Capítulo 5. Una propuesta indecente.

1400 Words
Llegaron a la casa de Bárbara, o mejor dicho, a la que Martín había alquilado para él y con el tiempo la invitó a que viviesen juntos. Ahora que el hombre se había marchado, sin siquiera comunicarle al casero sus intenciones, ella tendría que cerrar ese contrato sin tener dinero para pagarle lo adeudado. Uno de los motivos por los que no estuvo segura de vivir allí era porque le resultaba imposible colaborar con el pago de ese alquiler, pero Martín le había dicho que él se ocuparía de ese asunto y fue insistente porque supuestamente «la amaba». Sin embargo, la abandonó ante el primer problema y se fue dejándole esa carga, una que la llenaba de más ansiedades. Mientras Richard esperaba en la sala, Bárbara se dirigió a la habitación para preparar su maleta y así regresar con Nina, aunque decidió pasar primero por la cocina y comer, a las apuradas, un poco del budín de vainilla y chocolate que había quedado. Cortaba trozos grandes con las manos que se llevaba a la boca intentando tragarlos con rapidez, sin que Richard se enterara. Sentía un vacío profundo en el estómago y un miedo súbito en su pecho que intentaba calmar con la comida. Afuera, el hombre se paseaba por la estancia detallando con atención los pocos adornos expuestos en las paredes y en los estantes, sin saber el drama que sufría la mujer en la cocina. Aquel hogar le resultaba bastante serio y masculino, no tenía nada de la dulzura y la calidez de Bárbara, eso le extrañó. En una repisa halló unas placas de reconocimiento entregadas a un tal Martín Walton por su participación en ferias de tecnología e informática, así como en conferencias y exposiciones sobre temas referidos a esas áreas. Él apretó el ceño. Varios de esos eventos eran de los más importantes en esa materia y él había asistido a algunos como invitado especial o conferencista. —¡¿Estás casada?! —preguntó en voz alta, reprochándose a sí mismo por no haber averiguado eso antes. Si ella estaba comprometida de alguna forma con algún hombre, eso podría complicarle los planes. En la cocina, Bárbara casi se atragantó con el pudín al escucharlo hablar. Tuvo que correr a la papelera para escupir lo que tenía en la boca y así responderle. —¡¿Casada?! ¡No! —respondió enseguida y tomó con rapidez unas servilletas para limpiarse. La vergüenza y la culpa le coloraron el rostro. —¡¿Y quién es Martín Walton?! —quiso saber el hombre evaluando con mayor atención las placas de reconocimiento. Bárbara comprimió el rostro en una mueca de desagrado. Hubiese preferido que Richard no descubriese algo referente a su ahora exnovio, pero era evidente que eso sucedería, ya que esa era su casa y allí las mayoría de las cosas pertenecían a Martín. —Él fue… mi novio —respondió apenada y corrió hacia el pasillo que daba a las habitaciones por una puerta lateral. Necesitaba ir al baño a cepillarse los dientes y así borrarse los rastros del pudín. Minutos después regresó a la sala con una maleta que contenía su ropa y una bolsa con algunas otras pertenencias. Miró como Richard jugueteaba con un tiburón mecánico ensamblado de forma peculiar, con partes móviles. —Esta pieza la obsequiaron en una feria de tecnología para Gamers que se llevó a cabo en las Vegas hace un par de años, en la que participe como ponente. ¿Estuviste allí? —No. Eso es de mi exnovio, a él le gustaba asistir a esos eventos —expuso con la mirada clavada en el suelo—. Todo lo que hay aquí es de él, esta es su casa. Richard la observó extrañado. —¿Y qué haces viviendo aquí? —Es que… aún no me he mudado —expuso insegura—. Eso tendré que hacerlo estos días. Ella dejó las cosas en el suelo y fue a la cocina. Richard la siguió luego de colocar el adorno en la mesa donde lo había hallado. Al entrar, la vio guardar en una cava pequeña algunos alimentos que se hallaban en el refrigerador. —¿Cuándo terminaste con él? —quiso saber, curioso. —Esta tarde —respondió la mujer sin darle la cara, simulando estar muy concentrada en su tarea para que el hombre no notara sus mejillas sonrojadas por la vergüenza. —¿Esta tarde? ¿Cuándo pasaron la noticia de tu denuncia por la televisión? ¿Acaso te abandonó por ese hecho? —consultó irritado, comenzando a sospechar lo sucedido. Bárbara suspiró hondo, incómoda, tratando de controlar sus emociones. Cerró el refrigerador y se giró hacia él, a pesar de que le costaba mantenerle la mirada. Lo hacía de vez en cuando sin lograr enfocar su vista en el hombre, paseando su atención por la cocina. —¿Podemos hablar de otra cosa? —Él apretó la mandíbula por el enfado—. Dijiste que me ayudarías a salir del problema que tengo con PowerData a cambio de un favor muy importante. Quisiera saber de qué forma puedo serte útil, porque la verdad es que no tengo dinero para enfrentar esa acusación. Richard, que se había acostumbrado a dar órdenes y exigir explicaciones sin que nadie se revelara a sus pedidos, tuvo que tragarse su incomodidad para no meterse en asuntos personales y seguir preguntando por el exnovio. Al menos, no hasta que ella le diera una respuesta positiva a su propuesta. Si Bárbara aceptaba su plan, él necesitaría saber todo de ella. Incluso, la posibilidad de que algún novio molesto revoloteara a su alrededor mientras el embarazo se llevaba a cabo. Guardó las manos en los bolsillos de su pantalón y se irguió antes de hablarle. Trataba de buscar las palabras más suaves y convincentes. —Verás, yo… me casé hace cuatro años. La noticia ella la recibió como si fuese una lanza envenenada que atravesaba su pecho, partiéndole el corazón en dos. —Por error, no hice división de bienes antes de la boda y ahora me resulta imposible manejar con libertad el dinero que ahorré en Dubai para fundar mi empresa de cibertecnología. Necesito la firma de mi esposa para movilizar ese dinero, pero ella no quiere hacerlo por… problemas personales que hemos tenido —expuso, con el rostro ensombrecido por los amargos recuerdos que lo embargaron. Los cuatro años que había vivido con Melissa en Dubai, hasta ahora habían sido los más difíciles que había tenido que atravesar. Unos que estuvieron llenos de discusiones, disgustos y traiciones. —Ella no puede tener hijos, sufre de una malformación uterina que le imposibilita completar la gestación. Se ha sentido muy deprimida este tiempo y me culpa a mí de su estado. Por eso, como venganza, me negó el derecho a manejar mi dinero a menos que la ayude a ser madre. Con un hijo se sentirá menos sola. Bárbara no podía salir de su asombro. Todo lo que le contaba Richard era una locura. ¿Estaba casado? ¿Tenía problemas tan serios con su esposa que la empujaba a ella a cobrar venganza? ¿Ella le negaba su derecho a disponer de su dinero a cambio de un hijo? Para Bárbara, todo eso sonaba a un conflicto de grandes proporciones y no podía entender como ese hombre, que siempre había sido alegre, respetuoso, soñador y determinado terminara en esas condiciones. —Necesito con urgencia un vientre en alquiler para tener a mi hijo y así mi esposa pueda firmar las autorizaciones que me permitan manejar mi fortuna. El problema es que no quiero que sea cualquier mujer, sino una confiable y de gran corazón que me asegure que el niño estará seguro durante la gestación. Se miraron con fijeza. Él manteniendo una férrea seguridad sobre su propuesta y ella con los ojos empañados por las emociones contenidas. —¿Tú… me estás pidiendo que yo albergue a tu hijo en mi vientre? —consultó impactada. La noticia fue tan demoledora que la hizo retroceder un paso, hasta que su espalda chocó con la encimera. ¿Sería capaz de llevar a cabo aquella tarea para librarse de la denuncia que recaía sobre ella? ¿Se animaría a recibir en su interior al hijo de Richard McKellen, el hombre al que más había amado, y al que todavía amaba, para luego alejarse de él para siempre?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD