El insulto me golpeó justo en el centro del estómago. La humillación se mezcló con la rabia. Sí, soy torpe, pero no merezco ese tono de desprecio. Sentí cómo la sangre me subía a la cara.
—Yo no... la aspiradora estaba... —Intenté defenderme, señalando con el pie a la estúpida máquina, que ahora emitía un pitido patético.
—¡Me da igual la aspiradora! —explotó. Su voz se elevó, rompiendo finalmente la compostura gélida que lo caracterizaba. Dio dos pasos rápidos hacia mí, y su tamaño, su ira y su poder me empequeñecieron. El aura del CEO era abrumadora.
—Usted es la responsable del desorden. Es la responsable de la destrucción. Esto —señaló el tótem roto con un dedo acusador—, es un objeto de valor incalculable. Mi tiempo es de valor incalculable. Y usted, Señorita Flores, es una pérdida absoluta de ambos.
Me quedé en silencio, mi mente gritando un millón de insultos y justificaciones, pero mi boca incapaz de pronunciar una palabra coherente. Sus ojos azules me taladraban, buscando mi rendición.
—Le diré lo que va a hacer. Va a recoger su maleta, se va a disculpar por la molestia y se va a largar de mi casa. Ahora mismo. No necesito su “ayuda”. No necesito su “compañía”. Y definitivamente no necesito a una niñata inepta y torpe que me cuesta dinero antes de que pueda tomar mi primer café. ¡Señorita Flores, váyase!
La última palabra fue un rugido contenido. Su desprecio era tan crudo que me hizo arder los ojos. Sentí el dolor punzante en la garganta, la señal inequívoca de que las lágrimas de rabia estaban por desbordarse.
—¿Sabe qué? —Mi voz salió áspera, apenas un susurro tembloroso, pero con una dosis de mi sarcasmo defensivo—. Tiene razón. Yo no soy el robot eficiente que usted necesita. Y no estoy dispuesta a serlo.
Me agaché, agarré mi maleta y la levanté de un tirón. En lugar de irme por la puerta principal, el pánico y la necesidad desesperada de aire me hicieron girar bruscamente. Vi una puerta de servicio que daba al jardín lateral. Era mi única vía de escape rápida.
Salí corriendo. No, no corriendo con elegancia. Corriendo de forma torpe, tropezando casi con la maleta, con la respiración entrecortada y los ojos ya húmedos. Dejé la puerta abierta detrás de mí, arrojando mi maleta sobre el césped y luego me deje caer.
El jardín estaba cubierto de una capa delgada de nieve.
Me abracé las rodillas, tiritando. Mi cara estaba caliente, mis ojos ardían, pero no era solo por la rabia. Era por el terror de haberlo arruinado todo.
—¿Qué hago? ¿Qué diablos hago? —sollozé en voz alta, hundiendo la cara entre mis rodillas—. Mamá... ¡Mamá me lo pidió!
Si me iba ahora, mi madre perdería su trabajo. La amenaza de Julian era real. Pero si me quedaba, tenía que enfrentarme a la humillación constante de ese hombre, que me trataba peor que a un insecto.
Me quedé allí unos instantes, sumida en mi drama, sintiendo el frío traspasando la tela de mis pantalones. De repente, el silencio de la mansión se rompió nuevamente.
La puerta de servicio por donde había huido se abrió con suavidad, pero de ella no salió Julian.
Salió una mujer.
Era rubia, vestida con un vestido de cóctel ajustado y caro que estaba ligeramente arrugado en la espalda. Se ajustaba el cabello con prisa, sus movimientos eran tensos y furtivos. Miró a ambos lados y salió corriendo por el sendero lateral que conducía a la calle, sin mirar atrás. Parecía estar huyendo de una escena del crimen.
Me quedé inmóvil, observándola.
—¿Qué...? —susurré.
El maldito me había tratado como si fuera una plaga, me había gritado y me había ordenado largarme en menos de cinco minutos, ¡y tenía una mujer escondida en la casa!
La rabia, el dolor y la humillación se fusionaron en un combustible caliente. ¡Era un hipócrita! Me estaba gritando por una estatuilla rota y por mi ineptitud cuando él estaba en medio de... de... algo con su “amiga”. ¡Justo cuando iba a tener su “momento de ocio”!
Me levanté del suelo helado. El pánico desapareció, reemplazado por una furia fría y determinada.
—Ah, ¿sí? ¿Soy una coneja desastrosa? ¿Soy una inepta? —murmuré, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Pues esta coneja no se va a ir. Mamá confió en mí, y yo voy a quedarme. Voy a ser el mayor dolor de cabeza de Julian Sterling hasta que me ruegue que me vaya, o hasta que termine mi contrato.
Me giré, mi mirada fija en la puerta de la mansión. Sentí la necesidad de regresar y confrontarlo, pero el instinto de supervivencia ganó. Él quería verme huir. Tenía que negarle esa satisfacción.
Saqué mi teléfono del bolsillo y abrí los malditos PDFs. Tenía que limpiar el mármol, encontrar el “Caddy N.º 4” y, lo más importante, preparar una cena “comestible” para las nueve.
Me limpié el pantalón, respiré hondo y me dirigí de nuevo a la puerta. Iba a volver a entrar. No por mi orgullo, sino por el de mi madre. Y si Julian pensaba que mi torpeza era un chiste, iba a descubrir que mi sarcasmo era un arte y mi determinación era de acero.
La tensión había terminado, dando paso al campo de batalla. Julian Sterling había declarado la guerra, y yo, Ariadna Flores, estaba lista para ser su peor pesadilla de servicio doméstico.
¡Ya estoy aquí! Sé que no soy buena en limpieza y menos en cocina, pero el intento, es el intento, y claro que no me iré, todo se trata del trabajo de toda la vida de mamá, así que no me importa si llama a la policía para sacarme, ¡no pienso irme!