2— El Naufragio

1711 Words
Capítulo 2— El Naufragio La residencia universitaria olía a pintura nueva y nervios. Las paredes, parecían escuchar las risas de las chicas que llegaban con sus valijas, sus sueños y un perfume de juventud que llenaba los pasillos. Erika colgó su bata blanca —todavía sin arrugas, todavía con la esperanza intacta— en el pequeño armario de metal. El cuarto tenía apenas lo justo: una cama angosta, un escritorio que crujía al tocarlo, y una ventana que dejaba entrar el sonido de las gaviotas. Era su nuevo mundo. Las otras chicas hablaban sin parar. Una contaba que quería ser pediatra, otra que soñaba con trabajar en emergencias. Reían, hacían planes de playa, hablaban de amores de verano y exámenes que parecían imposibles. Erika las escuchaba desde su rincón, con esa mezcla de timidez y asombro de quien aún no se acostumbra al ruido después de venir del silencio. No conocía a nadie. Pero tenía algo que la sostenía: la voz de su madre diciéndole “No tengas miedo, hija. Todo comienzo se siente como un salto, pero es el salto el que te enseña a volar.” Esa noche, incapaz de dormir, se levantó. Todo estaba en silencio, apenas el murmullo del viento contra las ventanas. Se puso un abrigo liviano, el mismo que había usado para el viaje, y salió. Las calles estaban húmedas. La lluvia había pasado, pero el aire seguía oliendo a tormenta. El mar rugía a lo lejos, profundo, eterno, como un animal que no descansa nunca. Erika caminó hasta la costa sin pensarlo demasiado. No conocía el camino, pero sus pies la guiaron por instinto, como si el mar la estuviera llamando. Al llegar, el viento la golpeó con fuerza. Le despeinó el cabello, le llenó los ojos de lágrimas saladas que no eran del todo suyas. El cielo estaba cubierto, y en el horizonte se veía una patrulla de rescate surcando la oscuridad. Luces rojas y amarillas cortaban la neblina. El bote se movía con precisión entre las olas furiosas. Eran hombres luchando contra el mar: una danza entre el deber y el peligro. Erika se quedó observando, fascinada. No sabía por qué, pero algo en esa escena le apretó el pecho. Había algo más que fuerza en aquel grupo de hombres: había propósito, una entrega que reconoció como propia. Entre ellos, uno destacaba. No por el uniforme ni por el tamaño, sino por la forma en que daba órdenes. Tenía la voz firme, el cuerpo en tensión, la mirada fija incluso en la oscuridad. Los demás lo seguían sin dudar, y él parecía conocer cada movimiento de las olas. No sabía su nombre todavía, pero algo en esa figura quedó grabado en su mente como un presagio, una chispa que no sabía si era miedo o destino. El bote desapareció entre la lluvia y la espuma. Erika respiró hondo. Sintió que acababa de presenciar algo importante, aunque no supiera por qué. El viento sopló más fuerte, obligándola a cubrirse. Cuando volvió , la ciudad dormía y solo las luces del puerto seguían encendidas, parpadeando como ojos que nunca descansan. Dejó los zapatos junto a la cama, se metió bajo las sábanas frías y cerró los ojos. El sonido del mar seguía ahí, golpeando contra su pecho como si intentara recordar algo. Y, sin quererlo, mientras el sueño la vencía, vio otra vez esa silueta entre la lluvia: el hombre del bote, la voz del mando, el reflejo del futuro que aún no sabía que la estaba mirando. El tercer día de clases amaneció con un sol insolente, de esos que hacen creer que nada malo puede pasar. Las chicas en la residencia estaban eufóricas: la excursión al mar era la primera salida oficial del curso. Risas, protector solar, fotos, promesas de no mojarse demasiado. Erika se dejó contagiar por la alegría, aunque su corazón latía con un temblor distinto, como si algo en el aire anunciara que el destino estaba a punto de moverse. Se recogió el cabello en una trenza apretada, se puso la remera blanca del uniforme y el pantalón corto del instituto. En la mochila guardó su cuaderno de apuntes, una toalla y se colocó la medalla que su madre le había dado. No sabía por qué, pero sintió la necesidad de que debía llevarla. El muelle estaba repleto de voces y murmullos. El barco universitario, pequeño y brillante bajo el sol, los esperaba meciéndose sobre el agua. El capitán dio las indicaciones con tono rutinario: chalecos, normas, precauciones. Erika escuchaba con atención, aunque parte de su mente se perdía en el horizonte. El mar era tan inmenso que parecía tragarse el cielo. Cuando zarparon, la emoción fue general. Las olas eran suaves, y el viento olía a aventura. Las chicas sacaban fotos, los profesores reían, y el sonido de las gaviotas parecía una banda sonora de juventud. Pero el mar tiene humor propio. Al principio fue solo un cambio sutil en el aire. Un viento frío que llegó sin aviso, un murmullo diferente en la superficie del agua. Luego, una nube gris apareció en el límite del horizonte. Nadie le dio importancia… hasta que el barco se sacudió. —Debe ser una ola más fuerte —dijo alguien, intentando mantener la calma. Pero las olas siguieron creciendo, el cielo se oscureció mas, y el aire se llenó de ese olor metálico que precede a la tormenta. El capitán gritó órdenes. Los profesores intentaban mantener a todos sentados, pero el miedo es más rápido que la razón. Una ola gigantesca chocó contra el costado y el barco se inclinó peligrosamente. —¡Agárrense! —gritó el capitán, pero ya era tarde. Erika sintió el golpe del agua helada contra el cuerpo. La mochila se le escapó, el chaleco se aflojó un poco, y el mundo se volvió un torbellino de espuma, gritos y oscuridad. Trató de nadar, de sacar la cabeza, pero la corriente la arrastró con una fuerza inhumana. El mar la golpeaba, la revolvía, le robaba el aire. Abrió la boca y solo encontró agua salada. Pensó en su madre, en su padre, en la promesa que les había hecho. No puedo morir ahora, pensó, pero el cuerpo ya no le respondía. De pronto, entre el rugido de las olas, una voz rasgó el caos. —¡Respirá! ¡Todavía estás viva! No supo de dónde venía, si era real o parte de su mente que se negaba a rendirse. Pero algo la sostuvo. Unos brazos fuertes la rodearon, la levantaron con determinación. Sintió el roce del nylon del salvavidas y el olor a sal y el ruido del motor.Sintio el aire entrar de nuevo en sus pulmones. Tosió, buscó aire, y al abrir los ojos entre luces difusas lo vio. Un rostro mojado, firme, con gotas de agua cayendo por la frente. Unos ojos que no conocía, pero que parecían haberla estado buscando desde siempre. Y una sonrisa. No una sonrisa cualquiera, sino esa mezcla de alivio y promesa que solo tiene quien logra salvar una vida. —Tranquila —dijo él, con voz ronca—. Ya estás a salvo. Soy Thomas. Thomas Guzmán. El nombre se quedó flotando entre el ruido del mar y el latido frenético de su corazón. Erika intentó hablar, pero solo le salió un hilo de voz. —¿Y… los demás? Él giró la cabeza, observando a su equipo. Otros rescatistas recogían cuerpos, algunos conscientes, otros no. —Vamos a sacarlos a todos. Te prometo que nadie se queda atrás. Esa promesa sonó más fuerte que la tormenta. El helicóptero de la guardia costera apareció minutos después, las sirenas abrieron paso entre el viento, y el bote avanzó hacia la orilla con el estruendo del motor y el pulso de la vida que se negaba a apagarse. Erika no recordaría mucho más de ese momento. Solo el calor de esos brazos que la sostenían, el eco de esa voz y el resplandor del relámpago que iluminó su rostro. Cuando despertó horas después en la enfermería del puerto, el primer pensamiento que cruzó su mente fue el mismo nombre: Thomas. La tormenta amainó al caer la tarde. El mar se tranquilizó, como si nada hubiera pasado. En la costa, Thomas Guzmán observaba el horizonte, empapado, con las manos apoyadas en las rodillas. El jefe del operativo le habló, pero él apenas escuchó. Había algo distinto en su pecho, una inquietud que no supo explicar. Había visto muchas caras en rescates. Rostros de miedo, gratitud, incluso de muerte. Pero aquella chica… tenía algo que lo desarmaba. El modo en que la miró antes de desmayarse, el temblor de sus labios intentando hablar… le habían dejado una huella que no entendía. Cuando Thomas le dio respiración boca a boca, algo lo desconcertó. No fue solo el impulso de salvarla. Fue la sensación inesperada de que, al acercarse a sus labios, en vez de entregarle aire… él era quien lo recibía. Como si esa bocanada lo llenara a él, como si algo dentro suyo despertara de golpe, reclamando vida. Fue extraño. Profundo. Una sensación que no sabía explicar. Como si, por un segundo, el mar se hubiera quedado afuera y el mundo se redujera al instante en que su boca buscó la de ella. No entendió por qué. Solo supo que algo cambió en ese preciso momento. Cuando uno de los médicos le confirmó que ella estaba fuera de peligro, Thomas asintió en silencio. No preguntó su nombre. No hacía falta. Sabía que, de algún modo, volvería a verla. Erika despertó al atardecer. El cielo tenía un tono rosado y las cortinas se movían con la brisa que venía del mar. El uniforme seco descansaba sobre una silla, y en la mesita de noche había un vaso de agua y una nota escrita con letra firme: > “Estás bien. Sos fuerte. —T.G.” Erika tocó las iniciales con la punta de los dedos. Sonrió, débilmente, mientras las lágrimas le nublaban la vista. No sabía quién era ese hombre, pero algo dentro de ella le decía que su vida acababa de cambiar para siempre. Y en el fondo del pasillo, entre el eco de pasos, una voz masculina le preguntaba a una enfermera: —¿La chica del naufragio? ¿Ya despertó?
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