+ARIADNA+
El sol de diciembre se filtraba tímidamente por la pequeña ventana de mi habitación, pero no era el brillo invernal lo que me había despertado. Era el silencio. Un silencio pesado, denso, casi palpable. Un silencio que, por primera vez en diecinueve años, no venía acompañado del murmullo constante de mi madre revolviendo, limpiando o refunfuñando.
¡Estoy sola!
Sí, claro, vivo, solo con mamá, mi papá nos abandonó cuando “ni había nacido” y mamá se convirtió automáticamente en mi papá y mamá. Los padres de mi mamá la echaron de su casa justo cuando se enteraron de que ella estaba embarazada, así qué mamá es mi superheroína.
Abrí los ojos y lo primero que hice fue inhalar profundamente, dejando que el aire de la mañana me llenara los pulmones. Solté un suspiro largo, tan profundo que sentí cómo se me aflojaban los hombros, tensos desde que nací por la presión invisible de no defraudar a Luisa Flores.
Luisa Flores, mi madre, la mujer que era más una sargento que una madre, había partido. Se había ido a un crucero de lujo con los Sterling, sus patrones. Dos semanas de paraíso caribeño como recompensa por servirles durante media vida. Y lo más importante: me había dejado sola.
Sola. En nuestro pequeño apartamento de Toronto, lejos de la pulcritud obsesiva de la mansión Sterling, lejos de los horarios de la universidad y, gloriosamente, lejos de la supervisión constante de mi madre.
Me estiré en la cama, notando el tacto áspero de mis sábanas de algodón barato. Las de la mansión Sterling olían a lavanda francesa y tenían un conteo de hilos que probablemente costaba más que mi matrícula universitaria. Las mías olían a mí y a libertad. Me permití quedarme un minuto más, saboreando el dulce y prohibido placer de la pereza.
Me levanté de un salto, sintiendo la energía juvenil recorriéndome las piernas. El pijama, una camiseta vieja y unos pantalones de cuadros rotos, se fue rodando al rincón. No importaba. Nadie lo vería.
Corrí a la pequeña sala de estar, donde mi viejo parlante Bluetooth, un milagro de la tecnología que se negaba a morir, esperaba en una mesa auxiliar. Sin dudarlo, abrí mi lista de reproducción prohibida por mi madre, la que contenía todo ese reguetón pegadizo, vulgar y con el beat perfecto para celebrar la vida.
¡BAM! El volumen al máximo. El bajo resonó en las paredes de yeso, la melodía machacona llenó cada rincón. Era la banda sonora de mi emancipación.
Bailando mal y a propósito, me dirigí al baño. Abrí la puerta de golpe, haciendo chocar el marco contra la pared, un sonido que hubiera provocado un ataque de nervios a Luisa.
Me detuve frente al espejo. Mi pelo castaño y rizado, normalmente sujeto en un moño estricto para parecer “presente y profesional” según mi madre, era una masa indomable. Mis ojos, grandes y de un verde indefinido, brillaban con una picardía que nunca me atrevía a mostrar.
Me acerqué al cristal empañado y, con el dedo, dibujé una corona sobre mi cabeza.
—Soy libre —susurré, y luego alcé la voz, triunfal—. ¡Sííííí! ¡Unas semanas! ¡Diciembre solo para mí! ¡Sin alarmas, sin reglas, sin la presión de ser perfecta! ¡Qué felicidad!
Di un giro sobre mis talones, sintiéndome como una supermodelo en una pasarela imaginaria, o al menos como una chica de diecinueve años que por fin podía hacer lo que le diera la gana sin ser juzgada.
Abrí la ducha y dejé que el agua saliera hirviendo. Necesitaba ese calor para derretir los restos de tensión acumulada. El vapor llenó el pequeño baño, borrando mi imagen del espejo. Me desnudé sin prisas y me metí bajo el chorro. Era un lujo sencillo, pero bajo la vigilancia de mi madre, incluso un baño podía sentirse como un cronograma.
Me permití cantar a grito pelado la letra explícita de la canción que sonaba. El drama, el dolor y el sarcasmo se quedaban atrapados en el desagüe, llevados por el jabón. Era mi purga, mi reinicio.
Cuando salí, la piel me ardía. Agarré la toalla y me sequé el cuerpo con una energía descuidada. Los rizos me caían empapados sobre los hombros, sin peinar. Perfecto.
Frente al armario, la elección fue rápida: un short de denim cortísimo, desgastado a la perfección, y una camisola de tirantes finos. Ropa que, según Luisa, era “indecente” y “solo para la playa”. Yo lo llamaba uniforme de “vibras de vacación”.
Con mi atuendo de rebelión y el reguetón resonando en cada fibra de mi ser, bajé las escaleras al ritmo del beat. Cada paso era un baile improvisado. La cocina era el siguiente destino.
En la nevera, el tesoro: no había verduras picadas ni restos de la estricta dieta balanceada de mi madre. Había una caja de pizza congelada de pepperoni y queso extra. El desayuno de los campeones. O al menos, el desayuno de una universitaria que finalmente podía ignorar la pirámide alimenticia.
Saqué la caja con una reverencia dramática, como si fuera un artefacto sagrado. Puse el horno de microondas en la configuración más alta, observando hipnotizada cómo giraba el cartón, emitiendo ese zumbido característico de la impaciencia.
Mientras la pizza se cocinaba, me puse a bailar en medio de la cocina, imitando pasos de t****k con una expresión exagerada en el rostro. Era absurdo, tonto y perfectamente libre. Un gesto, una expresión de puro alivio.
El ding del microondas sonó como una campana de liberación. Saqué la pizza, sujetándola con una toalla de cocina porque la bandeja estaba hirviendo. La llevé a la mesa del comedor, un lugar que mi madre solo permitía usar en ocasiones especiales y, desde luego, nunca para comer pizza congelada.
Abrí la nevera nuevamente y saqué un frasco de salsa de chile natural, mi aderezo secreto y picante para todo. Luego, busqué en el estante superior una lata de mi refresco de naranja azucarado favorito. Me senté, sintiendo la textura grasienta de la pizza bajo mis dedos. Era glorioso.
Estaba a punto de dar mi primer bocado cuando mi momento de paz se desmoronó con la eficacia brutal de un sargento dando una orden.
El reggaetón se cortó de golpe. El silencio regresó, pero esta vez no era un silencio placentero, sino un vacío lleno de presagios.
En la pantalla de mi teléfono, que había estado conectado al parlante, brillaba un nombre que enviaba escalofríos por mi espalda, incluso con un sol radiante: MAMÁ.
Mi estómago se contrajo. Luisa rara vez llamaba si estaba trabajando. Y nunca, jamás, llamaba si estaba en un viaje de placer, porque eso implicaba la posibilidad de una señal deficiente y un gasto innecesario. Algo andaba muy, muy mal.
Me tragué a medias un trozo de pizza, sintiendo la masa pastosa atorarse en mi garganta. Dudé. ¿Debía ignorarla? No, eso significaría mi muerte lenta.
Respiré hondo.
—Hola, Ma —dije, forzando una sonrisa en mi voz mientras intentaba, con una mano, meter el bocado completo en mi boca. La salsa picante me ardía en el paladar, una distracción bienvenida.
Al otro lado, no hubo saludo. Solo un sonido de interferencia, el leve crujido del océano y, luego, un chorro de palabras tan rápidas y cargadas de pánico que me obligaron a levantarme de la silla.
—¡Hija! ¡Ari! ¡Gracias a Dios que contestas! —La voz de mi madre estaba tensa, alta, casi al borde del llanto histérico..
—Ma, despacio. ¿Qué pasa? ¿El crucero se hunde? ¿Te robó la billetera la señora Sterling? —Intenté bromear, pero mi sarcasmo se ahogó.
—¡Escúchame bien, Ariadna! ¡Esto es más grave que un robo! Es… es un desastre, Ari. ¡Un desastre de proporciones bíblicas!
El corazón me dio un vuelco. Apreté la lata de soda en mi mano, sintiendo el frío metálico.
—¿Qué... qué es? ¿Qué hice ahora?
—¡Tú nada! ¡Todavía no has hecho nada! —Me interrumpió, y en ese “todavía” pude sentir el dolor, la frustración y la fe nula que tenía en mis capacidades—. Son los señores. Los acaban de llamar. Tienen que regresar en Año Nuevo... y… y Julian...
—¿Julian? ¿El Príncipe de Hielo? ¿Qué tiene que ver él? —Pregunté, sintiendo que un nudo de tensión me apretaba el pecho. Julian Sterling era un fantasma poderoso. El hijo, el heredero, el magnate. El hombre que jamás me miraría, dado que soy la hija de la dama de llaves.
—¡Eso! ¡Él! —Chilló mi madre, con un crujido estático en la línea que casi me revienta el tímpano—. ¡El señor Julian llamó y dijo que estará en la mansión! ¡Hoy! ¡No, Ari, no hoy! ¡En unas horas! Dijo que pasará Navidad allí, solo, y se irá el 2 de enero. ¡Y no hay nadie!
Me quedé helada. Solté la pizza en el plato. El reguetón se había ido, y el silencio se sentía como una sentencia.
—¿Nadie? ¿Y dónde están los demás empleados?
—¡De vacaciones! ¡Toda la plantilla de servicio están de vacaciones hasta el 5 de enero! —La voz de mi madre se quebró en un sollozo seco—. ¡El señor Julian es... es él! No puede estar solo. Necesita su cena a las ocho y media, su café a las siete y quince en punto, su ropa lista y... y ¡la casa debe estar inmaculada!
¡NO PUEDE SER!