CAPÍTULO — La Caída de las Máscaras Cristina golpeó la puerta con una furia seca, casi elegante, esa furia que solo tienen quienes creen que el mundo todavía les pertenece. No vino sola: traía a su abogado y un fajo de papeles que agitó delante de Erika como si fueran un arma. La casa, que siempre olía a té de tilo y pañales recién acomodados, se llenó de un aire espeso, peligroso, como si de pronto hubiera entrado una tormenta. La palabra “custodia” se volvió un cuchillo frío en el aire. —Ese niño necesita una familia —sentenció Cristina, mirándola como si Benjamín fuera un objeto heredable y no un bebé aún en el vientre—. Una familia de verdad. No una cualquiera que anda con cuánto hombre se le cruza. Erika sintió que el color se le iba del rostro. Que la vergüenza y el miedo se le

