CAPÍTULO — La verdad que no pidió permiso La furia no se le fue de golpe. No desapareció como un interruptor que se apaga. Pero se desgastó en poco tiempo. Thomás caminó unos minutos sin rumbo dentro de la base, con la cabeza baja, el pulso acelerado y ese zumbido constante detrás de los ojos que anunciaba otro dolor fuerte. Entró al baño, abrió la canilla y se lavó la cara con agua helada hasta que la piel le ardió. Se apoyó en el lavabo, respiró hondo. Tomó otro analgésico sin ganas, como quien se rinde a una rutina que no eligió. Ya no gritaba por dentro. Ahora dolía. Fue entonces cuando entendió que necesitaba respuestas, pero no las que su madre le había dado. Necesitaba mirar a los ojos al único hombre que había estado ahí todo ese tiempo y sabía que no le metiría. Golpeó la

