La chica rebelde está de vuelta

1316 Words
Supongo que sentirme estúpida después de mi metidota de pata es poco para lo que tengo que soportar del odioso señor Junot. Quien iba a pensar que sería un resentido, porque a lo largo de toda la semana he estado buscando el momento adecuado para hacerle ojitos y disculparme, pero es imposible. Siempre tiene esa cara de póker con un letreo en la frente que parece gritarme. “No me jodas, Anna”. Que mierda, pero tengo la impresión de que en serio no quiere verme ni en pintura, y para su mala suerte estoy instalada aquí como una estampa en toda la entrada de la dependencia, porque ese es el lugar que me tocó y cada vez que entra debe pasar por delante del mostrador, y verme la cara de payasa que siempre me deja pintada con su desplante. Pero el idiota ni se dignar a mirarme, como si aquello de que "ya ha visto suficiente de mí" fuera una sentencia de muerte. ¿¡Pero qué le pasa!? En un principio le disculpo su pésima actitud porque admito que fue mi error no informarme bien sobre quien estaba a la cabeza, pero eso no justifica que me trate como si fuera invisible. Me pregunto si con Emma era igual. ¡Qué estupidez! Seguro que no. La "buena de Emma" le cae bien a todo el mundo. Lo que no le perdono es que no me haya dicho la verdad sobre su antiguo jefe. Siempre insistiendo en que hiciera lo posible por caerle bien y yo convencida de que era un vejestorio. Al menos no me ha despedido, pero fue Clara quien me sacó de la duda y me aclaró por qué la ficha de la empresa sigue mostrando a Junot Senior como representante. Al parecer, hace apenas unos meses que Reginald tomó el control total y los datos no se han actualizado en la plataforma tecnológica. Clara también me informó que es una cuestión privada la razón, y que él es bastante reservado con sus asuntos. Y no es que me lo contara porque ya seamos mejores amigas —apenas me tolera—, sino porque tengo que actualizar la información para dar la correcta cuando recibo llamadas, y no le queda otra que soltarme los datos. Habría agradecido saberlo antes de cometer la tontería de insultar al hombre con el que podría haber empezado a tener sueños húmedos. Sin embargo, tengo que despertar, pero a mi realidad. Esa donde él no existe. Por fin es viernes. Afortunadamente mañana no trabajo, aunque después de cómo ha ido esta primera semana, renunciaría con gusto. Pero ¿quién aguanta a Emma y a mamá después con su cantaleta? Por eso he evitado hablar de más con ellas; lo último que quiero es admitir que el jefe ni me determina, por más que haga lo imposible por llamar su atención. Cuando pasa frente a mi puesto, parece que hiciera magia y me desapareciera de su entorno. Es por eso que hoy solo quiero salir y olvidarme de sus desplantes. Kia me dijo que esta noche irán al King Cross y tengo más ganas de fiestear que de ir a clases. ¡Si! —festejo cuando por fin el maldito reloj marca las cinco en punto. Las puertas del ascensor se abren justo cuando termino de recoger mis cosas. Como si lo hubiera invocado al diablo por inercia, Junot aparece. No me inmuto al ver su cara de puño arrogante, pero me obligo a observar cuando noto que no viene solo. Una rubia que se me hace conocida camina muy oronda a su lado. Ella sí me mira, y no es mi imaginación: lo hace con hostilidad, como si me detestara cuando apenas y me conoce. Trato de recordar dónde diablos la he visto antes mientras él, al fin, se percata de mi insignificante existencia. Esa mujer afianza el agarre de su brazo marcando territorio, como si quisiera demostrar que son algo más íntimos, mientras yo estoy tratando de entender la situación. Su acción no viene al caso. Él parece no percatarse de eso o le da igual. —¿No es su hora de marcharse? —me pregunta el susodicho por primera vez. Debería agradecérselo a la odiosa mujer que lo acompaña, pero después de ignorarme toda la semana, ya no tengo ni pizca de ganas de disculparme. Tomo mi bolso y me pongo en pie. —Por supuesto, señor Junot —digo sin disimular mi irritación. Él me clava su mirada juntando sus cejas cuando me cuelgo el bolso al hombro y me dispongo a salir de allí. No dice nada, lo que me hace poner la mirada en blanco porque tampoco esperaba que mencionara algo el señor don témpano de hielo. Enseguida se da la vuelta con la mujer camino hacia su oficina, pero ella le murmura alguna urgencia de última hora y viene hasta mí cuando me dirijo al ascensor. —Espera ahí —me llama con una insoportable altanería. Arrugo el ceño y la miro. —¿Disculpe? —Seguro que no estás sorda, ¿verdad? —espeta. Su tono me pone los pelos de punta. No me gusta para nada. La miro, pero sigo sin ubicarla. ¿Dónde cuernos he visto a esta tipa? —¿Qué quiere? —pregunto. Ella suelta un bufido de desprecio. —Seguro que eres igual de mustia y trepadora que tu hermana. —¿¡Qué!? Solo yo puedo hablar mal de mi hermana. —Pero qué se puede esperar de una familia venida a menos —prosigue, y sus palabras me llenan de rabia—. No se te ocurra poner tus ojos en Reginald —añade prepotente. Ahora sí que quiero explotar. ¿De qué va esta mujer? Pero no alcanzo a decir nada porque él la llama y ella se va toda orgullosa, no sin antes sacudir su sedosa melena platinada (que seguro es teñida) por lo menos la mía es natural. ¡Al cuerno! No me voy a quedar con la duda porque sé que la he visto antes, solo que no recuerdo donde. Voy directa a la oficina de Clara. Ella está, como siempre, enfrascada en su pantalla, tecleando como una máquina. Pero su reflejo es tan bueno que me nota de inmediato, se recoloca las gafas y me clava la mirada. —¿Necesita algo señorita Hasburg? —pregunta. —Ah, no, solo venía a avisar que ya me iba. —¿Se acordó de despedirse? —suelta de repente. Golpe bajo; sabe que cada día salgo pitando sin mirar atrás. —Es que el señor Junot acaba de llegar y... —Puede irse, no hay problema. Yo me encargo de lo que necesiten él y la señorita Callum —me corta. —¿Callum? —pregunto sin mostrar mucho interés. —La señorita Brianna Callum —aclara con el tono que seguro usa para corregir a las ignorantes. El nombre no me dice nada, pero su advertencia se me ha quedado grabada. Es cierto que Junot no está nada mal y podría ser mi tipo de hombre ideal, pero es un odioso rencoroso, así que le va bien la bruja. —Vale, ya entendí —digo y me largo antes de tropezarme otra vez con alguno de los dos. Ya en el auto, busco mi bolso y bajo al baño del primer piso. Me quito este odioso uniforme y me pongo ropa más cool. La idea de ir a estudiar se ha evaporado, pero por desgracia no puedo faltar. Le escribo a Kia, le pido la dirección del King Cross y, sin pensarlo dos veces, le digo que más tarde les caigo allá. Esta noche no quiero saber nada de nadie; solo quiero olvidar mis intentos fallidos de caerle bien a Junot y cerrar la noche apagando la rabia que tengo con una ginebra bien fría.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD