Capítulo 3— El Rescatista
Despertó envuelta en un silencio extraño.
El techo blanco, las sábanas ásperas, el olor a yodo. Durante unos segundos no supo dónde estaba ni por qué su cuerpo dolía como si hubiera tenido una guerra contra el mar.
El sonido del monitor la ancló a la realidad.
Un hospital.
El hospital naval.
Afuera, el mar golpeaba las paredes como si quisiera recordar lo ocurrido, pero ya no había furia en sus olas: solo un vaivén cansado, como un animal que se retira después de rugir demasiado.
Erika giró la cabeza. La luz del mediodía se filtraba por la ventana, dibujando un reflejo sobre el suelo.
En la puerta, un hombre con uniforme oscuro la observaba en silencio. Su presencia llenaba el cuarto sin necesidad de palabras.
Tenía el cabello húmedo, los hombros anchos, la mirada fija en ella con una intensidad que parecía dolerle.
—¿Cómo te sentís? —preguntó, su voz profunda, con ese timbre que uno no olvida aunque lo escuche una sola vez.
Erika tragó saliva. El corazón le dio un salto involuntario.
Reconoció esa voz antes que el rostro: era la misma que había escuchado entre las olas, la que le había ordenado vivir.
—Gracias a usted… —murmuró—. Viva.
Thomas Guzmán bajó la mirada.
Durante un instante, pareció querer decir algo, pero se contuvo.
El deber no admite emociones.
Giró lentamente y se fue sin responder, dejando tras de sí el sonido seco de las botas sobre el piso y un perfume a sal que se quedó flotando, como un recordatorio de que no todo rescate termina en la orilla.
Desde entonces, cada vez que cerraba los ojos, Erika sentía la presión de aquellas manos sujetándola, la voz en medio del viento, el calor de una promesa que no había sido pronunciada.
Pasaron los días.
El cuerpo se recuperó más rápido que el alma.
El mar seguía rugiendo a lo lejos, y aunque los médicos le decían que el peligro había pasado, algo en ella seguía latiendo con la misma urgencia que aquel dia: la necesidad de entender por qué aquel hombre la había marcado tanto.
Decidió agradecerle.
Fue hasta la base naval una tarde luminosa, con la bata blanca bajo el brazo y el pulso apurado.
Preguntó por él en recepción.
La oficial de guardia la miró curiosa antes de señalar hacia la zona de entrenamiento.
Allí estaba.
Thomas, en medio de un grupo de hombres, dando indicaciones con la misma firmeza que aquella noche en el mar era él.
Sus movimientos eran precisos, controlados; cada palabra suya pesaba.
Cuando la vio acercarse, su gesto cambió. Una sombra le cruzó el rostro.
—Señor Guzmán —dijo Erika con un hilo de voz—, quería darle las gracias. Si no fuera por usted, no estaría aquí.
Él se quitó la gorra con una formalidad casi fría.
—No hace falta, señorita —respondió con tono seco, sin mirarla demasiado—. Solo cumplí mi deber.
Ella frunció el ceño, confundida.
—No fue solo eso —replicó, sintiendo que le dolía más de lo que debería su distancia—. Usted me salvó la vida.
Thomas apretó la mandíbula.
—Y eso debería bastar. —Dio un paso atrás, evitando su mirada—. Cuídese, Erika. No todos tienen una segunda oportunidad.
Y se marchó.
Ella se quedó allí, inmóvil, viendo cómo se alejaba.
No entendía por qué ese hombre, que le había devuelto la vida, ahora parecía huir de ella como si temiera lo que podía sentir.
Erika siguió estudiando.
La escuela de enfermería la absorbía con sus horarios y sus guardias, pero el pensamiento de él aparecía en los momentos más inesperados: en el reflejo de las ventanas del hospital, en el sonido del agua corriendo por los pasillos, en el olor del mar cuando se colaba entre las cortinas.
Le escribió a sus padres.
Les contó del susto, de la tormenta, de cómo la Virgencita de los Treinta y Tres la había protegido.
No mencionó al hombre que la había rescatado.
Porque algo en su interior le decía que esa historia no podía contarse como una simple anécdota: aún no había terminado.
Thomas, mientras tanto, hacía lo posible por olvidarla.
Pero había algo en la mirada de esa chica —esa mezcla de fragilidad y fuerza— que lo perseguía.
Había aprendido a mantener distancia de quienes salvaba. Era la primera regla no escrita de los rescatistas. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla: su cuerpo temblando en sus brazos, su respiración regresando, la vida renaciendo bajo sus manos.
Era una imagen imposible de borrar.
El destino, sin embargo, no se resigna al deber.
La ciudad portuaria era pequeña, y el mar, caprichoso, los cruzaba una y otra vez.
Se encontraron en el muelle, una tarde de prácticas médicas.
Erika estaba acompañando a un grupo de enfermeras voluntarias que asistían en revisiones de rutina para el personal naval.
Él entró con su grupo, saludó con un gesto y, al verla, se quedó quieto.
El silencio entre ellos fue más largo que cualquier saludo.
—Buenos días, suboficial —dijo ella con voz firme, aunque por dentro se le enredaba el corazón.
—Buenos días, señorita —contestó él, sin permitir que su voz mostrara lo que sentía.
Nadie notó la tensión que se dibujó entre ambos.
Pero las miradas se rozaron, y eso bastó para despertar algo que ninguno sabía cómo apagar.
Volvieron a cruzarse en la ciudad, una noche de lluvia.
Erika buscaba refugio bajo el techo de una parada, empapada, temblando.
De pronto, un jeep se detuvo.
Thomas bajó el vidrio, con el uniforme oscuro y el rostro cansado.
—Suba. Se va a enfermar.
—No quiero molestarle.
—Ya me debe una, ¿no? —dijo él, apenas sonriendo.
Y esa sonrisa, por primera vez, no dolió. Tenía una grieta en su armadura.
Ella subió.
El olor a mar y a humo de motor llenó el espacio.
Durante minutos no hablaron.
Solo el ruido del limpiaparabrisas y la lluvia cayendo sobre el techo.
Thomas la dejó frente a la residencia y se quedó mirándola mientras bajaba.
—Gracias —susurró ella, antes de cerrar la puerta.
—Cuídese, Erika —dijo él, y su voz sonó más suave, casi vulnerable.
El auto se alejó, pero el silencio que quedó entre ambos fue más elocuente que cualquier palabra.
Un día, el cielo decidió volver a probarlos.Era época de lluvias.
Otra tormenta, más furiosa, los encontró juntos bajo el mismo techo: él supervisando el protocolo de evacuación del hospital, ella ayudando a los pacientes a trasladarse.
El viento azotaba los ventanales, el agua se colaba por las rendijas, y por primera vez quedaron frente a frente, empapados, exhaustos, sin poder escapar del otro.
No dijeron nada.
Solo se miraron.
Y fue el silencio quien habló por ellos.
Entre el estruendo del trueno y el murmullo del agua, entendieron que hay encuentros que el destino escribe aunque uno intente borrarlos.
Y esa noche, mientras el mar rugía afuera, los dos comprendieron que el corazón no obedecía órdenes, ni siquiera las del deber.
Los días que siguieron a la tormenta fueron de calma aparente, pero dentro de Erika todo seguía agitado.
A veces, mientras preparaba los materiales en la escuela de enfermería, su mente se perdía en la misma imagen: el mar, la lluvia, y aquel hombre que parecía hecho de silencio y coraje.
Intentó olvidarlo, lo prometió incluso, pero bastaba escuchar el sonido de las olas para que su pecho se apretara otra vez.
El puerto era chico, y aunque no buscaba cruzarlo, el destino parecía empeñado en empujarlos uno hacia el otro.
Se encontraron por casualidad en el hospital naval una tarde de prácticas.
Ella asistía a un paciente de la base; él salía de una reunión de operaciones.
Cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo pareció detenerse.
Thomas asintió apenas, pero su gesto fue suficiente para encender algo en ella.
—¿Cómo sigue el brazo? —preguntó él, sin darse cuenta de que era lo único que podía decir para llenar el silencio.
—Mejor, gracias. —Ella sonrió, y esa sonrisa fue todo el mar golpeando su calma.
Él se apartó enseguida, pero antes de irse dijo, casi en un susurro—: No camine sola de noche por la costa. Las mareas son traicioneras.
Esa advertencia sonó más como una preocupación que como una orden, y durante varios días no volvió a verlo.
Hasta aquella noche.
Era viernes, y la ciudad portuaria se preparaba para la lluvia inminente.
Erika había terminado una guardia larga y caminaba por la rambla con los zapatos en la mano.
El viento jugaba con su cabello, y el cielo, gris profundo, parecía sostener la respiración.
De pronto, escuchó su voz detrás.
—No aprende, ¿verdad?
Giró.
Thomas estaba allí, apoyado en su moto, con el uniforme semiabierto y una sonrisa apenas insinuada.
—¿Y usted qué hace acá? —preguntó, entre sorprendida y feliz.
—Esperar a que la marea no se la lleve otra vez. —Su tono era seco, pero en sus ojos había un brillo distinto, una rendija abierta en su muro de disciplina.
Ella rió, nerviosa.
Él apagó la moto y caminó hacia ella.
—¿Vamos? —dijo, señalando el malecón.
—¿A dónde?
—A caminar. —Hizo una pausa—. Hace días que el mar nos da tregua, hay que aprovecharlo.
No hubo más palabras.
Caminaron en silencio, con las manos rozándose sin querer.
El sonido de las olas marcaba el paso.
El cielo se abrió, y las primeras gotas comenzaron a caer, tímidas, suaves, como si los estuviera bendiciendo.
—Siempre me gustó la lluvia —dijo Erika, mirando hacia arriba.
—A mí también —contestó él—.Mr recuerda que no todo lo que cae se rompe.
Ella lo miró, sorprendida por la ternura escondida en esa frase.
Él desvió la vista, incómodo con su propia sinceridad.
Caminaron un trecho más, y de pronto ella se detuvo.
—Thomas… —su voz tembló—, yo no puedo dejar de pensar en usted.
No fue una declaración planeada, fue una verdad que se le escapó del alma.
Thomas la miró como quien se rinde ante algo que ya no puede controlar.
Se acercó un paso, después otro, hasta quedar frente a ella, tan cerca que podía oler el perfume en su piel.
—No deberías —susurró—. No es correcto.
—Lo sé —respondió ella—. Pero el corazón nunca pide permiso.
Hubo un silencio largo.
Solo el mar respirando entre los dos.
Entonces él levantó una mano y le apartó un mechón mojado del rostro.
Fue un gesto simple, pero detrás de él había una lucha entera: el hombre del deber y el hombre que amaba a esa mujer chocando dentro del mismo cuerpo.
El beso llegó sin aviso.
Primero fue un roce leve, apenas un temblor.
Luego se volvió necesidad.
La lluvia caía más fuerte, pegándoles la ropa al cuerpo, pero ninguno quiso cubrirse.
Eran dos promesas temblando bajo el cielo.
Cuando se separaron, Thomas apoyó la frente en la de ella.
—Erika —dijo con voz ronca—, no sé qué va a pasar, pero si alguna vez tengo que irme, prometo volver. Siempre voy a volver.
Ella sonrió, con lágrimas y lluvia mezcladas.
Creyó que el mar bendecía esas palabras.
No sabía que el mar, como los dioses, cobra cada promesa.
Durante los días siguientes, se volvieron inseparables.
Desayunaban juntos antes de sus turnos, caminaban por el puerto cuando podían, se escondían de las miradas curiosas en cafeterías pequeñas donde el vapor del café les servía de refugio.
Thomas la cuidaba con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su mundo.
Y ella lo miraba como quien encuentra en otra persona un hogar.
Pero también sabían que ese amor era frágil, que no debía existir.
Él era parte de la fuerza naval 12 años mayor ; ella, una estudiante bajo el cuidado del hospital militar de apenas 19 años.
El reglamento era claro y el destino, aún más.
Por eso, cuando Thomas la tomó de la mano una tarde, con la mirada fija en el horizonte, y le dijo:
—No quiero seguir escondiendo lo que siento —Erika comprendió que lo que venía no era un capricho, sino una decisión.
Aquel día el viento soplaba desde el sur, y las gaviotas volaban bajo.
El mar parecía contener el aliento.
Thomas respiró hondo y dijo lo impensable:
—Casémonos.
Sin fiestas, sin testigos, sin permisos.
Solo vos y yo.
Y ella, con el corazón a punto de estallar, solo pudo responder:
—Sí.
Esa noche, mientras el cielo volvía a cubrirse de nubes, el mar guardó silencio.
Sabía lo que se avecinaba.
Y desde las profundidades, como un dios paciente, empezó a contar el tiempo hasta la próxima tormenta.