Luego de cenar, Phillip y David fueron a dar un paseo por la playa, buscando las cochas marinas que el oleaje dejaba abandonadas en la arena. Diana se quedó en la terraza, los miraba sentada en un sillón hamaca, conmovida por la hermosa relación que se trazaba entre ellos. Durante la estancia, su hijo no tartamudeó ni una sola vez, sonreía con amplitud y escuchaba maravillado las anécdotas que Phillip le contaba, como si fuesen cuentos de fantasía llenos de aventuras y acciones heroicas. Eso le demostró que su hijo necesitaba un abuelo, un padre y una madre más centrada, no ahogada por las circunstancias, los miedos y las confusiones. Brando la observaba desde la ventana de la cocina. Él había entrado para apagar las hornillas, ya que ella había preparado un guiso de carne que sería la

