Capitulo 01
Isabella
El aroma a sándalo y cuero de mi oficina solía ser mi refugio, el recordatorio silencioso de que había levantado un imperio sobre las cenizas de la tragedia familiar. Pero hoy, el aire se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Miré el reloj de pared, un Patek Philippe de oro que marcaba las seis de la tarde con una precisión cruel. Él estaba afuera. El hombre que me rescató a los dieciséis años, el heredero de la sangre más azul de Madrid, estaba esperando mi permiso para entrar y suplicar.
— Hazlo pasar, Lucía —dije por el intercomunicador, tratando de que mi voz no delatara el temblor de mis manos.
Me puse de pie y caminé hacia el ventanal que ofrecía una vista privilegiada de la Castellana. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, pero mi mente estaba en el informe médico que había recibido esa mañana. Su padre, el altivo Marqués, había intentado quitarse la vida tras el colapso de sus inversiones en Sudamérica. Era el fin de una dinastía, a menos que yo decidiera evitarlo.
La puerta se abrió con un chasquido seco. No necesité darme la vuelta para saber que era él; su presencia llenaba el espacio con una mezcla de arrogancia herida y desesperación contenida. Escuché sus pasos firmes sobre la alfombra persa, deteniéndose justo a unos metros de mi escritorio.
— Isabella.
Su voz... seguía siendo la misma que habitaba mis sueños y mis pesadillas. Grave, aterciopelada, pero ahora teñida de un frío glacial que buscaba establecer una distancia que ya no podía permitirse. Me giré despacio, entrelazando los dedos frente a mí.
— Alejandro. No esperaba verte por aquí, y menos en estas condiciones. He oído lo de tu padre. Lo lamento profundamente.
Él apretó la mandíbula, y pude ver cómo una vena latía en su sien. Estaba impecable, como siempre, con un traje sastre azul marino que gritaba dinero antiguo, pero sus ojos delataban el cansancio de quien ha pasado la noche en vela en una sala de urgencias.
— No has venido a darme el pésame, Isabella. No nos engañemos. Sabes perfectamente por qué estoy aquí.
Caminé hacia mi escritorio y me senté, indicándole con un gesto que hiciera lo mismo. Él ignoró la invitación y permaneció de pie, como un soldado ante un tribunal.
— La cadena de suministro de lujo de tu familia ha colapsado, Alejandro. Las propiedades en fincas están a punto de ser subastadas y el honor de los tuyos está por los suelos. Necesitas una inyección de capital inmediata. Cien millones de euros para empezar.
Él soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos.
— Veo que tus informantes son tan eficientes como siempre. Sí, necesito ese dinero. Mi padre... no sobrevivirá a la vergüenza de la quiebra. Estoy aquí para negociar un préstamo.
Me recliné en mi silla de cuero, observándolo con una frialdad que me costaba mantener. Quería gritarle que lo amaba, que me dolía verlo así, pero el orgullo es una enfermedad contagiosa en estos círculos.
— No soy un banco, Alejandro. Y no me interesan los préstamos. Si quieres mi dinero, quiero algo a cambio que el mercado no puede darme.
Él frunció el ceño, dando un paso hacia adelante. El escritorio era la única barrera entre nosotros.
— ¿Qué quieres? ¿Acciones? ¿Propiedades? Te daré lo que sea, pero saca a mi familia de este fango.
— Quiero un contrato matrimonial —solté sin anestesia.
El silencio que siguió fue tan denso que casi podía tocarse. Alejandro se quedó petrificado, parpadeando como si no acabara de procesar mis palabras. Luego, una sombra de asco cruzó su rostro.
— ¿Un qué? Isabella, no digas sandeces. Tú y yo... nosotros ni siquiera nos caemos bien. Mi familia nunca aceptaría a alguien que... bueno, que no pertenece a nuestro mundo.
— Tu mundo se está hundiendo, Alejandro —le recordé, mi tono subiendo una octava—. Y el mío es el único bote salvavidas. El contrato es simple: tres años de matrimonio. Cien encuentros íntimos obligatorios. Al finalizar, te doy el divorcio y mantienes el capital. Es una transacción comercial, nada más.
Él golpeó mi escritorio con las palmas de las manos, inclinándose hacia mí. Su aroma, esa mezcla de cítricos y algo metálico, me invadió los sentidos.
— ¿Crees que puedes comprarme? ¿Crees que voy a vender mi apellido y mi cuerpo por un cheque? Eres una arribista, Isabella. Siempre lo has sido.
— Y tú eres un mendigo con título nobiliario —repliqué, sosteniéndole la mirada—. Si no firmas hoy, mañana tu padre despertará en una habitación de hospital que ya no podrá pagar, rodeado de deudas que lo matarán más rápido que los medicamentos.
Vi cómo su resistencia empezaba a resquebrajarse. El dolor por su padre luchaba contra su orgullo aristocrático. Era una batalla interna fascinante de observar, aunque me destrozara por dentro ser yo quien lo empujaba al abismo.
— ¿Por qué yo? —preguntó en un susurro cargado de odio—. Tienes el mundo a tus pies. Podrías tener a cualquier empresario, a cualquier millonario. ¿Por qué humillarme de esta manera?
— Porque puedo —mentí. La verdad era que lo quería a mi lado, aunque fuera por la fuerza—. Y porque quiero ver si ese honor del que tanto presumes es real o solo una fachada para ocultar que no tienes nada más.
Alejandro cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban vacíos. La luz que solía brillar en ellos se había extinguido, reemplazada por una resignación muerta.
— Está bien. Lo haré. Trae el maldito contrato.
— No tan rápido, Alejandro —me puse de pie, rodeando el escritorio con movimientos lentos, casi felinos—. Si vamos a firmar esto, necesito saber que vas a cumplir con tu parte. No quiero excusas de "dolores de cabeza" o "fatiga" cuando llegue el momento de los encuentros.
Me detuve frente a él, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo. Él bajó la mirada hacia mí, sus ojos inyectados en sangre.
— ¿Qué quieres de mí ahora?
— Una prueba —puse una mano sobre su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón debajo de la fina seda de su camisa—. Quiero que me demuestres ahora mismo que estás dispuesto a ser mío. Sin protocolo, sin delicadezas. Aquí, en esta oficina.
Alejandro se tensó como una cuerda a punto de romperse. Vi la lucha en sus ojos, el desprecio mezclado con una chispa de algo que no supe identificar.
— ¿Aquí? ¿Ahora? Eres un monstruo, Isabella.
— Soy una mujer de negocios, Alejandro. Y me gusta probar el producto antes de comprarlo.
Él no dijo nada más. Me agarró de la nuca con una brusquedad que me sacó un jadeo y me estampó contra la mesa de reuniones. El golpe fue seco, pero no dolió; la adrenalina estaba nublando todo lo demás. Sus labios chocaron contra los míos no con amor, sino con una violencia desesperada, como si quisiera castigarme por la posición en la que lo había puesto.
— ¿Esto es lo que quieres? —gruñó contra mi boca, su mano bajando por mi espalda con una urgencia que me hizo temblar—. ¿Quieres ver cómo me rebajo?
— Quiero que me poseas —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—. Demuéstrame que vales los cien millones, Alejandro.
El contacto fue crudo, desprovisto de cualquier ternura. Cada caricia suya era una declaración de guerra, cada beso una forma de decirme cuánto me detestaba por haberlo acorralado. Y sin embargo, mi cuerpo respondía con una traición absoluta, encendiéndose bajo su tacto frío. En ese momento, en la penumbra de mi oficina con el ruido de Madrid de fondo, supe que había ganado la batalla, pero que la guerra por su corazón acababa de empezar y que, probablemente, yo sería la única víctima.
Cuando terminó, el silencio volvió a reinar, más pesado que antes. Alejandro se alejó de mí, arreglándose la ropa con una eficiencia mecánica que me hizo sentir más sola que nunca. No me miró.
— Envía el contrato a mi abogado mañana —dijo con una voz monótona, como si acabara de discutir un informe de ventas—. No esperes que sea amable, Isabella. Has comprado mi presencia, no mi alma.
Salió de la oficina sin mirar atrás, dejándome allí, temblando sobre la mesa de reuniones, con el sabor de su desprecio aún en mis labios y el peso de una victoria que se sentía exactamente como una derrota.
Había conseguido lo que quería. El hombre de mis sueños sería mi marido. Pero al mirar la puerta cerrada, me di cuenta de que el precio de salvar a su familia había sido convertirme en su mayor enemiga. Y por primera vez en mi vida, tuve miedo de lo que el futuro nos deparaba.