12— Misión adelantada

1305 Words
Capítulo — Misión adelantada Thomas abrió los ojos aún con el calor del cuerpo de Erika pegado al suyo. Respiró hondo, dejando que el aroma de ella se mezclara con el de las sábanas tibias. Ese pequeño instante —esa quietud, ese silencio, esa mujer acurrucada contra su pecho— era su felicidad más pura. Su refugio. Su hogar. Ella dormía tranquila, respirando contra su hombro como si por fin hubiera encontrado un lugar seguro en ese mundo que tantas veces la había sacudido. La respiración suave de Erika parecía un susurro que lo llamaba a quedarse ahí para siempre; a no moverse jamás. Thomas la miró en silencio, sintiendo esa mezcla enorme de alivio y arrepentimiento que le comprimía el pecho. La había recuperado. Lo había perdonado. Lo había amado sin reservas esa noche, entregándose a él con esa inocencia apasionada que lo volvía loco y, al mismo tiempo, lo llenaba de una responsabilidad enorme. Y él sabía que tenía que honrar esa confianza. Le besó la frente, deslizando los dedos por el cabello suave de ella. Tenía una sorpresa para darle: con el trabajo de las misiones extras había conseguido reunir el dinero suficiente para pagar un semestre entero de su curso de enfermería. Un semestre completo. Un paso más hacia ese sueño que ambos compartían: verla convertirse en doctora, verla crecer, verla cumplir lo que su familia siempre había deseado para ella. Solo faltaba reunir lo del último semestre. Después vendría la beca. Después vendría el futuro. Primero, pagaría las cuotas. Después iría a ver a su madre, como hacía siempre, para despedirse. Era casi un ritual antes de cada misión larga. Se incorporó un poco y le susurró: —Voy a ver a mamá un momento. Vuelvo enseguida, mi amor. Tengo una sorpresa para vos. Erika apenas se movió; asintió dormida, sin abrir los ojos, buscando el calor de su pecho incluso en sueños. Thomas sonrió suavemente y se levantó sin hacer ruido. La casa de Cristina tenía la luz del comedor encendida. Eran las siete de la mañana y el cielo apenas clareaba con un gris frío que anunciaba lluvia. Thomas golpeó la puerta, y su madre abrió con la bata bien cerrada, como si hubiera estado esperándolo… o como si nunca durmiera del todo. —Entrá, hijo. Está fresco afuera. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Te estás quedando en la base? Thomas respiró hondo, sabiendo que no podía evitar esa conversación. —Mamá… me reconcilié con Erika. ¿Te puedo pedir algo? —La miró con sinceridad, casi con súplica—. Quiero que la trates bien. Te lo pido en serio. El rostro de Cristina cambió apenas, como si una sombra pasara detrás de sus ojos. Le sostuvo la mirada, sorprendida, pero también con esa resignación que solo una madre acumula con los años y con las heridas que no admite. —Si es lo que vos querés, yo voy a apoyarte —dijo con voz suave—. Siempre. Lo decía desde un lugar mentiroso, aunque en el fondo creyera que su hijo merecía otra vida: otra mujer menos joven, menos frágil, menos impresionable. Pero no deseaba daño. No quería maldad. Solo quería un destino distinto para Thomas. Y no iba a dejar que esa reconciliación prosperara tan fácil. —¿A qué hora salen para la misión? —preguntó con aparente naturalidad, ocultando la inquietud bajo un sorbo de aire. Thomas se encogió de hombros. —No sé. La orden formal llega al amanecer. Falta todavía. Cristina asintió despacio, pero algo en su expresión reveló un pensamiento no dicho. —Tomate esto —dijo, colocándole una taza en la mano—. Dormiste mal y necesitás calmar esos nervios. Es el té que hacía tu abuela. Son solo hierbas. Era un té fuerte, relajante. Nada más. Nada dañino. Solo una mezcla de plantas secas, como las que usaba la abuela para que él durmiera después de una tormenta. Thomas lo tomó. No notó el leve temblor en las manos de Cristina, ni la insistencia —casi involuntaria— en volver a preguntar: —Entonces… ¿se van mañana? —Sí —contestó él, sin pensarlo demasiado—. Mañana nos despedimos bien. Cristina sonrió, esa sonrisa que siempre parecía guardar secretos. —Descansá un poco acá antes de volver con ella. Pero Thomas negó al instante. —No pienso dejar ni un momento sin ella mientras esté en tierra. Besó a su madre en la mejilla. —Má… tratá bien a Erika. Te lo pido. Cristina tocó su brazo, con una dulzura medida. —Si ella te hace feliz… yo voy a hacer el esfuerzo. Te lo prometo. Mentía.Pero él no lo vio. No lo imaginó. Ni lo sospechó. Thomas regresó a la casa. El aire frío lo despejó un poco. El té le había dejado un calor raro en el pecho, pero lo atribuyó al estrés acumulado y a las pocas horas de sueño. Encontró a Erika dormida boca abajo, abrazando su almohada, con el cabello desparramado sobre la sábana como un abanico oscuro. Se acostó a su lado en silencio, deslizó un brazo bajo su cintura y la atrajo con cuidado. Ella, aún en sueños, se acomodó contra él. Tres horas después, la radio tronó, perforando la quietud de la casa: —¡Equipo de rescate Guzmán, arriba! ¡Misión urgente! ¡Terremoto de magnitud 7.8! ¡Se requiere apoyo naval y aéreo inmediatamente! ¡Salida inmediata! Thomas saltó de la cama, pero el cuerpo le pesaba más de lo normal. Era como si los músculos respondieran más lento, como si un cansancio espeso lo envolviera desde dentro. Erika se despertó sobresaltada. —¿Qué pasa? —Misiones —dijo él, respirando hondo para no preocuparla—. Terremoto fuerte. Necesitan a todos. Erika lo ayudó a vestirse mientras él se tambaleaba apenas. Ella no lo notó. Estaba acostumbrada al agotamiento crónico de un rescatista. Thomas le sostuvo el rostro entre las manos, como si quisiera memorizarla. —Volvé, por favor —susurró ella, con los ojos húmedos—. Volvé conmigo. Él le acarició las mejillas. —Siempre vuelvo. No me llores, mi amor. La besó. Un beso lleno de urgencia, de promesa, de esa fragilidad que se siente cuando el cuerpo sabe algo que la mente niega. Minutos después, el helicóptero se elevó bajo la lluvia intensa, levantando agua, viento y miedo. Cristina estaba barriendo cuando el locutor anunció en la radio: —Equipo Guzmán en salida inmediata, rumbo al operativo internacional… El palo de la escoba cayó de sus manos. —¿Ya?… —murmuró, confundida—. Pero… ¿no era mañana? Se acercó a la ventana, vio el cielo oscuro, oyó el ruido lejano de las hélices perdiéndose entre las nubes. Sintió un mal presentimiento. Uno de esos que te dejan helado sin razón aparente. Pero no podía frenar nada. No podía intervenir. No podía deshacer la mañana. Para ella, su hijo simplemente estaba cansado y fue a dormir a su casa . Como siempre. Y como siempre… se había ido. Horas después, la radio rugió en la casa de Erika. La voz del locutor era temblorosa, rápida, urgente: —Último informe: helicóptero de rescate desaparecido del radar. Impacto en el mar confirmado. No hay sobrevivientes. Erika cayó al suelo como si le hubieran arrancado el aire de golpe. Gritó sin sonido. Se aferró al borde de la mesa, pero las manos no le respondieron. Cristina, en su cocina, escuchó lo mismo… y se desplomó al lado de la mesa, con el té todavía sobre el mantel. Y el mar… El mar rugió con una violencia que parecía celebrarlo todo. Como si por fin hubiera reclamado lo que siempre supo suyo: el corazón de un rescatista. Un amor que el mar se llevó sin aviso.
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