Llegaron a un hotel lujoso por el que Bárbara muchas veces había pasado, pero al que jamás pudo entrar. Ahora lo hacía acompañada por uno de los clientes más selectos del lugar. Se dirigieron al restaurante donde una vez más los trataron de forma exclusiva. Los ubicaron en una terraza abierta, decorada con plantas y enredaderas, como si estuviesen en medio de un jardín. Hasta tenía un pequeño estanque con peces en un costado. Bárbara se sintió relajada en aquel lugar, era más como como ella. —Este sitio es hermoso. —¿Te gusta? —consultó Richard satisfecho mientras pedía al maître que le sirviera el vino. —Tiene elegancia, pero también, naturalidad. Es perfecto. —Como tú. Esa confesión a ella le propulsó los latidos del corazón y volvió a ponerse nerviosa. Buscó alguna excusa para

