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El Nuevo Amor de mi Esposa

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Blurb

Sinopsis Ella soñaba con salvar vidas… pero jamás imaginó que la suya sería rescatada por el amor.Erika Navarro tenía sólo diecinueve años cuando conoció a Thomas Guzmán , el rescatista naval de treinta y dos años que convirtió una simple marea en pasión.Él le juró volver siempre, con el mar como testigo.Se casaron en secreto, entre promesas y uniformes, sin imaginar que la tragedia ya los observaba desde la orilla.Una tormenta, un vuelo sin regreso… y una trampa sellaron su destino.El mar no devolvió un cuerpo, solo una ausencia.Y en medio del dolor, una nueva vida crecía dentro de ella.Sola, repudiada por su suegra Cristina Guzmán , que la culpa de la muerte de su hijo, Erika sobrevive entre turnos en el hospital y noches sin esperanza.Hasta que aparece el Capitán Matias Torres, amigo de Thomas, un hombre que le debía la vida al héroe.Matias carga su propia culpa.Aún en rehabilitación por la lesión que lo dejó sin movilidad en una pierna, recibe la noticia de la muerte de su amigo… y el deber se convierte en refugio.Él la ayuda a reconstruir su mundo, a criar a su hijo, a volver a reír pese al duelo.Pasan los años. Entre ellos florece un amor sereno, prohibido por la memoria del ausente, nacido del naufragio.Pero justo cuando la calma parece alcanzarlos, el mar devuelve lo que se había tragado:Thomas ha sobrevivido.Ese regreso lo cambia todo.Trae un secreto que no se anima a revelar.Lo acompaña la doctora que lo ayudó a recuperarse de sus graves lesiones, aunque aún no está entero. Sus recuerdos siguen rotos, fragmentados por la amnesia.Y detrás de su desaparición, una verdad más oscura emerge: no fue el mar quien los separó, sino su propia madre.Ahora Erika deberá elegir entre el pasado que la marcó y el presente que la salvó.Entre las promesas de quien la perdió… y los brazos de quien la esperó.Porque a veces, el verdadero amor no es el que te rescata del mar…sino el que te enseña a respirar bajo él.

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1—El Nuevo Amor de mi Esposa
Prólogo El viento golpeaba con violencia esa tarde. El faro crujía como un gigante cansado y el aire traía olor a metal, sal y presagio. Las nubes se juntaban sobre el muelle del puerto, grises y pesadas, cargadas de una sombra que oscurecía el atardecer más de lo habitual. Parecía que el cielo quería advertir algo, aunque nadie supiera qué. Erika apoyó la frente en el vidrio empañado de la ventana, observando las luces del puerto temblar con cada ráfaga. Esperaba escuchar el motor del jeep que cada tarde traía de regreso a Thomas. Era un sonido que conocía mejor que su propio nombre. Sabía que cada misión era peligrosa, pero también sabía —o necesitaba creer— que él siempre volvería. La radio seguía encendida sobre la mesa. Thomas nunca la apagaba, decía que era su manera de sentir el pulso del mar, y ella la dejaba en volumen bajo, como si esa frecuencia pudiera mantenerlo aún dentro de la casa. El silencio se rompió de golpe con una voz metálica y urgente: > “Base Naval Central informa: el equipo de rescate número siete desapareció en acción durante la tormenta. Búsqueda en curso. Los tripulantes del helicóptero no han sido hallados.” La taza se le cayó de las manos. El agua caliente le mojó los pies, la cerámica estalló en el piso, pero Erika no sintió nada. Solo escuchó el rugido del mar en sus oídos, como si su propio corazón se hubiera detenido. Corrió hacia la costa. El muelle estaba vacío. Las casetas cerradas, las gaviotas dispersas, los faroles vibrando con el viento. Cuando llegó, varios hombres que la conocían desviaron la mirada. Nadie se animó a decirle lo que ella ya entendía sin palabras. Horas más tarde, en la oficina del puerto, el comandante sostuvo un papel sin levantar los ojos. —No hubo sobrevivientes, señora Guzmán. Señora. Esa palabra la atravesó como un golpe. Era la esposa de un hombre que ya no volvería. Era señora de un fantasma. Tres días después, cuando el silencio ya se había acomodado en cada rincón de la casa y las visitas dejaron de tocar la puerta, un recuerdo se filtró entre las cortinas como un rayo tímido. Su boda. Un mediodía sencillo en el juzgado frente a la base naval. Ella con un vestido blanco sin pretensiones; él con el uniforme impecable y un ramo de margaritas escondido detrás de la espalda. Thomas le tomó la mano sonriendo. —Nada de lujos. Solo vos y yo. Y mi palabra: siempre voy a volver, amor. Erika temblaba. Tenía diecinueve y estaba enamorada con toda la fuerza de una vida que recién empezaba. El juez leyó rápido, ellos firmaron, y Thomas la besó con una suavidad que la dejó sin aire. Al salir, el viento jugaba con su vestido como si fuera espuma. Camino a la base, él rió y prometió: —Si alguna vez el mar te roba algo, te lo devuelve multiplicado. Esa frase quedó tatuada en su alma como una promesa eterna. El mar, sin embargo, no devolvió nada. Pasaron tres meses. Funerales sin cuerpo, uniformes doblados, condolencias que sonaban vacías. El informe final llegó en un sobre sellado: > Declarado oficialmente fallecido en servicio. Esa noche, Erika encendió la radio una vez más, como si pudiera escuchar su voz. Afuera, el mar rugía con furia humana. Las olas golpeaban contra las piedras como si quisieran derribarlo todo. Entre lágrimas, sintió algo nuevo mezclado con la tristeza: enojo. Thomas se había ido demasiado pronto. Ninguna promesa se había cumplido. Apoyó las manos sobre su vientre apenas abultado. —Si no volviste vos, al menos vive lo que hicimos juntos —susurró. Al amanecer, un oficial tocó la puerta. Traía una caja metálica con el nombre de Thomas Guzmán grabado. Dentro había una brújula, una foto doblada y algunos objetos personales. Nada que hablara de ellos dos. En la imagen, Thomas sonreía junto a un hombre alto, de ojos claros, también en uniforme naval. Al reverso, un nombre y una firma segura: Capitán Matias Torres. Erika lo observó sin entender por qué aquel rostro desconocido parecía querer abrirle una puerta nueva en medio de tanta oscuridad. El viento volvió a soplar con fuerza. Las cortinas se inflaron como velas a punto de zarpar. El mar golpeó contra las piedras como si quisiera traer algo de regreso. Ella no lo sabía todavía, pero su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Capítulo 1— El adiós al pueblo El abrazo de su padre fue lo que la sostuvo cuando el alma quiso quebrarse. No había música en la terminal, solo el sonido del motor del ómnibus que esperaba con impaciencia a los que se atrevían a dejar algo atrás. —No te olvides de dónde venís, hija —dijo él, con la voz algo ronca, la mirada perdida en los zapatos para no mostrar que también lloraba—. No todos los días uno deja ir lo mejor que tiene. Erika tragó saliva. Su padre, aquel hombre de manos curtidas y espalda encorvada por años de trabajo en la cantera, siempre había sido el más fuerte de la casa. Verlo temblar le dolía más que partir. Su madre, en cambio, no intentó disimular las lágrimas. Le tomó la cara con ambas manos, como cuando era niña, y le besó la frente con ternura. —Prométeme que vas a escribirnos, ¿sí? Que no vas a olvidar que todo lo que somos te acompaña allá donde vas. —Lo prometo, mamá —dijo Erika, y la palabra le quedó temblando entre los labios. Tenía apenas diecinueve años y una maleta prestada. Dentro, más sueños que ropa, más esperanza que certezas. Su cabello rubio se encendía con las luces del amanecer, y sus ojos color caramelo guardaban ese brillo que solo tienen quienes aún creen que todo es posible. Era delgada, de figura menuda, piel clara como la harina que su madre usaba cada mañana para hacer el pan que vendía en el barrio. Pesaba cincuenta y cinco kilos de ilusión, ganas y un poco de miedo. Sus padres la miraban como quien mira un milagro hecho esfuerzo. No eran ricos, ni siquiera cómodos: su padre llevaba décadas levantándose antes del sol para trabajar en la cantera, y su madre cosía ropa por encargo y horneaba bizcochos para los vecinos. Juntaron peso por peso, año tras año, para que ella pudiera estudiar después del liceo. El sueño original era verla convertida en doctora, pero el dinero apenas alcanzó para que ingresara a la escuela de enfermería. —No importa —les había dicho Erika, sin perder la sonrisa—. Por algo se empieza. Primero enfermera, después doctora. Ustedes verán que lo voy a lograr. Aquel pensamiento la acompañaba ahora, mientras subía los escalones del ómnibus. El aire olía a despedida, a polvo y café recién hecho en el quiosco de la esquina. El pueblo todavía dormía, con sus calles angostas y sus casas bajas de techos de chapa. Desde la ventana, vio a su padre levantar una mano en señal de adiós, y a su madre quedarse quieta, con los ojos rojos y una plegaria muda en los labios. El vehículo arrancó con un rugido suave. Erika apoyó la frente en el vidrio empañado, mirando cómo los árboles se convertían en sombras que corrían hacia atrás. El corazón le pesaba, pero algo dentro de ella latía con fuerza: una voz que decía “vas a poder, vas a lograrlo, no les vas a fallar”. Había esperado ese día desde que tenía memoria. No por ansias de escapar, sino por ganas de volar. Pensó en las noches en que su padre se quedaba contando monedas sobre la mesa, en el silencio resignado de su madre cuando debía elegir entre pagar la luz o comprarle los libros. Pensó en las veces que ella misma había querido dejar los estudios para trabajar, y en cómo ellos, tercos de amor, le decían que no. “Tu futuro vale más que cualquier jornal”, le repetía su madre. Y ahora ese futuro la esperaba a cuatro horas de viaje, en una ciudad portuaria que seguro olía a sal y promesas. El sol comenzaba a trepar por el horizonte, tiñendo los campos. Las vacas pastaban junto a los alambrados, ajenas a la vida que seguía su curso más allá del polvo. Erika cerró los ojos un instante y se permitió imaginarlo: el hospital, los uniformes blancos, las luces, el murmullo de las enfermeras que ya eran parte del mundo que anhelaba. El ómnibus frenó en la curva del cerro, la última desde donde aún podía verse su pueblo. Erika giró la cabeza. Allí estaban los techos de zinc, la torre de la iglesia, el humo que salía de la panadería. Todo parecía diminuto, lejano. Sintió un nudo en la garganta, pero no lloró. No quería que el primer paso hacia su sueño fuera con lágrimas. Prefirió sonreír, aun con los ojos nublados. —Gracias por todo, papá… mamá —susurró, sabiendo que no podían oírla. El viaje continuó. A cada kilómetro, el paisaje cambiaba: los campos verdes se transformaban en avenidas, los pájaros en bocinas, el aire fresco en brisa salada. La ciudad la recibió con un bullicio que la asustó y le fascinó a la vez. Gente que corría, autos, olor a puerto y a pan caliente. Sintió que su corazón se aceleraba, no de miedo, sino de vértigo. Estaba sola, sí, pero también estaba viva. Y eso bastaba. Apretó contra el pecho una pequeña medalla que su madre le había colgado antes de subir al ómnibus: una Virgen de los Treinta y Tres, brillante y gastada por los años. —Para que te cuide —le había dicho. Erika la besó suavemente, cerró los ojos y respiró hondo. La ciudad podía ser dura, pero ella había heredado la terquedad del padre y la fe de la madre. Sabía que habría días de cansancio, guardias eternas, tal vez hambre o soledad. Pero también sabía que no se rendiría. Quería que algún día, cuando regresara, sus padres pudieran decir: “Nuestra hija cumplió su promesa.” El mar se asomó por la ventanilla como un espejismo azul. El sol ya estaba alto, reflejándose en las olas como monedas de oro. Erika sonrió. El miedo seguía allí, escondido en el pecho, pero ahora tenía otro nombre: esperanza. Y mientras el ómnibus se perdía entre los ruidos de la ciudad, pensó que quizá el mar también podía ser un comienzo.

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