Capítulo — La viuda del rescatista A la semana de la tragedia, cuando el mar seguía guardando un silencio que dolía más que cualquier grito, los noticieros instalaron un apodo que caía sobre el pecho como un peso húmedo, como un ramo de flores marchitas olvidado sobre una tumba: “la viuda del rescatista”. Las cámaras se asomaban por las esquinas del barrio como gaviotas oportunistas, husmeando el dolor ajeno con la crudeza de quienes no conocen límites, esperando un gesto de derrumbe que pudieran convertir en titular. Los vecinos cerraban cortinas, murmuraban detrás de las rejas, se persignaban como si la tragedia fuera contagiosa. En todos los canales repetían lo mismo, una y otra vez, con esa frialdad que solo tiene la información vacía de humanidad: no había señales de Thomas ni de

