6 — Lo que el mar no perdona

1452 Words
Capítulo 6 — Lo que el mar no perdona Sin pensarlo demasiado, viajaron esa misma tarde. El camino hacia el pueblo donde ella nació se hizo demasiado largo, con el viento colándose por las ventanillas del coche militar y un silencio espeso entre los dos. Erika miraba los campos pasar, reconociendo los caminos que había dejado atrás. Su corazón latía con culpa y miedo. Thomas conducía con el ceño fruncido, sintiendo que cada kilómetro lo acercaba a un juicio que, tal vez, merecía. Me equivoqué… — pensó, apretando el volante—.Ni siquiera pregunté por su familia. Ella me había hablado de sus padres…de sus sacrificios. ¿cómo pude hacerle esto? El paisaje era una sucesión de plantaciones que se movían con el viento. El mismo viento que parecía recriminarle sus impulsos. Cada tanto, Thomas la miraba de reojo. Ella tenía los ojos perdidos en la ventana, una lágrima temblando, sin caer. Le dolía verla así, callada. La había salvado del mar, pero no de las consecuencias de amarlo. Cuando llegaron, el olor a pan recién hecho los recibió antes que las voces. La vieja casa de los Navarro seguía igual: la enredadera trepando por la pared, la ropa tendida moviéndose como banderas de un pasado que todavía no los soltaba. Marta, la madre de Erika, salió al patio con el delantal puesto. El padre, don Hugo, apareció detrás, con la pala en la mano, todavía con tierra húmeda en los zapatos. Los dos se quedaron inmóviles al verlos. —Papá… —susurró Erika, apenas audible. —¿Qué pasa, hija? ¿Por qué venís así, acompañada? —preguntó él, aunque la respuesta ya se dibujaba en sus ojos. Thomas dio un paso al frente venía vestido con su uniforme ,estiró su mano para saludar y habló con respeto, conteniendo el temblor de su voz: —Señor, señora… soy Thomas Guzmán quise venir a hablarles en persona. Erika y yo nos casamos. Thomas quedó con la mano extendida . El silencio fue inmediato. Solo el canto de un gallo rompió el aire quieto. La madre se llevó una mano a la boca, incrédula. El padre bajó la vista, respiró hondo y murmuró decepcionado : —¿En solo seis meses? ¿Esto es una broma? Erika negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas. —Lo amo, papá. No fue una locura… fue una decisión. El hombre la miró con la voz quebrada por el enojo y la tristeza. —¿Una decisión? ¿Y la escuela de enfermería?¿Y los sueños que tenías? ¿Cómo pensás seguir estudiando ahora? Thomas Guzmán dio un paso más, decidido, aunque por dentro lo atravesara la culpa. —Yo me haré cargo. Quiero que ella siga estudiando. Prometo cuidarla y apoyarla siempre. —¿Cuidarla? —repitió el padre con amargura—. ¿Llamás cuidar a casarte sin permiso, a ocultarlo, a venir ahora cuando ya está hecho? Si la amabas de verdad, hubieras venido a pedirme la bendición. Eso lo hace un hombre de verdad. Thomas alzó la mirada, herido pero firme. —Soy un hombre, señor. Y no necesito demostrarlo con palabras o papeles, sino con hechos. Yo la amo, y la voy a cuidar, aunque usted no me crea. El padre lo observó unos segundos, con la rabia y la decepción mezcladas, luego dio media vuelta y entró en la casa sin decir más. La madre se acercó despacio y tocó la mejilla de su hija. —No te juzgo, mi amor —dijo en voz baja—. Pero Erika hay decisiones que pesan toda la vida. Ojalá este amor te haga fuerte… y no te quite lo que sos. Erika asintió, temblando. El aire se llenó de un silencio que dolía. Cuando subieron al jeep, el olor a pan, a tierra y a su hogar quedó atrás, como una herida abierta. El pueblo, que antes le había parecido cálido, se sentía ahora distante, lleno de miradas que imaginaba juzgándolos por amarse. En el viaje de regreso, ella lloró en silencio. Thomas le tomó la mano, buscando palabras que no encontraba. —Perdoname, amor… —susurró—. No quise lastimar a tus padres. Solo quise darte un lugar en mi vida. —Y lo hiciste —respondió Erika, mirándolo con ternura—. Pero duele, Thomas. Duele haberles mentido. Ojalá me perdonen algún dia. Él apretó su mano con fuerza, con la convicción de un juramento. —Vamos a demostrarles que lo nuestro no fue un error. Vas a terminar tu carrera, vas a ser enfermera… y cuando quieras, vas a ser doctora. —¿Y nosotros? —preguntó ella, con un hilo de voz. —Nosotros —dijo él con certeza—, vamos a seguir juntos toda la vida. Le besó la mano y, con otro ánimo, continuaron rumbo al futuro. Esa carretera, iluminada por el crepúsculo, parecía prometer una calma que ninguno de los dos sabía si existía. Esa noche llegaron a la casa de Thomas, cerca de la base y del hospital. El mar golpeaba las rocas al fondo, pero dentro solo había silencio. Erika dejó la residencia estudiantil atrás. Apoyó la maleta en el suelo y miró alrededor: la cama sencilla, la lámpara encendida, las botas de él junto a la puerta. Era su nuevo mundo, su hogar. Thomas la observó desde la puerta. Se acercó despacio, le apartó el abrigo y acarició su rostro. Ella levantó la vista y vio en sus ojos el mismo temblor que la había salvado aquella noche de tormenta. —Te prometí que te iba a cuidar —dijo él. —Y yo te prometí que me iba a quedar para siempre—respondió ella. La noche estaba despejada, serena, como si el cielo mismo hubiera decidido bendecir ese momento. Desde la ventana se veía el horizonte cubierto de estrellas y el reflejo plateado de la luna sobre el mar. Las olas golpeaban suavemente contra el paredón cercano a la casa, en un ritmo constante que parecía marcar los latidos del mundo. —¿Querés algo de tomar? —preguntó él, intentando romper el silencio. —Solo quedarme acá —respondió ella, con una sonrisa tranquila. Thomas la observó unos segundos, sin hablar. No necesitaba palabras. En sus ojos había algo que mezclaba respeto, ternura y un amor tan sincero que parecía dolerle. Se acercó despacio, con la misma calma que había aprendido del mar. Le tomó la mano, y en ese gesto, Erika sintió todo lo que él no sabía decir: cuidado, promesa, entrega. —Erika… —susurró—, no quiero que te sientas presionada. Ella negó con la cabeza, dulcemente. —No tengo miedo. Estoy acá porque quiero estar contigo. Él levantó una mano y le acarició la mejilla. Sus dedos temblaban un poco, pero era un temblor bueno, de emoción contenida. La besó en la frente primero, luego en los labios, con un respeto casi reverente. Y ella cerró los ojos, dejándose guiar por la calidez de ese beso que no pedía, sino que ofrecía. El tiempo pareció detenerse. Cada movimiento fue lento, consciente, lleno de ternura. No había prisa ni urgencia, solo la sensación de que el mundo se había reducido a ellos dos. El mar, afuera, seguía rompiendo suavemente contra el muro, acompañando su respiración. Y el cielo, infinito, los cubría con una paz que pocas veces regala. Thomas fue cuidadoso, atento, un caballero incluso en el silencio. Le habló con las manos, con la mirada, con el corazón. Erika se sintió amada, respetada, completa. Como si esa noche no fuera el comienzo de algo nuevo, sino el regreso a un lugar al que siempre había pertenecido. Cuando el cansancio los abrazó, él la envolvió entre sus brazos y la atrajo hacia su pecho. El aire olía a hogar. —Ahora sí —le dijo en voz baja—. Todo está en su lugar. Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y sonrió, mirando por la ventana el cielo estrellado. No había ruido, ni miedo, ni culpa. Solo ellos y el mar, testigo eterno, rompiendo suave contra la piedra como si también los arrullara. Esa noche no llovió. Esa noche, el universo entero pareció detenerse para que el amor, por fin, respirara tranquilo. El resto fue un susurro entre la piel y el alma. La primera noche de amor no fue de fuego, sino de ternura: ella estaba conociendo ese mundo por primera vez, y él entendiendo, por fin, lo que quería para sí. Dos almas intentando descubrir qué significaba pertenecer al otro . Afuera, el mar rugía suave esa noche, como un testigo celoso. Y aunque ellos no lo sabían, el destino ya había marcado la próxima marea.
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