El sudor perlaba mi frente y una gota se deslizó por mi sien, bajó por mi mentón, recorriendo mi garganta y se unió a otra sobre mi pecho desnudo. Trataba de recordar en qué número me había quedado antes de que mi mente se perdiera otra vez, pero no estaba seguro.
Se suponía que llevar la cuenta de cuántas abdominales llevaba me ayudaría a centrar mi mente, pero no estaba funcionando. Me di la vuelta, para continuar con flexiones desde cero y tratar de centrarme otra vez.
Uno… dos… tres… Mis brazos soportaron el peso de mi cuerpo sin problemas, el sudor empezó a resbalar en otra dirección y la cadena que colgaba de mi cuello se balanceó con cada descenso.
Tenía el cuerpo caliente por el esfuerzo y ya hacía bastante que estaba haciendo ejercicio, pero la energía todavía estaba ahí y necesitaba quemarla de alguna manera, y me negaba a hacerlo con sexo.
¿Por qué?
Porque solo cerraba los ojos y la imagen del delicado y tierno pezón de la señorita Di Battista aparecía en mi mente y… mis instintos reaccionaban sin que pudiera controlarlos.
Era un jodido malnacido, un pervertido y degenerado demonio vicioso al que le trae la idea de corromper la pureza de la piel angelical de una inocente chica.
Ya tenía ganado el infierno, pero con eso había ganado otro eón condenado entre sus inclementes llamas. Lo tenía merecido, pero, a pesar de que tomaba a bien mi castigo, no podía permitir que esos pensamientos se mantuvieran en mi mente. No podía permitirme sentir ese tipo de deseos por una chica a la que le doblaba la edad.
No por mí, sino por ella.
¿Qué pensaría la señorita Di Battista al saber las cosas que se cruzaban por mi mente?
Seguramente me acusaría de enfermo y depravado.
Debía eliminar de una vez por todas esa imagen que se había grabado en mi mente y que se negaba a dejarme en paz y que se repetía en mi cabeza, encendiendo mi sangre y despertando mis más bajos instintos.
¿Otra vez?
¿En qué número iba?
Me levanté, jadeante y harto de mi mente desviada, caminé descalzo por mi apartamento casi a oscuras, iluminado tenuemente por las luces amarillentas del comedor y me senté sudoroso y semidesnudo frente a mi piano.
Estaba trabajando en una nueva pieza y rompí el agradable silencio del ambiente con la atormentada melodía que fluyó de mis dedos.
La música era la mejor forma en que podía liberar mi dolor, la forma en la que podía contener los demonios que llevaba adentro y la forma en que mi mente se refugiaba de la amarga soledad a la que me había condenado a mí mismo.
Pero fue desesperante cuando mis dedos se quedaron estáticos en el último tramo de la composición musical que no era capaz de terminar. No fluía, y eso también me tenía frustrado.
Me di por vencido y me levanté otra vez, dispuesto a disponer de la última opción: el sexo.
Si me desahogaba sexualmente, tal vez podría despejar mi mente y encarrilarla a mi trabajo nuevamente.
Terminé de desnudarme y me metí a la ducha únicamente con la cadena de oro que colgaba de mi cuello, pero al salir fue lo primero que me quité antes de vestirme e irme al Underworld. Nunca la llevaba a ese lugar de vicio y depravación.
El Underworld funcionaba en los sótanos de una discoteca y era propiedad de mi amigo Murakami. Solos las personas seleccionadas por él podían bajar al Underworld y ser parte de la depravación que ahí tenía lugar.
Descender por los escalones hacia el Underworld era casi como visitar un verdadero inframundo y el olor a sexo y libertinaje podía respirarse desde que se cruzaba la puerta blindada.
Era como un maldito hoyo infernal donde el vicio y el pecado estaban a la orden del día, y un lugar en el que me sentía como en casa.
Pero tenía que atravesar la discoteca para entrar, atestada de idiotas que no saben beber y niños ricos consentidos con los sesos hasta la mierda de droga. El club de mi amigo se había puesto muy de moda últimamente, pero eso permitía que el Underworld pudiera pasar más desapercibido para los curiosos indeseables.
Entré y la música me hizo doler los oídos, casi siempre atravesaba esa zona rápidamente, pero decidí beberme un par de tragos antes de bajar y ver qué había abajo. Tomé un lugar en la esquina más oscura de la barra y me pedí un whiskey.
Mientras me bebía mi trago en soledad, vi pasar a Marco camino al Underworld, con sus dos sumisas a cada lado, vestidas con largas gabardinas. Nadie podría adivinar que debajo de ellas llevaban sus eróticos atuendos de sumisas o iban completamente desnudas. No les prestaban atención mientras se perdían al fondo y tomaban la puerta que estaba vigilada por dos hombres armados.
Desvié la mirada pensando en la posibilidad de que Marco pudiera compartirme a una de ellas esa noche. Ya podía imaginar todo lo que haría con ella, pero me detuve al vislumbrar a los lejos una preciosa espalda de piel tersa y delicada a simple vista, iluminada por las luces de neón que llegaban desde la pista de baile y decorada con unos finos cordones de seda que se cruzaban y anudaban desde los omóplatos hasta la cintura y que componían un sensual top que me incitaba a imaginar la forma en que se vería esa increíble y perfecta espalda, cruzada por mis cuerdas, mientras yo me follaba a la dueña por detrás.
Mis pupilas se dilataron mientras armaba la escena en mi mente. Ataría también sus muñecas y no pararía hasta correrme en su espalda baja, arriba de sus nalgas y luego esparciría todo mi semen a lo largo de su espina dorsal, ensuciando su piel sonrosada, ceñida por los cordones de ese top… o por mis cuerdas…
La hermosa ninfa que me estaba ofreciendo semejante espectáculo y que se estaba convirtiendo en mi fetiche de la noche, ladeó el rostro y me quedé descompuesto al ver el perfil angelical de la señorita Di Battista, que tenía los labios rojos y máscara en las pestañas.
¿Estaba alucinando? ¿Mi mente había estado tan enfocada en ella que ahora la confundía con otras mujeres? ¿Le habían puesto algo a mi trago?
Pero ella se giró un poco más y yo pude confirmar que se trata de ella. ¿Qué hacía ahí vestida de esa forma?
Pensé en bajar al Underworld de una vez, pero el simple hecho de pensar en aliviar la erección que tenía, que ella había provocado, me hacía sentir mucho más frustrado y nauseabundo que antes.
***
Me había acabado una bebida de un bonito color azul que sabía deliciosa y que me había hecho olvidar que estaba vestida con una minifalda y un top de espalda descubierta por primera vez en mi vida.
Había aceptado que mis primas me llevaran a aquel lugar solamente por la promesa de aprender a ser una mujer sensual, aun a riesgo de que mis padres se enteraran. Nos habíamos, literalmente, escapado de la casa de mís tíos y había sido lo más bizarro que hice en mi vida.
La ropa de Megan no me quedaba, pero Berenice era igual de delgada, aunque más alta que yo, y fue su ropa la que terminé usando. Me sentía tan distinta y atrevida que la adrenalina bullía en todo mi cuerpo y me hacía sentir excitada de estar ahí, en un mundo tan diferente al mío que me tenía alucinada.
La gente bailaba sensualmente, bebían, algunas parejas se besaban y todo era tan increíble que no sabía para dónde mirar. Mis primas me había dicho que estaríamos de regreso antes de que sus padres lo notaran y que los míos jamás se darían cuenta. Si no me pasaba de copas, todo estaría bien el siguiente día.
Megan se quedó a mi lado y Berenice parecía la reina del lugar. Todo el mundo la saludaba y todos los hombres la miraban. Se había ido a bailar con uno antes de que pudiéramos sentarnos y me dijo al oído que observara todo.
Poco después llegaron los amigos del colegio de Megan, una chica igual de guapa que ellas y un par de chicos, incluido su novio, Emerson.
—¿Quién es esta preciosura? —preguntó, mirándome de arriba abajo con un descaro que me hizo sonrojar. Parecía el típico chico popular de las películas de adolescentes, atractivo, rubio y con una chaqueta de cuero. Cuando su mirada se posó en mi cara, una sonrisa petulante se dibujó en sus labios—. ¿De qué convento la sacaron? —todos empezaron a reír, menos yo. ¿En serio se me notaba tanto que no pertenecía a ese lugar? Pero no pude decir nada, porque al instante maldijo—. ¿En serio? ¿Otra vez está aquí ese imbécil?
Miré hacia donde había desviado la mirada y vi a un chico de cabello n***o que se encontró con la mirada de Emerson.
—Déjalo, no vale la pena… —le dijo Megan, colgándose de su brazo.
Era guapo, más guapo que Emerson porque tenía un atractivo diferente, menos petulante y más misterioso. No parecía tener más edad que nosotros, pero se veía más serio y menos tonto e inmaduro de lo que parecían ser los amigos de Megan.
—¿Quién es? —pregunté con curiosidad.
—Es un pobretón insignificante —respondió Emerson con arrogancia.
—Es Rodrigo, un chico de la escuela que iba en nuestra clase —me respondió Megan—. Su familia se dedica a la ganadería…
—Sí, por eso apesta a mierda de vaca… —agregó el otro amigo de Megan.
—Odia a Emerson y se cree mejor que él —explicó mi prima. Yo aparté la mirada porque Rodrigo desvió la suya y la puso en mí—. ¿Me llevas a bailar, Emerson? —sugirió Megan, olvidando el asunto.
—Claro, ricura —le respondió el chico, le manoseó descaradamente un pecho y se la llevó.
Me quedé sin mis dos primas y miré para todos lados, buscando a Berenice. Me puse de pie, apartando el cabello de mi espalda, porque me sentía acalorada y, entre las tenues luces, encontré su vestido rojo y, por lo tanto, a ella, que estaba casi encima de un hombre, sentada sensual y coquetamente, acariciándole el brazo y hablando con gestos seductores.
La observé, porque a eso había ido, ¿verdad? ¿Pero cómo podía hacer lo mismo con Charles?
—¿Quieres un trago? —era el otro amigo de Megan, ofreciéndome otra bebida azul. La tomé, pero quería ir al baño, así que la puse en la mesita, me giré, para ir a buscar uno y en la barra me encontré con los ojos de Charles, que me estaban mirando.
Me detuve antes de dar el primer paso, asombrada de encontrarlo justamente ahí, pero ¿era él de verdad? ¿O el cóctel me había hecho alucinar viendo cosas que no eran?
—¿Dónde vas, Ceci? —escuché la voz de Berenice y me volteé hacia ella.
¿En qué momento había aparecido?
—Al baño —respondí, pero no, iba donde Charles…
Pero cuando me volteé ya no había nadie en la butaca donde antes lo había visto. Caminé, apresurada para encontrarlo. Tal vez el trago sí había hecho efecto, porque me sentía con el valor de acercarme y decirle que yo…
Me moví entre la gente y esquivé a otros que se atravesaron en mi camino, pero de Charles no parecía haber señal alguna. Di una vuelta, buscándolo en todas direcciones y caminé hacia la salida. Tal vez se había ido… Tal vez podía alcanzarlo…
Una mano tomó la mía e hizo que me detuviera. Me giré, pensando que era Charles, pero frente a mí estaba Rodrigo, mirándome con unos hermosos ojos oscuros de espesas pestañas.
—No salgas sola —me dijo, sin soltar mi mano—. No deberías quedarte sola en un sitio como este.
Asentí, entendiendo que había hecho mal y que seguramente ni siquiera era Charles el sujeto que había visto.
—Cecilia —me presenté, porque sentí que podía confiar en él.
—Rodrigo —respondió, apretando más mi mano—. ¿Quieres bailar conmigo?