Shaina se despertó en la mañana dándose cuenta que estaba sola en el lecho. Sintió el sinsabor de la soledad; un vacío extraño que se instauró en su corazón sin establecer un por qué. Rodó por el lecho hasta llegar a la orilla con las cobijas hasta el pecho, poco después la doncella abrió las puertas de la habitación al darse cuenta de que su señora estaba despierta. —Alteza, buenos días —Saludó la muchacha cuando fue al encuentro de ella—. Su alteza, el príncipe heredero salió temprano, pero me dejó una instrucción: prepararla para su primera audiencia con su concubina y luego tiene que ir a prese tar su saludo a la reina viuda. —Comentó Shaina suspiró agobiada. Tamara la lavó con paños tibios y al finalizar su labor le puso un camisón sobre el cuerpo desnudo. —Alteza, usted ha em

