Atenea pensó que estaba soñando como tantas otras veces. La joven tenía miedo de abrir los ojos y darse cuenta de que estaba en su cama y no en su oficina con Enzo besando sus labios. Sin embargo, la suave caricia que recorrió su mejilla hasta llegar a sus labios, le hizo consciente de que no estaba soñando. —Abre los ojos, Atenea, quiero mirarme en ellos —susurró Enzo en tono bajo y pegado a su oído. La joven se resistió poco, abrió los ojos para encontrarse con la mirada oscura de Enzo. —Te amo —susurró él. —Las cosas no serán fáciles, Enzo —respondió ella sin apartarse de su calor. —Lo sé, sé que tengo que demostrar con hechos todo lo que te amo, bonita, pero te juro que lo haré —aseguró él, ahuecando la mejilla de la joven en sus manos. Atenea tembló ante aquel gesto cariñoso. E

