El ogro gruñón

1758 Words
POV Reginald —Debería evitar esos espectáculos —menciono en cuanto la señorita Callum entra por fin en mi oficina. Ella me mira; su sonrisa nerviosa luce tan espantada como el escepticismo en su rostro. Quisiera decir que estoy a gusto con esta mujer, pero hay algo en ella que me repele: sus ansias urgentes por encontrar marido. Lo tengo claro, y me agota. —Disculpa —balbucea. Su voz es trémula, ese es el comportamiento de alguien que sabe muy bien cuáles son sus indiscreciones y pretende pasarlas por alto. —Tomarme del brazo sin mi consentimiento. A ese espectáculo me refiero. Soy claro, voy al punto. La razón por la que no le hice un desaire en frente de Anna, es porque soy un caballero. —Ah, no lo hice a propósito... —Creo que sí lo hizo. Como también creo que fue al puesto de la señorita Hasburg con una intención clara. —¡No hice tal cosa! —exclama indignándose, para colmo. —Odio la gente mentirosa, y sé que lo ha hecho. No la culpo. Debe denigrarle saber que ella es la hermana de la persona que se quedó con su exnovio —suelto con frialdad. Ella se queda prácticamente sin habla. —Vaya... me dejas anonadada. —¿Qué le dijo? —¿Lo pregunta en serio? Por lo menos su reacción es genuina. —Me gusta la franqueza, señorita Callum, y más le vale que me diga la verdad —respondo mientras ella empieza a removerse, incómoda. He aceptado su visita porque insistió en mostrarme un supuesto plan de negocios, pero sé que es una excusa. Es mi culpa porque le di pie aquella noche cuando me acerqué a consolarla; en ese momento, supongo que yo también necesitaba algo de humanidad porque esa otra persona era Emma. Eso me pasa por fijarme en quien no debo. No soy de poner los ojos en cualquiera que me flirtee, y eso va para todas las mujeres que me ven como una "buena oportunidad". Tal como me ve Brianna, al igual que esa chica nueva, la Hasburg... aunque con ella es porque sentí un poco de aprecio por su hermana. ¿Aprecio nada más? Me parece escuchar la voz sarcástica de mi consciencia. Me sacudo ese lapsus y vuelvo mi atención a la mujer frente a mí. —¿Entonces? —Creí que habíamos venido a hablar de negocios, Reginald —continúa y espero que sea cierto porque los Callum no están teniendo una buena racha últimamente. —Es lo que afirmas, pero tras unas averiguaciones, no creo que Industrias Callum tenga nada interesante que ofrecernos. —Pero su padre... —Mi padre ya no está al frente. Ahora estoy yo, y soy quien toma las decisiones importantes. —Mi familia tiene buena posición —insiste ella. —Muchas veces la posición no es sinónimo de liquidez —sentencio. Ella ríe con amargura y camina directo hacia mi recibidor. Se acomoda en el sillón cruzando las piernas con una clara insinuación. Cree que mostrándose provocativa conseguirá lo que busca, pero no soy tan fácil de enredar. Soy un hombre visceral; un par de tetas grandes o una lindas piernas (como en este caso) no representan un buen negocio para mí. Tomo asiento en el sillón opuesto y la miro con tono interrogante. —Le dije que no se acercara a ti —confiesa ella por fin. —¿Y por qué le dijo eso? —¿No es obvio? —¿Qué es lo obvio? Me lleva, que diantres me importa. —La hermana se quedó con mi Alex y ahora quiere que ella se quede contigo. —¿Me cree un niño tonto, Brianna? —¡Por supuesto que no! Solo le "ayudaba" un poco. Tenga en cuenta que a algunas personas hay que ponerlas en su lugar a tiempo. —En eso tiene razón, pero le ruego que no se tome atribuciones que no le incumben. Que la señorita Hasburg esté en ese puesto es decisión mía. Punto. —Sí, claro, no lo dudo —murmura ella con sarcasmo. —Y yo no dudo que sigue sin superar a su ex. Si fuera usted, me resignaría y buscaría otros horizontes. —Qué comedido, pero sobra, porque es precisamente lo que estoy haciendo ahora mismo. —No en este horizonte, Brianna —advierto tajante con una seriedad que reafirma mi posición. Me pongo en pie—. Será mejor que se vaya. Cuando tenga una oferta monetaria lo bastante interesante para que esta financiera la estudie, hablaremos. Le señalo la puerta. Parece no dar crédito a que la esté echando. No me gusta malgastar el tiempo con gente que solo me hace perder el mío, ni con personas que disfrutan desprestigiando a otras. Soy de los que piensan que todo cae por su propio peso, y si la señorita Annaline Hasburg tiene algún interés oculto en mí, ya puede ir desencantándose. Antes muerto que fijarme en una mocosa que no sabe lo que quiere. —Está bien, me iré —dice sacudiendo su melena rubia—, pero le prometo que Industrias Callum tendrá la propuesta que busca. —No es lo que yo busco, es lo que requiere el mercado —zanjo la charla. Gracias al cielo, se marcha. Exhalo hondo con esa gratificante realidad. Reviso un par de documentos que tengo en mi escritorio para firmar y una vez acabo me preparo para salir. Mi madre está de regreso por unos días y me ha pedido que cene con ella. Al salir, paso por el puesto de Clara. —¿Ya se marcha, señor? —pregunta ella, eficiente como siempre. —Sí. —¿Quiere que le envíe un recordatorio de la agenda? —No hace falta. —¿Señor? —Clara me detiene—. Solo para informarle que ya se actualizó la ficha pública de la empresa. Así no volverán a confundirle con su padre. Con la noticia no puedo evitar pensar en la chica llamándome "viejo". Me molestó que lo dijera con tanta frivolidad, pero ¿qué más se puede esperar de alguien como ella? —Gracias, Clara. Ya puedes irte. En el estacionamiento, subo al auto y le pido al conductor que me lleve al hotel de mi madre. Ella me espera en su suite; ha organizado una cena en la terraza. En cuanto me ve, me sonríe y me llena de besos. A veces su afecto me abruma. —Hola, mamá. —Has llegado temprano —comenta. —Terminé antes de lo previsto —explico escueto—. ¿Y papá? —Su semblante se ensombrece. —Está bien. —¿Si es así, por qué no viene? —Ya vendrá. Aún debe reposar. —¿Cuándo se lo dirás a tus hijas? —Regi... —¿Por qué solo yo tengo que saberlo? ¿Acaso no me dolerá tanto como a ellas? —reprocho. Es en estos momentos cuando no puedo olvidar que soy el adoptado, el que carga con los secretos pesados de la familia. —Eso no es así, y lo sabes. Se lo diremos a su tiempo. —¿Cuándo ya nada funcione? —Por favor... no más reproches. Siempre hemos confiado en ti —dice ella haciéndome exhalar con fuerza. Cenamos en la terraza bajo una luz que parece de cita romántica. Mi madre siempre es exagerada, pero sé que es su forma de dar amor. —¿Vas a verlas? —le pregunto. —Sí, antes de irme —responde, y que así evita darles tiempo a las preguntas incómodas de mis hermanas—. ¿Cómo va todo en la empresa? ¿Y la hermana de Emma? ¿Ya empezó? —Sí, esta semana. —¿Y qué tal? Debe ser agradable como su hermana. —Ni idea, apenas la veo. —Ay, Regi, ¿por qué eres tan frío? —Dame una razón para tratarla más de lo estrictamente necesario. —No hay ninguna, pero no cuesta nada ser amable. —¿Amable con la chica que me confundió con papá? ―¿En serio? ―¿Qué crees?, me llamó anciano en mi propia cara —le cuento. Ella estalla en carcajadas. Me resulta increíble que esa chiquilla sea el tema que haga reír a mi madre. —Bueno, ya tendrá claro que eres joven y apuesto. ―Me da igual. ―No seas tan odioso. Emma me contó que ella ha tenido dificultades, pero se está esforzando. No lo arruines. —Ella es quien no debe arruinar su oportunidad. Mientras haga bien su trabajo lejos de mí todo irá bien. Terminamos de cenar y recibo una llamada de Trevor, mi amigo de la universidad que solo llama para incordiar. Me disculpo con mamá para contestarle o no me dejará en paz. —Hola, Trevor —contesto de mala gana. —Qué onda, señor aburrido. ¿Estás libre esta noche? —No, tengo un compromiso importante. —Te lo paso si es con una mujer... —En efecto, lo es —replico. —Espero que no tenga más de cincuenta años —me bromea. —¿No has pensado que me gustan maduras y centradas? —rechisto. —Creo que te iría bien alguien con energía. —¿Por qué no te vas al carajo? ―Estoy con unos amigos, el lugar es espectacular. ―Olvídalo, no volverás a engatusarme con esos antros de mierda. ―Vamos, que este está entretenido y hay mucho que ver y comprar. ―Bien, disfrútalo. ―Se llama King Cross Club, te esperamos por si te animas. ―Paso ―digo y cuelgo porque la verdad no me interesa perder mi tiempo en esa clase de clubes. Ya lo he hecho por su culpa y no tengo buenos recuerdos con eso de comprar placeres momentáneos. —¿Por qué no vas? Te haría bien divertirte —me sugiere mi madre cuando me vuelvo hacia ella luego de colgarle a mi amigo el desenfrenado. —¿Divertirme? —bufo—. Sabes que odio esas cosas. Me tomaré otra copa contigo y luego me iré a terminar de ordenar papeles y luego a dormir. —Eso no suena divertido en viernes. —Para mí lo es —sentencio, fingiendo una sonrisa. Ella asiente, resignada. —Está bien, tomemos otra copa antes de que te encierres en tu cueva de viejo gruñón. Pongo los ojos en blanco. Sigo sin hallarle el sentido a esos clubes, pero el destino suele ser irónico al respecto.
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