Brandon Hardy estaba sentado con postura relajada en la butaca tras su escritorio, pero frente al enorme ventanal. Miraba con fijeza las aguas tranquilas de la bahía Noyo.
Solo pensaba en estar allí, en medio de aquel mar interminable dejando que su velero fuese llevado por el viento a lugares lejanos, donde nadie pudiese seguirlo.
—Brandon, el hotel está presentando su mejor rendimiento en años —le habló Amanda Blair, la administradora de su hotel Ocean Breeze, sacándolo de sus cavilaciones.
La mujer había asistido a su oficina para darle la bienvenida al reincorporarse al trabajo luego de su viaje de casi un mes por Holanda, donde participó en un congreso para CEOs hoteleros.
—Tuvimos una ocupación del ochenta y seis por ciento. La demanda local subió, sobre todo los fines de semana —aseguró la mujer.
—¿Y qué hizo que aumentara el interés de los turistas? —preguntó con desgana y frotándose con una mano la barba recortada que poseía, tan oscura como sus cabellos y sus ojos.
—Creo que fue la renovación que hicimos en las habitaciones del ala norte. Las reseñas en línea llegaron a ocho punto cuatro sobre diez en promedio. La gente no deja de alabar la comodidad y el buen servicio con el que ahora cuenta el hotel, eso atrae a nuevos turistas.
—¿Y ese oleaje de clientes mejoró las finanzas, Timothy?
A Amanda la acompañaba Timothy Hardy, quien era su esposo y primo de Brandon. El hombre ejercía el cargo de contador en el hotel.
—Aunque los ingresos brutos crecieron un doce por ciento respecto al trimestre anterior, los márgenes siguen apretados. Las mejoras recientes y el aumento en los costos de energía nos pasaron factura.
—Por eso dicen que renovar nunca es barato —soltó Brandon con cierto tono de burla.
—Pero si la ocupación se mantiene, el retorno debería equilibrarse pronto —insistió Amanda—. Timothy y yo hemos revisado estándares de la industria hotelera, descubriendo que con algunas otras mejoras estructurales y de servicios que hagamos podríamos solicitar la recalificación del hotel de tres a cuatro estrellas. Eso atraería más la atención de los turistas y aumentarían las ganancias.
—Sí, pero eso implicaría una inversión mayor —rebatió Brandon, ahora mirándolos con una expresión fría y desconfiada—. ¿De cuánto estaríamos hablando?
—No mucho, en realidad —aseguró Timothy con gesto indiferente—. Tal vez de unos setecientos a novecientos mil dólares, distribuidos en dos fases. La primera cubriría remodelación de baños, modernización de sistemas de climatización y de señalización. Y la segunda, la creación de servicios adicionales como spa, un gimnasio pequeño y mejoras en tecnología de habitaciones.
Brandon se mantuvo pensativo, enfocando de nuevo su mirada en el mar.
—Es casi millón, eso no es poca cosa.
—Pero sería una apuesta segura —instó Amanda—. El flujo actual demuestra que tenemos base de clientela. Subir de categoría permitirá aumentar la tarifa promedio diaria y con eso recuperaríamos la inversión en menos de tres años. Además…
Amanda se irguió sabiendo que tocaría un tema delicado, que a Brandon lo haría enojar, pero que resultaba la mejor motivación para terminar de convencerlo.
—Eso nos pondría por delante del hotel Storm y nos hará recuperar nuestra autoridad en la zona.
Brandon le dirigió una mirada gélida, de quien intentaba manejar la agitación de emociones que se producía en su interior.
El hotel Storm era su competencia en la zona, un negocio que al igual que el suyo ostentaba tres estrellas, pero atraía a más clientes porque su CEO y dueño era mucho más mediático que él.
El hombre era un sujeto desagradable con quien Brandon, además, tenía una rivalidad personal. Ya que el tipo buscaba quitarle conquistas y acudía a los lugares que él regentaba solo para ganar protagonismo y minimizarlo.
—Quiero un informe detallado que refleje todo lo que deberíamos abordar en caso de realizar esas nuevas reformas, con sus costos aproximados para que nada se escape.
Timothy y Amanda escondieron sonrisas de satisfacción. Incluir al dueño del hotel Storm en la conversación había sido una buena idea. Brandon terminó accediendo solo para competir con él.
—Prepararé ese informe esta misma tarde —ofreció el primo.
—¿Podemos incluir allí la ampliación del área de piscina? —consultó Amanda—. Te hablé de ese asunto antes de que te fueras a Holanda y es importante para la imagen que queremos dar —recordó la mujer.
Brandon respiró hondo.
—Eso requerirá más inversión —terció—. Sería necesario evaluar las propiedades que rodean al hotel para determinar cuál podemos comprar y mover al equipo legal para que peleen esos terrenos.
—Yo me adelanté a ese trabajo —soltó Amanda, haciendo que Brandon la mirada con el ceño fruncido.
—¿Qué hiciste?
—No hay muchas propiedades en los alrededores, así que fui con un tasador e hicimos una evaluación preliminar y enviamos cartas a los dueños. Aún no hemos recibido respuestas, debemos esperar al menos una semana antes de insistir de nuevo.
—¿Qué propiedades tasaste? —preguntó con el semblante endurecido.
—Puedo hacerte un informe de las que visité y adjuntarte copia de las cartas que envié.
Brandon mantuvo una mirada inflexible en ella. Aunque la consideraba una buena administradora, había acciones espontáneas que no le gustaban que realizara. Como enviar notificaciones a su nombre sin antes notificarle.
Odiaba que pasaran por encima de él.
—Timothy, ve y prepárame el informe que te pedí.
Timothy se desconcertó por aquella repentina petición. Paseo su mirada confundida de Brandon a su esposa antes de hablar.
—¿Ahora?
—Dijiste que podías tenerlo listo para hoy mismo. Lo quiero ya.
El hombre no supo qué responder, ni siquiera pudo moverse. Una vez más observó a su esposa algo perdido.
Amanda le hizo un gesto con la cabeza invitándolo a marcharse. Aquello era lo que habían planeado esas semanas, que Brandon aceptara esas nuevas remodelaciones. No podían perder la oportunidad.
Si no se apresuraban, él podía cambiar de opinión y pasarían un año más estancados en Fort Bragg.
Timothy dudó, pero al final se marchó aunque endureciendo la mandíbula para controlar el enfado. Su molestia no se debía al trabajo que de pronto le habían asignado, sino al hecho de marcharse y dejar a su esposa allí, a solas con su primo.
Amanda, un año atrás, había sido la esposa de Brandon. Su matrimonio fue repentino, casi tanto como su divorcio. Ella lo engañó con él un mes después de la boda, una realidad que, aunque Brandon parecía haberla superado y olvidado, Timothy creía que aún quedaban secuelas.
Por eso odiaba dejarlos solos. Temía que esa intimidad sirviera para propiciar un nuevo acercamiento.
Al quedar solos, Brandon se levantó de su butaca como un águila que vigilaba a un pequeño ratón. Amanda no pudo evitar intimidarse, sobre todo, cuando él se aproximó a ella fijando en su cara su mirada felina.
Su sombra la cubrió acelerándole el corazón.
—¿Desde cuándo tomas decisiones sin consultarme? —preguntó, acechante.
—Solo quise adelantarte el trabajo. Sabes que me gusta…
No pudo continuar porque el hombre la apresó con firmeza del cuello. Amanda se asustó, aunque al mismo tiempo todo su interior se encendió como los carbones de una fogata.
—¿Tengo que reprenderte? ¿Eso buscas?
Ella gimió, ardiendo por el deseo.
—Por favor… Hazlo —pidió en susurros, logrando que él la estampara contra una pared tomando sus manos por las muñecas para retenerlas por sobre su cabeza.
A la mujer le gustaba aquel trato.
—¿Qué diría tu esposo si te viera en estas condiciones?
Metió una pierna entre las de ella y frotó con su rodilla su sexo palpitante.
—Eres un hombre cruel, pero eso es lo que amo de ti.
—¿Amor? Lo tuyo no es amor, sino deseo insatisfecho.
Brandon tomó sus muñecas con una sola mano, la otra la metió bajo su falda. Atrapó la delgada tanga y la rompió de un jalón para así introducir sus dedos en su sexo expuesto, verificando lo húmeda que ella se encontraba.
—Me dejaste por Timothy, pero de él nunca has recibido lo que en verdad deseas. Mira cómo estás, siempre lista para mí.
Amanda no pudo rebatir sus provocaciones porque el placer que experimentaba le nubló la mente. Abrió más las piernas para que él llegara más lejos y le indujera el orgasmo que tanto había añorado.
Intentaba besarlo en los labios, pero él la esquivaba. Odiaba los besos. Ellos eran demasiado íntimos y no le gustaba compartirlos con alguien que no despertara emociones fuertes en él.
Tan solo unos segundos después, Amanda estalló en mil pedazos mientras él emitía un gruñido y apretaba los dientes para soportar la furia que lo embargaba.
En realidad, sentía asco por aquella mujer traicionera, solo la buscaba como acto de venganza. Demostraba su supremacía dominándola a su antojo, así dejaba en claro que a él nadie lo abandonaba ni le quitaba nada, todo le pertenecía.
Enseguida se apartó recuperando su cordura. Amanda se desconcertó por su repentina lejanía.
—Brandon, escucha, creo que debemos…
—Ve a buscar el informe de las propiedades que tasaste —la interrumpió, dándole la espalda.
—¿Ahora? —preguntó, procurando mantenerse de pie a pesar de que las piernas le temblaban.
—Ahora, Amanda —reafirmó mirándola apenas por encima de su hombro—. Y envíalo con alguien. No quiero verte por el resto del día.
La mujer se irguió, herida por aquella afrenta, y se acomodó la ropa antes de dirigirse a la puerta. Sus ojos se empañaron con lágrimas, pero no dijo ni mostró sus debilidades.
—Te lo enviaré enseguida —aceptó marchándose de la oficina.
Al quedar solo, él regresó al ventanal fijando su atención en el lejano trozo de playa cercano a la casa de «ella».
—¿Dónde estás? —masculló, con un dolor profundo palpitando en su pecho—. ¿Por qué me dejaste? —reprochó con la mandíbula prieta y apoyó un puño en el cristal.