta cayó. Y antes de que pudiera hacer algo, un objeto largo y oscuro que estaba sobre el pedestal se tambaleó y cayó al suelo de mármol con un sonido espantoso. ¡CRASH! El silencio de la mansión se hizo añicos. Era una pieza de arte africano, un tótem pequeño y caro, ahora hecho pedazos. Me quedé congelada, mirando los fragmentos dispersos. Mi boca se abrió en un gesto de horror mudo. Menos de treinta segundos en la mansión y ya había roto una regla y un objeto carísimo. —Mierda, mierda, mierda —susurré, sintiendo cómo se me erizaba el pelo de la nuca. Una voz grave, profunda y helada, que no había oído en persona en años, resonó desde el final del pasillo, cargada de una ira perfectamente controlada. —¿Qué demonios acaba de ser eso? Levanté la cabeza lentamente, mis ojos encontrándose con la figura imponente de… ¡Julian Sterling! ¿Qué hace aquí? Estaba de pie en la entrada de lo que parecía ser una oficina, con un teléfono en la mano y una expresión que prometía una aniquilación lenta y metódica. Sus ojos azules, penetrantes como rayos X, se clavaron en mí. Mis ojos lo examinaron de arriba hacia abajo… ¡Él lleva pijama! ¿Desde cuándo llegó? No puede ser, se supone que debía llegar después... ¿Qué está pasando? Bueno, ya debo de dejar de pensar en eso y mejor en como voy a pagar el objeto que he estropeado. Mi mente entró en shock. El terror era absoluto, pero la imagen era tan absurda, el magnate en su pijama de seda, con su rabia fría, y yo parada entre los restos de un tótem y una aspiradora que una burbuja de histeria amenazó con estallar en una carcajada. —¡Soy... soy tu niñera! —logré balbucear, el sarcasmo fallido reemplazado por el pánico, y luego me di cuenta de lo ridículo que sonaba. La expresión de Julian no cambió, pero sus labios se curvaron en un gesto de puro disgusto. ¡No puede ser! Soy una estúpida. Me muerdo el labio, estaba siendo tan valiente, mamá me dijo que no lo viera a los ojos, pero es que... ¡Siento que me quiere matar! *+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+*+ Él me miraba como si fuera la criatura más repugnante que jamás había cruzado su umbral. Mi balbuceo, “¡Soy... soy tu niñera!”, solo había logrado que la línea curva de su boca se tensara en un gesto de disgusto absoluto. La tensión era tan palpable que sentía que mis rizos se erizaban. —¿Mi niñera? —Su voz fue baja, pero cada sílaba era un cuchillo helado—. ¿Diecinueve años? Exactamente, eso me dijeron, eres la hija de la empleada. Mamá me dijo que enviaría a una asistente de confianza, Señorita Flores. No a una... coneja desastrosa que destruye arte en menos de treinta segundos.
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