CAPÍTULO — Entre el deber y el amor Matías conocía ese despacho desde hacía años. No solo por las veces que había cruzado su puerta, sino por lo que ese lugar representaba: decisiones que no tenían marcha atrás, informes que se firmaban con el cuerpo todavía temblando, mapas extendidos sobre la mesa que marcaban zonas de riesgo, rutas de rescate, coordenadas donde la vida pendía de un hilo. Allí había entrado después de rescates fallidos y de rescates imposibles, después de noches sin dormir, de amaneceres con olor a combustible y sal, después de cargar cuerpos que no habían vuelto a casa. Siempre había sido un lugar de órdenes claras, de voces firmes, de silencios cargados de responsabilidad. Ese día, en cambio, el ambiente era distinto. No había tensión ese día ni había reproche. H

