Diana se encontraba en el patio delantero de la escuela, sentada en un banco, con David en brazos. El niño lloraba en silencio, con la mirada perdida y sus juguetes aferrados al pecho, mientras ella le susurraba su canción favorita. «Un marinero fue al mar, mar, mar, para ver lo que podía ver, ver, ver. Pero todo lo que podía ver, ver, ver, era el fondo del profundo mar, mar, mar». Ella intentaba ignorar la constante charla de la directora, quien no paraba de darle instrucciones sobre lo que debía hacer con el niño para calmar su estado, a pesar de que le había pedido en varias ocasiones que los dejara solos hasta que la crisis pasara. Larissa nunca atendió su ruego, solo seguía y seguía. Por suerte, David hacía oídos sordos a sus palabras y ya su miedo y agitación pasaban. —¡Esto no p

