Sabía que iba a arrepentirme de aceptar aquello y ahí estaba, completamente desganado y aburrido, mientras subía las escaleras que daban al “salón del piano”.
Yo no era un profesor de piano, ¡era un músico, por un carajo…!, pero me había visto casi obligado por Gustav a aceptar darle clases a su hija.
Nunca le había enseñado a nadie, porque yo me sentaba frente a una multitud para que se deleitaran con mi arte y me ovacionaran, no para enseñarles a chiquillos consentidos por capricho de sus padres.
Detestaba los de esa clase y la que iba delante de mí, caminando como si no cagara, era de esa clase. Se notaba a leguas que era una consentida, la hijita de papi y mami, y ya veía que iba a ser un verdadero suplicio de puro aburrimiento.
¡Quién sabe cuánto aguantaría!
Pero yo solo me había puesto la soga al cuello, únicamente para que Gustav dejara de insistir tanto.
La verdad era que se lo debía y por eso había aceptado. En el pasado él me había hecho un favor que no olvidaría y esa era la forma en que terminaría de agradecerle y de estar en deuda con él.
Luego podía decir que Charles Allen había sido el maestro de su hija.
Podía tolerar eso.
No podía ser tan difícil enseñar, ¿verdad…?
—Soy una fan tuya, Charles —habló la chica, girándose hacia mí y sonriendo, mientras me guiaba escaleras arriba.
¿Mm?
—No debería, señorita Di Battista, no soy una estrella del pop para tener un club de fans —contesté, con el mismo tono agrio de siempre cuando estaba aburrido.
Sin embargo, ella se rio, como si yo acabara de decir un jodido chiste.
—Pues deberías intentarlo. Estoy segura de que triunfarías en el género —bromeó y siguió subiendo.
¿Se estaba burlando de mí o qué mierda estaba haciendo?
No le respondí y me limité a poner mi mejor cara de culo, para ver si así entendía que no me agradaban las bromas.
Llegamos al segundo nivel y ella me guio hasta el fondo, donde había un segundo salón, más íntimo, pero no menos sofisticado. Gustav era un hombre muy rico que le encantaba que los demás supieran que lo era y que no escatimaba cuando de derrochar en lujo se trataba.
Ahí vi el piano blanco, que más que un instrumento musical, parecía un adorno.
Se parecía a su hija, de cierta manera. Impoluto, refinado, de alta gama, pareciendo como si nunca lo hubieran tocado. El piano, por supuesto…
—Este es mi piano, fue un regalo de mi padre cuando cumplí diecinueve… —me dijo, parándose al lado del piano, recta y grácilmente.
Gracias, pero no me interesaba.
—Su padre me dijo que usted sabe lo básico, señorita Di Battista —la ignoré y fui al grano—. Toque lo que mejor le salga, por favor.
—Cecilia. Puedes llamarme Cecilia —corrigió, sonriendo y sin acatar mi orden.
Pues empezábamos mal.
—Siéntese y toque, señorita Di Battista —le ordené de forma demandante, haciendo énfasis en su apellido. Yo no había ido ahí a perder mi maldito tiempo. Entre más rápido aprendiera, más rápido yo podría no volver a esa casa.
Su rostro, que parecía cincelado específicamente para ser el de un ángel, se puso rojo, su cuerpo perdió la postura de elegancia que había mantenido, y entonces, sin decir nada, se sentó en el banquillo, abrió la tapa y puso las manos sobre las teclas. Sin embargo, no las movió.
Se quedó quieta, con la mirada puesta en las teclas, pero estaba perdida. Sus manos, níveas y frágiles, parecían congeladas.
Si no se daba prisa iba a ponerme de mal humor.
Iba a preguntarle qué estaba esperando, cuando tomó una gran respiración y empezó a tocar un villancico.
¡Mierda, lo hacía fatal!
La dejé terminar sin interrumpirla, pensado en si debía huir o empezar a prepararme para una pasar una larga temporada siendo un profesor.
Terminó y dio otro gran suspiro tembloroso.
—¿Dónde aprendió esa mierda, señorita Di Battista? —pregunté, sin poder mantenerlo para mí.
Ella se volteó y, por primera vez, vi que no había una sonrisa complaciente en su rostro, sino que estaba furiosa. Su cara de ángel estaba surcada por un gesto que no le restaba belleza, sino que le daba un toque de… rebeldía, que la hizo verse… interesante.
—En el colegio —me dijo, levantando la barbilla altaneramente—. Y se supone que usted está aquí, para que yo deje de hacerlo tan… mierda —pronunció la palabra en voz más baja, como si temiera que alguien más la escuchara, o le costara decirla—. ¿Qué esperaba? ¿Que lo hiciera como lo hace usted? Si fuera así, créame que no haría falta que mi padre… le pagara.
Íbamos bien hasta cierta parte, porque tenía razón. Yo estaba ahí para enseñarle, y para ayudarle a corregir los errores que cometía, no para que ella me mostrara lo perfecto que lo hacía. Pero había cometido un error en la forma en que había dicho que su padre me pagaba.
¡Ni todo el maldito dinero del mundo costaba una clase mía! Lo hacía únicamente por un compromiso moral con su padre. Nada más. Yo tenía el suficiente dinero para no tener que hacer eso y mucho menos para que ella lo dijera como si yo necesitara comer de ello.
Si pensó que por riquilla, bonita y de buen apellido, iba a permitir que me hablara de esa forma, estaba equivocada.
Me quedé parado donde estaba y clavé mis ojos en ella, que me seguía mirando con la misma expresión altanera.
—Es mejor que elimine ese pensamiento de que yo soy su sirviente, señorita Di Battista —le dije, cruelmente calmado. Ella abrió sus ojos verde aceituna de par en par—. Su padre no podría, jamás, pagarme como usted cree que lo hace. Y tampoco lo necesito.
—Yo no… —empezó a negar, perdiendo ese destello de rebeldía que había aparecido en ella
Pero la interrumpí, porque no estaba ahí para discutir con ella.
—Siéntese bien y empiece de nuevo, por favor —le pedí fríamente. Ella cuadró los hombros y volvió a tocar. Me acerqué lentamente, analizando todas sus fallas, hasta que estuve parado al lado del piano y viendo su ceño, ligeramente fruncido.
Seguía enojada.
—¿Mejor? —preguntó cuando terminó su villancico.
—No. Hágalo otra vez… —le ordené y me echó una mirada que me causó cierta diversión, por primera vez desde que había entrado a esa casa, pero nada se vio reflejado en mi rostro.
La observé tocar y la observé a ella. Se notaba que era una chica reservada y no como las que comúnmente pasaban en los clubes de fiesta en fiesta y aparentaban la edad que dijo que tenía, con exuberantes cuerpos y ropa reveladora.
Recordé que Gustav era sumamente religioso, al igual que su esposa, y que por lógica, ella sería igual. Una chica católica que va a misa todos los domingos y que le gusta aprender villancicos.
—¿Ahora? —preguntó al terminar. No me había dado cuenta de que había terminado la horrible melodía.
—No. Continúe —le contesté y la escuché bufar.
Empezó de nuevo el villancico, pero apenas unos segundo después, moví mi mano para presionar una de las suyas contra las teclas y detenerla.
Mi acción la sobresaltó, pero con mi mano grande y ancha agarré la suya, fina y delicada, y empecé a masajearle los dedos con la presión necesaria, sin ser brusco. Parecía que con nada se le podían romper.
—Un pianista debe tener los dedos ágiles —le dije—. No entumecidos. Usted tiene problemas con los tiempos, señorita Di Battista, y eso es lo primero que tenemos que resolver…
La miré, esperando que dijera algo, pero se había quedado mirando nuestras manos con un ligero sonrojo en las mejillas.
—¿Entendió, señorita Di Batista? —pregunté, elevando ligeramente la voz.
—Sí, los tiempos —respondió.
Solté su manó y decidí lo que íbamos a hacer.
—Ponga atención… —toqué una corta y sencilla melodía con una sola mano y luego le hice señas para que la repitiera.
Pero lo hizo absolutamente fatal…
Sí, enseñar no era lo mío. No tenía paciencia…
Entonces, me paré detrás de ella, agarré su mano y la guie, una, dos, tres veces…
Pero cuando iba a decirle que lo intentara sola otra vez, aparté la mirada de las teclas para verla, y mis ojos se deslizaron hacia la abertura que se había hecho en el cuello de su suéter, que parecía quedarle grande, y vi la delicada turgencia de uno de sus pechos, pequeño, terso y adornado por un rosado y respingado pezón que…
Me eché para atrás rápidamente cuando sentí que mis ojos se dilataron al imaginarme que lo chupaba entre mis labios.
¡Mierda!
Carraspeé, tratando de regresar mis pensamientos al piano y hacer a un lado la imagen de su pecho virginal de mi mente.
—Inténtelo, señorita Di Battista —dije, pero fui incapaz de verla.
Lo hizo y no escuché una mierda.
—¿Mejor? —su tonó me pareció de alegría cuando preguntó.
—Sí. Hágalo a diario, cada vez que pueda hasta que nos volvamos a ver…
—¿Ya te vas? —preguntó, levantándose. Fue cuando volví a verla y mi perturbada y pervertida mente solo pudo evocar que debajo de ese blanquecino suéter, esponjado como las alas de un ángel, no llevaba sostén.
—Recuerde que soy su profesor, señorita Di Battista —dije, y esperaba que eso sirviera también para mí—. Señor Allen, está bien… como les enseñan en el colegio.
Bufó. ¡Bufó!
—Entonces que le vaya… bien… ¡Señor Allen! —me acribilló con la mirada y se dio la vuelta, yéndose antes que mi y caminando como toda una malcriada a punto de hacer un berrinche.
Bajé solo por donde había venido, me despedí rápidamente de los señores Di Battista y salí de ahí, casi huyendo. No porque detestara ser un profesor de piano, sino porque necesitaba quitarme el recuerdo casi sublime del pecho de la señorita Di Battista de mi maldita cabeza.
Subí a mi auto y en lugar de dirigirme a mi apartamento, tomé rumbo hacia el hoyo infernal en el que podía desatar mis más bajos instintos, y donde era conocido como Astaroth, el gran duque del infierno.