Victoria cerró la puerta de la habitación de Roma con cuidado, asegurándose de no hacer ruido. Su hija menor, de diez años, dormía plácidamente después de un día agitado. La noticia de que su hermana mayor, Paula, se marcharía pronto para comenzar su vida universitaria había sido un golpe duro para la pequeña. Aunque Roma trató de ser valiente, sus ojos tristes delataban el temor de perder a su compañera de juegos y confidencias.
Al salir de la habitación, Victoria notó que la luz del cuarto de Paula aún estaba encendida. Era tarde, y Paula solía ser estricta con sus horarios de sueño, especialmente ahora que estaba preparándose para un nuevo capítulo en su vida. Sin embargo, esta noche parecía ser una excepción.
Movida por la curiosidad y una necesidad de cercanía, Victoria se dirigió hacia la puerta entreabierta y se asomó con delicadeza. Paula estaba sentada en su escritorio, rodeada de libros y papeles, pero su mirada estaba perdida en algún punto más allá de las paredes de su habitación.
—¿Puedo pasar? —preguntó Victoria en voz baja.
Paula levantó la vista y sonrió. —Claro, mamá. Entra—
Victoria se acomodó en la silla junto a la cama de Paula, observando los restos del día en su habitación: una maleta medio llena, ropa por todas partes y un par de fotos familiares que Paula parecía estar decidiendo si llevar consigo o no.
—¿No puedes dormir? —preguntó Victoria, aunque ya intuía la respuesta.
—Algo así —respondió Paula mientras cerraba un libro—. Estaba pensando en Roma. ¿Cómo sigue? No la he visto desde que se fue de la cena, me sentí muy culpable por lastimar su corazón.
Victoria suspiró y le dedicó una sonrisa reconfortante. —Está bien, cariño. Se quedó dormida más rápido de lo que esperaba. Creo que el cansancio y las emociones del día la agotaron, los que más me a costado es desmaquillarla— Victoria negó varias veces, esa niña quiere andar con hermosos maquillajes hechos por ella misma.
Paula asintió con una suave risa de complicidad, aunque su preocupación seguía reflejada en sus ojos. —Sabes, mamá, ella no tomó muy bien la noticia de que me marchara. Me preocupa dejarla sola, especialmente ahora—
Victoria se inclinó hacia adelante, tomando la mano de Paula entre las suyas. —Roma es fuerte, Paula. Le costará un poco, pero lo superará. Y no estará sola; la tendrá a su mamá y a su papá, además que también a sus hermanos, ni hablar de sus abuelas, te tendrá a ti, aunque estés lejos, promete que la llamaras cada día— Victoria quiere asegurarse que su hija mayor siga siendo la mejor en el corazón de su hermana.
Paula la miró, agradecida pero aún con una sombra de duda. —No sé si lo habría logrado sin ti. Si no hubieras convencido a papá de que me dejara ir, creo que ahora estaría llorando en vez de empacando, sabes que sí, la llamaré cada noche, además para ella siempre estaré disponible—
Victoria sintió una oleada de emoción. Había sido una batalla difícil, convencer a su marido de que Paula estaba lista para ir a la universidad lejos de casa. Él era protector, a veces hasta el punto de ser sobreprotector, pero finalmente entendió que Paula necesitaba volar, abrir sus alas.
—Sabía que esto era importante para ti, Paula. Y para tu futuro. No podía dejar que tus sueños se desvanecieran por miedo. Papá también lo sabe, aunque le cueste admitirlo, tienes que entender que él ante todo te ama, te ama tanto que no quiere estar lejos de ti—
Paula apretó la mano de su madre, sintiendo un alivio que solo Victoria podía brindarle. —Gracias, mamá. De verdad. A veces pienso en todo lo que haces por nosotros y no sé cómo agradecerte lo suficiente—
Victoria le dio un suave apretón a la mano y sonrió. —No tienes que agradecerme, hija. Hacer lo mejor para ustedes es lo que cualquier madre haría. Y sé qué harás grandes cosas allá afuera, disfruta tus días y conoce a muchas personas—
La conversación derivó hacia recuerdos compartidos y planes futuros, mientras la luz de la lámpara de Paula llenaba la habitación con un cálido resplandor. Hablaban en voz baja, como si temieran romper la magia del momento. Paula le contó a su madre sobre sus esperanzas y temores respecto a la universidad, y Victoria escuchó con atención, ofreciendo consejo y consuelo cuando era necesario.
—Mamá, ¿crees que Roma entenderá algún día por qué tuve que irme? —preguntó Paula en un momento de introspección.
Victoria la miró con ternura. —Sí, lo hará. Y estará muy orgullosa de ti. Puede que ahora no lo vea así, pero con el tiempo comprenderá que esto también es por ella, por el ejemplo que le das y por las oportunidades que creas para ambas, además a ella también un día le tocará—
Paula asintió, sintiendo un nuevo brote de esperanza. Sabía que el camino no sería fácil, pero con el apoyo de su madre y su familia, se sentía más preparada para enfrentar los desafíos que vendrían.
Finalmente, el cansancio empezó a hacer mella en ambas. Victoria se levantó, besando la frente de Paula antes de dirigirse a la puerta.
—Descansa, querida. Mañana será un día largo— Sabiendo que el deseo del viaje la hará armar las maletas antes de tiempo, aunque a la final el tiempo se volvería corto.
Paula sonrió, viendo a su madre salir de la habitación. —Buenas noches, mamá. Y gracias, por todo.
Victoria apagó la luz al salir, dejando a Paula en la penumbra, pero con el corazón un poco más ligero. Afuera, el silencio de la noche envolvía la casa, mientras dos hermanas dormían, cada una soñando con el futuro, conectadas por el amor y el sacrificio de su madre, Victoria siempre las va a apoyar en sus decisiones para el futuro.