Enzo parpadeó varias veces, miró el móvil desconcertado, Atenea había colgado la llamada sin decirle la hora. Sin embargo, eso no evitó que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro. No sabía qué había sucedido, que hizo a Atenea cambiar de opinión tan rápido y a decir verdad tampoco le importaba. ¡Iba a cenar con su diosa griega! Enzo remarcó el número de la muchacha, esperó un par de segundos mientras sonaba, esperando a que ella contestara y no se arrepintiera de aceptar cenar con él. »—¿Enzo? —la voz de Atenea sonó ligeramente sorprendida. —Hola, cariño, no me has dicho la hora —respondió él sin borrar la sonrisa del rostro, como si Atenea pudiera verlo. »—¡Oh! —exclamó al otro lado de la línea—. Te espero a las ocho. —Te aseguro que estaré tan puntual como sea posible —asegur

