Capítulo 5

2052 Words
Rodrigo no soltó mi mano y yo tampoco sentí la necesidad incómoda de que me soltara. Sus oscuros y hermosos ojos me miraban inquisitivos, pero su mirada tampoco me molestó, aunque sí me hizo sonrojar. Nunca me había enfrentado de esa forma al interés de un chico atractivo y por un pequeño instante, me sentí cohibida, pero luego recordé mi objetivo y me llené de determinación. Antes de responder, eché un rápido vistazo a la discoteca, para ver si veía a Charles en algún sitio. No estaba y quizás no estuvo ahí, así que asentí. —Claro —respondí y me dejé llevar de la mano por Rodrigo a la pista de baile. Nunca había bailado con nadie, peor con un chico. Nunca había estado en una discoteca, ni vestido ropas similares a las que llevaba. Jamás me había escapado de un lugar, ni le había mentido a mis padres. Pero solo me quedaban seis meses para que nunca en la vida pudiera siquiera pensar en hacer algo como eso. Dios me perdonaría, ¿verdad? Me encontré con Berenice en nuestro camino a la pista, que, al verme, me guiñó un ojo con complicidad, aprobando a Rodrigo. La había visto bailar, contoneando sensualmente sus caderas y siendo hermosa y provocativa con cada uno de sus movimientos, convirtiendo su baile en un acto de seducción del que era difícil apartar la mirada. Al verla, podía apostar que ningún hombre sería capaz de resistirse a algo como eso. Yo también tenía que lograrlo. Tenía que ser hermosa, sensual y seductora, para que Charles no pudiera resistirse. La música era estridente y lo envolvía todo a tal punto que el cuerpo se movía por instinto. Empecé a moverme y Rodrigo no tardó en tomar mi cintura. Era alto, de cuerpo tonificado, aunque todavía con vestigios de la adolescencia, de manos grandes y un aroma agradable que aspiré cuando se pegó a mí. Me gustó y me sentí cómoda con su cercanía. Nunca había bailado, y lo hice, bailé con Rodrigo y los movimientos de mi cuerpo fluyeron al ritmo de la música. Pero en mi mente se filtró la idea de que era Charles quien estaba conmigo, cerré los ojos, fantaseé y me dejé llevar mientras bailaba con el hombre de mis sueños, que era el dueño de todas mis fantasías. *** Me había visto y lo peor de todo fue que vi en su mirada la intención de venir hacia mí. ¿Qué quería? No me detuve a analizarlo, solo me escabullí de ese rincón de la barra cuando ella desvió la mirada por un segundo. No tuve otro lugar al que ir más que el pasillo que daba al Underworld, asqueado de mí mismo por estar inapropiadamente excitado por ella. Hui para esconder mi vergonzoso deseo, con la imagen que había creado en mi mente de ella y yo, atormentando mis instintos. Había ido ahí para deshacerme de los depravados pensamientos que tenía desde aquel día en la clase de piano, no para encontrarla y fantasear de peor forma con ella. Parecía una maldita broma del destino. Caminé sin mirar atrás hasta que las luces de la discoteca no pudieron alcanzarme y desde ahí me giré, para asegurarme de que no me hubiera visto irme, pero al hacerlo, alcancé a verla entre la multitud, destacando de tal forma que parecía que las luces la iluminaban solo a ella. La observé desde las sombras, como si necesitara confirmar otra vez que en verdad se trataba de ella, o simplemente porque mis ojos parecían responder a mi polla y no a mi cerebro. Definitivamente era ella, delgada y refinada, con una minifalda que no ocultaba sus torneadas piernas, más largas de lo que había advertido en mi visita a su casa, una pequeña cintura desnuda que daba paso a la suave curva de sus caderas y… de la mano la llevaba un tipo. No me había percatado hasta que se detuvieron, exactamente en el sitio más idóneo para darme la mejor vista, y ella empezó a bailar. ¿Ese era su novio? Le puso la mano en la cintura, directamente sobre la piel que yo había deseado hacía unos instantes, y por un momento…, deseé que fuera la mía, que fuera mi mano la que la tocara. Aparté la mirada y me maldije a mí mismo por semejante pensamiento. Quería sacarla urgentemente de mi cabeza, no seguir alimentando la mente retorcida del demonio lujurioso que habitaba en mí. Tenía el Underworld a unos pasos, podía bajar y pedir prestada una de las sumisas de Marco, que estaría encantada de satisfacerme de las formas que me apetecieran. También podía irme, atravesar la discoteca otra vez, tomar mi auto e intentar fingir que nada pasaba, pero… Levanté otra vez la mirada, miserablemente incapaz de mantener los ojos lejos de ella. Había tantas mujeres bailando, muchas de ellas con cuerpos exuberantes, que podrían acceder a mis deseos, pero solo la miré a ella, atraído irremediablemente por esa belleza tierna y virginal que era la tentación hecha carne. La miré, oculto ente las sombras del corto pasillo que daba al Underworld, como un depredador que se relame las fauces, hambriento y ansioso por cazar a su pequeña y deliciosa presa. Bailaba y lo hacía de una forma tan hipnotizante que no pude luchar más. Movía su cuerpo sensualmente al ritmo de la música, pero más allá de bailar como lo hacían las otras mujeres, cada uno de sus movimientos se asemejaban a los de una danza de un ritual antiguo de seducción que me quitaba el aliento. ¿Qué estaba pasando por su mente mientras se movía de esa forma? No lo sabía, pero sí sabía lo que pasaba por la mía. Quería ser yo el que estaba pegado a su cuerpo. Quería rodear su cintura con mis manos y sentir el roce de su cuerpo sobre el mío. Quería sentir su calor y el aroma de su piel. Quería hundir mi boca en su cuello y recorrer su piel con mis dedos, tocarla, apretar su carne, devorarla y disfrutarla hasta que… —Hola, Charles…, ¿qué haces aquí tan solo? —la voz decadente, como de una felina, que me habló, me sacó de mi morbosa fantasía. No sabía qué me jodía más, si su presencia o haber sido tan hijo de puta para darle rienda suelta a mi depravación. Aparté la mirada de la señorita Di Battista y miré a la mujer que me había hablado, con un vestido rojo que apenas le cubría el cuerpo. —Sigue tu camino —dije, con el peor de mis tonos agrios. Estaba malditamente excitado y ferozmente molesto conmigo mismo, y eso me hacía estarlo con todo el mundo. —¿Vas a bajar esta noche, Charles? —preguntó, ignorando por completo mi desdén y acercándose peligrosamente a mí. Sentí su mano acariciar mi antebrazo de forma seductora—. ¿No quisieras bajar conmigo? —su ronroneo sugerente terminó de colmarme. —¡No me toques! —gruñí y aparté mi brazo bruscamente—. No es tu asunto si bajo o no, y si lo hago, no será contigo. Una pequeña y molesta risita salió de los labios de la mujer y luego ronroneó como toda una gata, mientras se acercaba aún más. Si algo me disgustaba era una mujer terca e insistente que no entiende cuando se le dice que no. —Me excita cuando te pones brusco —dijo, tan cerca que podía respirar su aliento a vodka y melocotón, dulce y embriagante, perfecto para enloquecer de deseo a cualquiera, pero cuando yo despreciaba a una mujer, no había forma de hacerme caer con juegos—. Me pone caliente pensar en la forma en que podrías someterme, en que podrías follarme… —La única forma en que podría follarte sería que no quedara una sola neurona en mi cabeza —escupí, mirándola con todo el desprecio que merecía una mujer de su calaña. Sus ojos no pudieron ocultar que mi rechazo hería su ego, pero no me importó, ya la había despreciado innumerables veces y era su culpa si buscaba más—. ¡Aparta, zorra! Todavía apestas al último imbécil que te folló… Otra risa salió de su boca, pero era una fingida que pretendía ocultar lo mucho que la había ofendido. Levantó la mano y deslizó sus dedos por mi pecho, por encima de la camisa, sin apartar sus ojos de los míos, manteniendo esa mirada seductora que buscaba despertar el deseo en mí. Yo tampoco aparté los míos, ni reduje el desprecio que brotaba de ellos. —Sé que en el fondo desearías haber sido tú ese imbécil —dijo, tan segura de sí misma que me hirvió la sangre—. Sé que te mueres por follarme, pero eres tan orgulloso que no puedes aceptarlo. Tienes suerte de que me gusten tanto los hombres con tu carácter… Piénsalo, estoy segura de que a Marco ya no le importaría… Estuve a punto de escupir a sus pies. ¿Cómo se atrevía a mencionar a Marco? Agarré su muñeca, alejando su caricia de mi pecho, y la apreté sin miramientos, clavando mis dedos en su delicada piel. —Marco está abajo —le informé—. Estoy seguro de que haría que te echen a la calle si te atreves a bajar. —Marco es un perdedor —se burló—. No se parece a ti… —Tienes razón... —solté su mano con un gesto de asco y ella retrocedió un paso—, yo no me follo a zorras embusteras… Su risa esa vez resonó en el pasillo, por encima de la música. —Creo recordar que en algún momento no pensaste lo mismo, Charles —dijo con diversión, haciendo un mohín y mirándome como la arpía que era—. ¿Quieres que te lo recuerde? —Vete y no me molestes —gruñí. Ya había tenido suficiente por un día. Aparté la mirada para ignorar su presencia y tal vez así me dejaba en paz, pero al ver otra vez hacia la pista de baile y buscar instintivamente a la señorita Di Battista, vi el momento exacto en que un idiota empujaba al chico que estaba con ella y este apenas pudo evitar caerle encima. Antes de que ella comprendiera lo que estaba pasando, él se volteó y le soltó un derechazo respetable en la quijada al imbécil y la pelea se desató. Ella debía apartarse antes de que… Di un paso hacia afuera las sombras, pero la maldición que soltó la mujer que aún seguía frente a mí, me hizo olvidar mi intención absurda de meterme en el asunto. —Nos vemos, Charles. Ya sabes, cuando quieras… —dijo, y empezó a caminar hacia la pista. —Olvídalo, Berenice —dije entre dientes. La vi irse con su caminar pausado y elegante de mujer seductora y recordé que ella también era una Di Battista, que era la sobrina de Gustav y, por lo tanto, prima de mi alumna de piano. ¿Qué había sido de ella? Por más que lo intenté, ya no podía encontrarla entre el alboroto. Molesto conmigo por estar interesado en ella otra vez, me di la vuelta y caminé la corta distancia que había hasta la puerta blindada que daba al Underworld. Los dos guardias se hicieron a un lado y uno de ellos tecleó la clave que daba acceso. —Bienvenido, Astaroth —saludó, conociendo mi identidad perfectamente. Respondí con un respetuoso asentimiento, la puerta se abrió y yo bajé el primer escalón. La puerta se cerró a mis espaldas de inmediato y las luces rojizas que iluminaban los escalones se encendieron para darme la bienvenida. Olía a sexo y mientras la música del exterior se iba apagando con cada escalón que descendía, los gemidos se hacían audibles. Era como el infierno, pero sin llamas y sin lamentos, donde los demonios y los condenados disfrutaban del desenfreno y del placer sin límites. Yo estaba ahí para desatar mis instintos, para obtener placer sin restricciones, pero esa noche, sobre todo, estaba ahí para deshacerme de los pensamientos que tenía de la señorita Di Battista, a como diera lugar. Tenía que hacerlo antes de que tuviera que verla de nuevo en nuestra próxima clase.
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