Capítulo 3

2337 Words
Me encerré en mi habitación, enrabietada, y desde la ventana lo vi irse, estúpidamente enamorada y deseando que fuera el día en que lo mirara otra vez. Nada había salido como yo lo había imaginado. Durante los últimos tres años, había creado escenas en mi mente del momento en que volviera a ver a Charles, y en la mayoría de ellas, Charles era un príncipe encantador. Resultaba que no había sido así en absoluto y que mi estúpida mente de niña inocente, creó fantasías que nada tenían que ver con la realidad de las cosas. Porque ese hombre, tan increíblemente apuesto y misterioso para mí, era un completo imbécil. De verdad había creído que se interesaría por mí en su segunda oportunidad y darme de bruces con la realidad era algo difícil de procesar. Me sentía decepcionada y, de cierta forma, con el corazón roto. ¿Pero qué había hecho yo para ser interesante para él? Nada. Y eso también era algo frustrante y que me hacía hervir la sangre, enfurecida conmigo misma. Charles me había hecho sentir humillada, haciéndome tocar una y otra vez ese villancico que era lo único que me salía medianamente bien, pero luego sus manos tomando las mías, tan grandes, fuertes y varoniles, tan tibias y suaves al mismo tiempo, casi hace que me derritiera. Pero era un patán engreído que tanto se creía por ser un pianista aclamado. Que porque él hacía las cosas perfectas podía humillar a los que no. Era un bruto, un mal educado y un egocéntrico impertinente. Un completo imbécil, guapo, varonil y sensual. Tan atractivo que a pesar de su comportamiento, lo único que yo quería era estar en sus brazos y que su boca me besara. Tenía que buscar la forma en que él se fijara en mí, que me viera como mujer y que cumpliera mi deseo antes de que yo… tuviera que irme al noviciado. —Haz la oración, Cecilia —me dijo mi madre cuando nos sentamos los tres en el comedor para la cena. Asentí y en silencio le pedí perdón a Dios por todos mis pensamientos pecaminosos, luego hice la oración para bendecir nuestra comida, a nuestra familia y rogar por el pan de cada día de los más necesitados. Mi madre siempre estaba orgullosa de mí cuando terminaba. —Me llamó mi hermano —comentó mi padre cuando empezamos a cenar y ambas le pusimos atención—. Dijo que Megan quiere invitar a Cecilia a una pijamada ahora que ambas están de vacaciones. De inmediato se despertó mi interés. Mi prima Megan y yo teníamos la misma edad, pero ella y mi otra prima, Berenice, su hermana mayor, eran chicas distintas, eran como las demás chicas… libres de hacer lo que ellas querían. Siempre había querido convivir con ellas y no solamente cuando íbamos a sus fiestas de cumpleaños cuando éramos niñas. Megan también había salido del colegio, pero no del mismo que yo, sino uno con chicas y chicos, sin clases de latín y de religión, y me había dado cuenta de que se iría a la universidad a estudiar diseño de moda. Era mi prima, pero no éramos amigas, porque mi madre… —¿Una pijamada? —cuestionó ella rápidamente, enderezando más la espalda—. Supongo que eso implica que Cecilia se quede a dormir con ella… Mi padre se encogió de hombros. —Habíamos planeado que Cecilia tuviera unas vacaciones en las que pudiera salir y relajarse un poco —intervino mi padre. ¿En serio habían planeado eso? ¿Y por qué yo no lo sabía? Me habían regalo un auto para mi graduación, pero únicamente lo había utilizado para ir a la iglesia. —Sí, pero… La he inscrito en el grupo para jóvenes de la parroquia… Eso tampoco lo sabía… —Me lo comentaste y está bien —continuó mi padre—. Pero me parece bien que Cecilia y Megan sean amigas, es mi sobrina y tenemos que convivir con la familia, Carol. Yo seguía callada, esperando que tomaran una decisión, porque así era como se me había enseñado. Yo también quería ser amiga de Megan, pero al final de cuentas, si no tenía su permiso, de nada me servía desearlo. —Sabes que tu cuñada es una mujer… libertina… —puso una cara de desprecio que bien sería pecado ante los ojos de Dios, porque al prójimo debía amársele tal y como era. Dios era el que se encargaría de juzgar—. No ha sabido criar a sus hijas en orden… —Son chicas, Carol —papá le restó importancia al asunto del libertinaje de mi tía política—. Además, Cecilia conoce muy bien los valores de nuestra familia. Que conviva con Megan no le hará olvidarlos. Y el siguiente día antes del anochecer, emocionada como nunca, subí a mi Audi blanco y salí de casa para visitar a mi prima Megan. No vivían lejos de nuestra casa, sino a un par de kilómetros en el mismo vecindario de familias ricas, pero ir sola a otro lugar que no fuera la iglesia, me llenó de adrenalina. Mi prima me abrió la puerta cuando toqué el timbre y entré, con otro de mis pantalones de lino y un suéter rosa. —Hola, Ceci —Megan me abrazó y yo le devolví el abrazo—. Qué gusto que tío Gustav te dejara venir. Megan era una chica muy bonita, de piel bronceada y el cabello teñido, y todo lo sexy y atractiva que yo no era. Tenía puestas unas sandalias romanas de tacón y un mini vestido n***o que le envidié al instante. —Gracias —respondí—. Mamá les envía este postre para la cena. Mi tía política apareció, que era tan guapa y sensual como lo eran sus hijas, y fue a abrazarme y a recibir el postre. Sin muchas palabras, Megan me agarró la mano y me llevó a su habitación. Subimos las escaleras juntas y me sentí en complicidad con mi prima. La casa era tan grande y bonita como la nuestra, porque mi tío era igual de rico que mi padre. —¿Quieres que veamos una película mientras viene la cena? —preguntó Megan cuando llegamos al pasillo—. ¿Quieres ver una de terror o una romántica? ¿Te gustaría que viéramos Cincuenta Sombras de Grey? Al escuchar el nombre de la película erótica, rápidamente miré a todas las direcciones, pensado en la posibilidad de que alguien la hubiese escuchado, se escandalizara, nos riñeran y nos aconsejaran confesar nuestro pecado antes de la próxima misa. Pero no había nadie y mi corazón latió rápido con esa excitación que solo la provoca el diablo cuando pone ante ti una tentación. Había escuchado el nombre de aquella película y que estaba inspirada en libros eróticos, pero no la había visto, ni sabía con claridad el contenido que mostraba. No sabía si aceptar que la viéramos y que Megan supiera que estaba… interesada y verdaderamente curiosa. Ellos sabían que yo iría al noviciado en poco tiempo y no imaginaban que tuviera una mente indecorosa, llena de deseos impuros que no eran propios de una mujer de Dios. ¿Me juzgaría Megan? ¿O podía ser sincera con ella y revelarle mi secreto más grande? Sin embargo, no tuve que responder. —Sí, veremos toda la saga, ¿te parece? —dijo, sin esperar respuesta y sin que yo notara malicia en su mirada. Ni siquiera asentí, porque ella abrió la puerta de su habitación y enseguida sentí el olor a tabaco. Berenice estaba ahí, sentada en una silla giratoria, con las piernas sobre un escritorio, frente a una computadora portátil, fumando un cigarrillo y vestida únicamente con una sensual bata de dormir que transparentaba sus pezones. Me sentí cohibida porque los únicos pezones que yo había visto en la vida, eran los míos. —Hola, Ceci —saludó, con el cigarrillo entre los dedos. El aroma a tabaco llenaba toda la espaciosa habitación de ambas hermanas y eso me hizo sentir completamente fuera de mi ambiente. ¿Qué diría mamá si llegaba a casa oliendo a cigarrillo? Seguramente sufriría un infarto. —Hola, Berenice… —Pensé que ya te habías ido al convento —comentó y yo negué—. ¿Cuántas veces tienes que rezar al día? —¡No la molestes, Bere! —dijo Megan, antes de que captara que me estaba molestando. Berenice era la mayor, tenía veintitrés y estaba por terminar la universidad. Era incluso más hermosa y atractiva que Megan, alta y estilizada como una modelo de pasarela y en todos sus gestos se notaba lo arrogante que era. Decidí ignorarla y dejarla en su silla, fumando y haciendo lo suyo en la computadora. Cuando iba la segunda película, ya habíamos cenado, comido helado y estábamos con las palomitas. Nunca en mi vida había hecho algo como eso y nunca en mi vida había estado tan alucinada por las cosas que veía pasar en una película. Para mi mente pecadora y llena de fantasías, Cristhian era Charles y todo lo que le hacía a la protagonista, me lo hacía a mí. Estaba tan excitada que tenía húmeda mi entrepierna y me sentía acalorada. —¿Tienes novio, Ceci? —preguntó Megan de pronto, sin dejar de ver la pantalla. —No. ¿Y tú? —le pregunté. La curiosidad de saber cómo era tener novio, hizo que mirara a mi prima con interés. —Sí, tengo. Es un chico de la escuela, de una familia muy adinerada. Se llama Emerson —me contestó. —¿Cómo es… salir con un chico? —me atreví a preguntar. Ella me miró. —¿Nunca has salido con ninguno? —me preguntó con incredulidad. —¿A caso no se nota que es virgen? —habló Berenice desde donde estaba, inmiscuyéndose en la conversación. Sentí la ira dentro de mí y el deseo de callarle la boca para que no fuera tan pedante y engreída. —Sí, lo soy. Pero me gusta alguien y pienso acostarme con él a como de lugar… —solté, sin medir las consecuencias. Megan se llevó la mano a la boca y Berenice se volteó hacia nosotras en su silla giratoria, literalmente con la boca abierta, luego se levantó, con su corta bata semitransparente que dejaba muy poco de su cuerpo a la imaginación. —Eso es interesante, querida Ceci —dijo la chica viniendo hacia nosotras—. ¿Así que quieres dejar de ser virgen antes de irte al convento? Yo no lo había dicho de esa forma, pero era prácticamente lo que quería. Asentí, tomando confianza para que no me dejara humillada. —¡Oh, por Dios! —exclamó Megan, todavía incrédula. —¿Significa una especie de reto para ti? —preguntó Bere, sentándose en la cama de Megan, con las piernas sensualmente cruzadas, pareciendo una ninfa del sexo. Imaginaba que ningún hombre podría evitar desearla. Debía aprender a hacer eso. —Algo así —admití, sin dar muchos detalles. —Pero cuenta, Ceci —chilló Megan emocionada—. ¿Quién es? ¿Dónde lo conociste? No me digas que es un mojigato de la iglesia… Negué, con mis dos primas mirándome con sumo interés. —No estoy segura de… gustarle, o de… despertar deseo en él —confesé sin querer responder a las preguntas de mi prima, aunque esas palabras salieron con dificultad de mis labios. Berenice me agarró del mentón y me observó. —Eres bonita, Ceci —dijo y no supe si se estaba burlando de mí otra vez o hablaba en serio—, pero te falta arrojo. A los hombres no les atraen las mujeres reservadas. Les gustan las que son decididas y saben lo que quieren y, además, van a por ello. Cuando una mujer confía en la belleza que posee, su sensualidad brota por sus poros y no hay hombre que se resista a ello. Yo también la observé, viendo en ella el reflejo de sus propias palabras. —¿Cómo hago eso? ¿Tener arrojo? —pregunté, pensando en las mil cosas que hacían que me cohibiera y en las otras mil que me impedían sentirme una mujer atractiva y deseable. —¿Te gustaría que te enseñe, Ceci? —preguntó, con sus ojos brillando por la promesa de un reto como ese. Asentí porque yo iba a darlo todo para que Charles se fijara en mí, aunque solo fuera una vez. —Sí —confirmé, completamente, decidida. —Entonces, lo primero que tienes que aprender es lo que harás cuando ya tengas a tu hombre —dijo, como una experta—. Para hacernos un camino, primero debemos saber a dónde queremos llegar. Y a continuación, tomó el mando del televisor, quitó la película que estábamos viendo y puso una porno. Fui yo la que se quedó con la boca abierta y con las mejillas rojas cuando la película empezó en pleno apogeo. Yo solo sabía del sexo de las clases de biología que nos daba la hermana Dorotea en el colegio, más nada. Berenice nos dejó mirando a Megan y a mí y se metió al baño como si nada. —¿Y tú… lo has hecho? —pregunté a mi prima, avergonzada de quedarme viendo la pantalla. —Sí, claro. No es normal que seas virgen a los diecinueve, Ceci… Parpadeé y luego decidí que mejor miraría, porque me avergonzaba más mi realidad. Berenice salió del vestidor más o menos una hora después, cuando yo estaba más que caliente y Megan apretaba las piernas cruzadas y las movía suavemente. Mi prima mayor era un verdadero espectáculo de mujer cuando la miré, con un cortísimo vestido rojo, extremadamente sensual, pero no menos refinado y elegante. Con tacones, joyas y maquillada como una femme fatal. —¿Nos vamos ya? —preguntó. —¿A dónde? —cuestioné sin entender. —Pues al club, Ceci. Voy a darte la primera lección…
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