Capítulo 4 — La Boda Escondida
El amanecer los encontró cansados y felices, con el aroma del mar todavía prendido en la piel.
Erika no podía borrar la sonrisa de los labios.
Thomas la había llevado de la mano por el malecón, bajo la lluvia tenue, y su promesa —“Siempre voy a volver”— aún vibraba en su pecho como un eco imposible de apagar.
El temporal había cedido, pero el cielo seguía cubierto, gris perlado, con esa luz suave que parece hecha para guardar secretos.
La ciudad dormía, ignorando que, en un pequeño juzgado de paz frente a la base naval, dos almas estaban a punto de sellar una historia que el destino no planeaba dejar intacta.
Erika vestía un sencillo vestido blanco, de tela ligera, que se movía con el viento como si respirara con ella. Él la había ayudado a elegirlo.
Había recogido su cabello con un pasador de nácar —el mismo que su madre le había regalado cuando cumplió dieciocho— y sostenía un pequeño ramo de margaritas recién cortadas.
No llevaba velo, ni música, ni invitados. Solo el temblor de los dedos entrelazados con los de Thomas y el sonido de su propio corazón latiendo a destiempo.
Él, con su uniforme azul marino impecable, lucía más serio que nunca.
Las manos fuertes, el rostro sereno, los ojos más claros que el mar en calma.
Había rescatado muchas vidas, pero esa mañana parecía dispuesto a rescatar también la suya.
El funcionario los observó con curiosidad mientras llenaba los papeles.
Había visto bodas alegres, multitudinarias, llenas de flores y promesas gritadas.
Pero aquella tenía algo distinto: una quietud sagrada, una certeza silenciosa.
Como si ambos supieran que el amor verdadero no necesita testigos para ser eterno.
—¿Promete, señor Thomas Guzmán, amarla y protegerla, incluso cuando la distancia sea más fuerte que la presencia?
—Lo prometo —respondió Thomas, con la voz firme, mirando directamente a Erika.
—¿Promete, señorita Erika Navarro, amarlo en la salud y en la enfermedad, en la calma y en la tormenta?
—Lo prometo —susurró ella, y en sus ojos brilló un temblor que parecía de fe.
El compañero de Thomas, un joven suboficial de gesto amable, firmó como testigo y otro funcionario de allí también firmó de favor.
Cuando el juez estampó el sello final, el sonido del golpe seco sobre el papel pareció marcar un destino.
—Nada de lujos —bromeó Thomas, intentando aliviar la emoción que se les escapaba por los ojos—. Solo vos y yo.
Erika rió, nerviosa, y esa risa, tan pura, pareció llenar el cuarto de luz.
Nadie más los vio besarse. Nadie más oyó el “te amo” que él le murmuró al oído ni el “no te vayas nunca” que ella respondió, con la voz rota por la felicidad.
El secreto quedó guardado entre las paredes frías del juzgado, donde el amor y el deber firmaron una tregua que no duraría demasiado.
Esa tarde caminaron y fueron a comer a un restaurante en frente a la plaza principal, cerca de la playa.
El viento soplaba con suavidad, levantando la arena en remolinos dorados.
El mar estaba sereno, pero bajo su calma se escondía una fuerza antigua y vigilante.
Ella caminaba descalza, el vestido ondeando, las margaritas entre los dedos.
Thomas iba junto a ella, su gorra bajo el brazo, mirándola con esa mezcla de ternura y asombro que solo se tiene cuando uno cree haber encontrado lo que no buscaba.
—¿Pensás que hicimos bien? —preguntó Erika, rompiendo el silencio.
Él la miró, sonrió apenas.
—Hacer lo correcto no siempre significa seguir las reglas.
—¿Y si algún día te piden que elijas? —susurró ella, deteniéndose.
Thomas la tomó por la cintura y la acercó.
—Entonces elegiré lo que el mar no pueda llevarse, a vos.
Ella cerró los ojos y lo besó.
El beso fue lento, profundo, como si el tiempo se hubiera detenido a mirar.
El viento trajo consigo el olor al mar, el rumor de las olas y una advertencia que ninguno escuchó.
Porque el mar, cuando ama, también reclama.
Y el mar, esa tarde, los bendijo con espuma blanca…
pero, en el fondo, ya estaba guardando la deuda.
Caminaban de regreso esa tarde cuando comenzó a llover otra vez.
Pequeñas gotas primero, después un aguacero suave que los envolvió.
Thomas la cubrió con su chaqueta, pero ella se negó a esconderse.
—No —dijo, riendo entre lágrimas—. Quiero que la lluvia se acuerde de nosotros.
Él la miró como quien se rinde ante un milagro.
—Entonces que nos recuerde así —murmuró—, mojados, libres y un poco locos. Thomas se sentía un chico joven con ella a su lado y quería disfrutar cada cosa que a ella le gustaba.
Se quedaron mirando el horizonte, con los zapatos hundidos en la arena, mientras el agua les corría por el rostro.
El mar rugía bajo la lluvia y, aunque parecía celebrar con ellos, sus olas tenían un murmullo antiguo, casi un presagio.
Erika apoyó la cabeza en su pecho y escuchó los latidos del hombre que había prometido volver siempre.
Thomas besó su frente, con la fe de quien cree en lo eterno. Nunca se había sentido así. Tan vivo…
—Somos nosotros contra el mundo —le dijo.
Ella sonrió.
No sabía que esa frase, como todas las promesas que se pronuncian al borde del mar, llevaba dentro la sal de lo inevitable.
Al caer la noche, regresaron a la residencia estudiantil.
Erika dejó el vestido colgado, aún húmedo, junto a la ventana.
El viento lo agitaba suavemente, como si todavía bailara con el mar.
Thomas la abrazó por detrás y apoyó la cabeza en su hombro.
—Aún no lo vamos a contar… ¿te parece? —susurró él.
—Está bien —respondió ella.
Erika se sentó en el borde de la cama de una plaza, con el cabello aún mojado, y lo miró mientras él dejaba la gorra y se desabrochaba la chaqueta del uniforme.
—Nunca pensé que iba a casarme así —susurró ella, con una sonrisa leve, casi tímida—. Nunca pensé que iba a casarme tan enamorada.
Thomas levantó la cabeza.
Había algo en sus ojos… un brillo, una mezcla rara de emoción y miedo que él intentaba esconder.
—Yo tampoco —admitió, acercándose despacio—. Nunca pensé que alguien como vos pudiera mirarme así.
Erika rió bajito.
—¿Alguien como yo?
—Sí —dijo él, sentándose frente a ella, sus rodillas tocándose apenas—. Una mujer que hace que todo valga la pena. Hasta lo que no entiendo… hasta lo que me da miedo.
Ella alzó una ceja, curiosa.
—¿Miedo?
Thomas bajó la mirada un segundo. Después, la sostuvo.
—Siempre vuelvo, Erika. Pero cuando me voy… no puedo prometer que voy a regresar intacto. No siempre somos héroes… a veces solo somos hombres tratando de no perdernos en el camino.
Erika acercó su mano y tocó su mejilla con una ternura que parecía hecha para él.
—Si alguna vez te rompes, yo te voy a juntar los pedazos y lo voy a arreglar —dijo en voz baja—. Para eso sirve el amor, ¿o no?
Thomas cerró los ojos un instante, vencido por el peso de esas palabras.
Después la abrazó fuerte, como quien encuentra un refugio en medio de una tormenta que no se ve pero se siente.
—No sé si merezco tanto —murmuró.
—Entonces tenés que saberlo —respondió ella—. Porque yo no pienso quererte menos.
La besó.
Un beso lento, profundo, que parecía tallado dentro de la lluvia.
Ella sintió que cada parte de su cuerpo reconocía ese contacto, como si estuviera escrito desde antes.
Y mientras se abrazaban, el vestido blanco seguía bailando en la ventana, mojado todavía, recordándoles que ese día nada había sido simple… pero sí verdadero.
Ignoraban que la vida, a veces, guarda los besos más dulces justo antes de comenzar a cobrarse las promesas que uno hace.