Capítulo 6

2441 Words
No pude ver el rostro de mi madre cuando llegué a casa el día después y me preguntó cómo había estado la pijamada. Le contesté escuetamente y luego subí a mi habitación a lidiar con la culpa. Sentía que cualquiera podía ver la mentira en mi cara y que la verdad de todo lo que había hecho estaba escrita en mi piel. Había pisoteado los principios y las enseñanzas de mi familia y con ello había traicionado a mis padres. Me había escapado de la casa de mis tíos, había ido a una discoteca, bebido alcohol y bailado con un desconocido, y si no hubiese sido arrastrada lejos por Berenice, habría estado en medio de una pelea. Y después, cuando las tres habíamos estado en casa sin que nadie se diera cuenta, apagamos las luces y nos metimos a la cama, cerré los ojos y fantaseé una vez más con Charles. Me desnudaba, me tocaba y me hacía el amor, mientras yo acariciaba mi cuerpo en silencio, debajo de mis cobijas, pero aun con la presencia de mis primas en la habitación. Había cometido tantos pecados en una sola noche. ¿Qué clase de hija era? ¿Qué tan decepcionado estaría mi Padre Celestial? ¿Estaría furioso? ¿Podría obtener el perdón o no habría forma de redimirme ni de evitar un castigo divino? Me sentía angustiada por ese pensamiento, por la culpa y por la innegable verdad de que volvería a hacerlo sin dudar, por eso me adelanté a la iglesia ese día. Siempre que fuera a la iglesia, no necesitaba excusas ni explicaciones para salir y hacía sentir orgullosos a mis padres. Cuando entré aún estaba vacía, pero completamente iluminada y lista para la misa. Nada tenía que ver con el humilde pesebre del Niño Jesús, nuestra iglesia era una de las más grandes y opulentas de la ciudad, donde asistían las familias más ricas de la zona, algunas celebridades, famosos y personalidades de la alta política. Muchos asistían por apariencias, pero también teníamos una comunidad de feligreses realmente allegados. Caminé por el iluminado pasillo del centro, entre las barnizadas bancas de roble y los santos y vírgenes que me miraban desde las orillas, directo a los pies de Cristo crucificado, y me arrodillé. ¿Qué pediría cualquier otra chica de mi edad? Tal vez que la admitieran en la universidad, el novio de sus sueños o algún capricho banal. ¿Qué podía pedir yo? ¿Que Charles se fijara en mí? ¿Que mis fantasías con él se hicieran realidad? No. Lo único que podía pedir era perdón y que Dios tuviera piedad de mí. Era una pecadora, y lo peor, una pecadora que no quería arrepentirse. Empecé a rezar, enumerando todos y cada uno de mis pecados, reconociéndolos, sabiendo que mi Padre lo había visto todo. Él me había otorgado el milagro de la vida con un propósito, pero yo era demasiado débil para cumplir su voluntad. Empecé a pedir perdón en silencio por todo lo que había hecho, tal y como mi madre me había enseñado desde que era pequeña, pero me detuve, incapaz de seguir con algo que no era sincero, apreté los párpados y empecé una súplica distinta, una que me salió desde el fondo de mí. Pedí una sola oportunidad para tener aquello que deseaba, aun sabiendo que era pecado. Lo olvidaría todo y entregaría mi vida a Dios despojándome de cualquier otro deseo, pero antes quería conocer en carne propia lo que era el placer junto al hombre que mi corazón quería. Tendría una vida después de ello para servir a su palabra y hacer su voluntad. Supliqué, recé y, presintiendo que mi oración había sido una blasfemia mucho peor que mis actos, me levanté, con mucha más culpa. Al girarme, vi que varios de los hermanos habían llegado, algunos con sus familias y otros solos. En la entrada se empezaba a ver el movimiento de la gente que estaba llegando y quizás por ahí estaban mis padres. —Hermana Cecilia —por mi izquierda apareció el hermano Isaac Duncan, uno de los miembros más activos de nuestra parroquia y un gran amigo de mis padres. Era rico gracias a una herencia familiar y dedicaba su vida casi enteramente a la iglesia. Era la mano derecha de nuestro sacerdote y un gran conocedor de la palabra de Dios, lo que hacía que la gente lo admirara. Tenía más o menos la edad de mi padre, estaba viudo y sus hijos vivían en el extranjero. —Buenos días, hermano Isaac —lo saludé con respeto. Se acercó a mí con una sonrisa en los labios y con una biblia en sus manos. —La vi rezando, hermana, se veía como un ángel —dijo, me tendió su mano y le correspondí el saludo, forzando una sonrisa con la boca apretada. Si supiera cuál había sido mi súplica, no pensaría lo mismo—. Muy hermosa —completó, haciendo un énfasis que me resultó inapropiado. Se quedó con mi mano y empezó a deslizar el pulgar sobre el dorso. —Gracias —contesté e intenté soltarme, porque su tacto me incomodó. Sin embargo, mantuvo mi mano agarrada y la sonrisa en los labios. —Me dijo la hermana Carol que ahora que tiene más tiempo podrá incorporarse de lleno en las actividades de la iglesia —continuó hablando. El gesto de mi cara se tensó. Solo quería apartarme y que soltara mi mano. —Tengo clases de piano, de latín y otras cosas que hacer —le respondí a pesar de todo—. Pero vendré a todas las actividades que pueda… —¡Excelente! —exclamó, ensanchando la sonrisa—. Será un deleite verla por aquí más seguido. ¿Se quedará para la reunión de jóvenes de esta tarde? Su pulgar seguía acariciando mi piel y yo no era capaz de soltarme. ¿Mi incomodidad era infundada y el hermano Isaac solo estaba siendo amable? No estaba segura, pero no me gustaba que estuviera tan cerca. —Esta tarde tengo clases de piano —le dije la verdad. Por nada del mundo me perdería de ver a Charles—. Pero vendré entre semana. —Perfecto. Usted será el mejor ejemplo para los chicos, estoy seguro —dijo, se acercó unos centímetros más, dejando apenas espacio entre nosotros. Me quedé paralizada, con los pies pegados al suelo, sin poder moverme para retroceder y alejarme—. La llamaré, hermana. Estaré encantado de ser su guía espiritual… —Gra-gracias —tartamudeé. No había pedido algo como eso, pero fui incapaz de negarme, además, el hermano Isaac tenía fama de ser un excelente consejero y yo solo estaba siendo exagerada al sentirme incómoda. —Hermano, Isaac —giré la cabeza al escuchar la voz de mi padre y los vi, a él y a mi madre, que venían hacia nosotros con una sonrisa. Fue hasta ese momento que sentí que mi mano se liberaba y no dudé en apartarla. Mis padres se acercaron y fui consciente de que el hermano Isaac retrocedió un paso. Yo también retrocedí y luego mi padre rodeó mi hombro con su brazo. —Le decía a la hermana Cecilia que estaré encantado de ser su guía espiritual en esta etapa de su vida —comentó a mis padres. —¡Eso es fantástico, Cecilia! —dijo mi madre, entusiasmada—. Una excelente idea —luego lo miró a él—. Nuestra casa está abierta cuando quiera visitar a nuestra hija —concedió y yo deseé que no lo hiciera nunca. *** Toda una semana había pasado desde que tuvimos la primera clase, una semana en la que todo intento de sacarla de mi cabeza había sido inútil. Esa tarde Gustav y su esposa no me recibieron, ni hubo ningún tipo de protocolo de bienvenida más que el de la empleada que me llevó hasta el salón del piano. Ni siquiera sabía qué mierda estaba haciendo ahí. Debí haber renunciado a ese asunto desde el primer día, pero me había comprometido a hacerlo y faltar a mi palabra era algo que no me gustaba hacer. Seguía molesto conmigo mismo y encima ella tuvo el descaro de no estar en su sitio cuando pasé la mirada por la inmaculada habitación. Eso me ponía de peor humor. ¿Qué se creía? ¿Que yo estaba ahí para perder mi tiempo? La idea de irme y decirle a Gustav que su hija no había asistido a la clase, para poder zafarme, se me cruzó por la mente, pero al voltearme hacia la entrada, la vi aparecer, agitada, con las mejillas rojas y el pecho subiendo y bajando por sus aceleradas respiraciones. Del atrevido atuendo que llevaba la otra noche en la discoteca, no había nada. Llevaba un vestido color blanco, suelto y ligero, apenas por encima de la rodilla, con un suéter púrpura desabotonado. Su presencia en la discoteca la otra noche me causó más curiosidad. Esa chica que estaba frente a mí, era la que tocaba villancicos y no la que usaba labial rojo y minifalda. Era un cambio demasiado drástico para no ser curioso. Levanté la mirada a su rostro, más allá de sus mejillas sonrojadas y me topé con sus ojos. Todo el esfuerzo que había hecho para intentar sacarme de la cabeza las fantasías que había creado de ella, se fue a la mierda. No era que algo de todo eso hubiera funcionado, pero al ver sus ojos brillantes y sus pupilas dilatadas, mirándome como si… como si sintiera deseo por mí… ¡No, joder! ¡No podía ser! Todo era producto de mi perversa imaginación… La vi separar los labios lentamente, a punto de hablar, ya que yo me había quedado callado, mirándola, pero aparté la mirada y endurecí el gesto, el doble o el triple de molesto que toda la semana. —Siéntese y toque lo que practicó esta semana —le ordené y me aparté del camino. Con el rabillo del ojo la vi titubear, pero luego avanzó con pasos acelerados y se sentó en el banquillo, frente al piano. Cuando me dio la espalda, mis ojos la vieron otra vez sin que pudiera evtarlo. Se sentó con la espalda recta, en una postura perfecta que realzaba su esbelta figura; se había sujetado el cabello en una coleta que le llegaba a media espalda. Observé su cuello, largo y terso, y mis fosas nasales se dilataron al pensar… ¿qué aroma tendría…? —No-no me acuerdo… —la escuché musitar y mi maldito desvarío se detuvo. ¿Qué mierda me estaba pasando con esa chiquilla? ¡Un momento! —¿Qué? —inquirí en un tono tenso y agrio a partes iguales. —No recuerdo cómo iba… —habló, más fuerte y con los dedos estáticos sobre las teclas. ¿Que no recordaba? ¿No había practicado ni una sola vez en toda la semana? —¿Es en serio? —cuestioné. Estaba tan indignado que de verdad no podía creerlo—. ¿Es una broma? Me acerqué y ella giró su torso para encontrarse con mi mirada. Estaba roja y completamente avergonzada, pero no había forma de que pudiera excusarse. —Yo… —empezó, pero se quedó callada cuando endurecí más el gesto. Apreté los labios, sin poder ocultar lo mucho que me ofendía. —¿Usted cree que estoy aquí para perder mi tiempo? —cuestioné. —Lo sé…, lo siento. Yo… en realidad no tuve tiempo… Mi párpado izquierdo sufrió un tic nervioso cuando torcí el gesto y reprimí un bufido de indignación con todo mi esfuerzo. En cambio, dejé salir un suspiro para bajar la tensión, me acerqué un poco más y toqué la pequeña melodía que le había dejado de tarea. Al menos prestó la atención necesaria, observando el movimiento de mis dedos y repetí varias veces hasta que se lo grabara. —Inténtelo —le ordené cuando creí que era suficiente. Lo hizo, aunque no de forma perfecta, pero lo hizo. —Lo siento mucho, Charles, de verdad… —habló, como si fuera necesario que lo hiciera y lo peor de todo fue que intentó excusarse otra vez. —No, no es verdad —escupí sin poder evitarlo, mientras ella repetía la melodía—. No necesita dar explicaciones, señorita Di Battista, tampoco necesita mentir —sus dedos se quedaron paralizados en las teclas y me miró, consternada por mis palabras—. No fue por falta de tiempo que no practicó, porque me parece que tuvo el suficiente para ir a la discoteca con su novio… Sus labios se separaron cuando tomó una bocanada de aire y sus ojos se abrieron desmesuradamente al escuchar mis últimas palabras. No sabía ni por qué le había revelado que la vi esa noche, pero cada una de mis palabras estaban cargadas de toda la frustración que ella me había hecho sentir durante toda la semana, aunque no fuera su culpa. —Eras tú… —musitó. Parecía que saberlo era más importante que todo lo que le había dicho y eso me hizo fruncir el ceño, contrariado. —¿Y eso qué importa? —cuestioné con soberbia—. No ponga excusas cuando ambos sabemos que son patrañas… —luego clavé una mirada atroz en sus ojos, en forma de advertencia—; que le quede claro que no soy una persona a la que se le puede hacer perder el tiempo. Tragó saliva y por un pequeño instante creí que había logrado intimidarla, pero me hizo saber lo contrario cuando elevó la barbilla y se puso de pie, con la mirada embravecida. —¿Le caigo mal, señor Allen? —cuestionó, parada entre el banquillo y mi cuerpo, tan pegada a mí que escuché sus respiraciones. No era muy alta, pero tampoco bajita, y su boca curvada por una mueca caprichosa, quedó tentadoramente cerca de mí. Su pregunta me dejó en jaque y me quedé ahí, parado como un idiota, con cada uno de mis poros respondiendo a su cercanía, como si de un imán se tratase. Recordaba la estrechez de su cintura y podía rodearla con mi mano si es que… Tomé una respiración profunda, intentando controlarme, pero fue un error, porque a mí llegó un suave olor a rosas y a melón, unido a un delicado aroma como a… No estaba seguro, pero parecía el aroma perfecto para describir el cielo, o a un ángel, y luego, entre todo aquello, distinguí el inconfundible y embriagante aroma de la excitación de una mujer. Olía deliciosamente a sexo y el demonio lujurioso que habitaba en mí, rugió de deseo.
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