Capítulo 1

1258 Words
Carlos López era un hombre imponente de 42 años. Medía 1.88 metros, con un cuerpo esculpido por años de entrenamiento riguroso: hombros anchos, pectorales marcados que se tensaban bajo sus camisas de diseñador, abdominales definidos como una tabla de lavar y brazos fuertes con venas prominentes. Como CEO de una importante empresa de software en la ciudad, vestía trajes a medida que acentuaban su figura atlética. Pero lo que realmente lo distinguía era su polla: gruesa, venosa, de casi 22 centímetros de largo cuando estaba completamente erecta, con una cabeza grande y rosada que siempre parecía lista para devorar. Viudo desde hacía cinco años, había asumido el rol de padrastro de Valeria con dedicación, pero en los últimos meses, esa dedicación se había teñido de un deseo prohibido y ardiente. Valeria, su hijastra de 21 años, era una visión de ensueño. Rubia natural, con cabello largo y ondulado que caía como cascada dorada hasta la mitad de su espalda. Sus ojos azules grandes e inocentes contrastaban con su cuerpo voluptuoso: pechos grandes y firmes de talla 36D que rebotaban suavemente con cada paso, una cintura estrecha que se ensanchaba en caderas anchas y redondas, y un culo prominente, jugoso y en forma de corazón que parecía suplicar ser agarrado. Era tímida, hablaba poco, siempre obediente y con esa voz suave y dulce que lo llamaba “papi”. Estudiaba en la universidad, pero en casa era la niña buena que nunca cuestionaba nada. Esa tarde calurosa de verano, Valeria entró al amplio despacho de Carlos en la mansión. Llevaba solo una camiseta oversized blanca de él, que le llegaba apenas a mitad de los muslos, dejando ver sus piernas largas y suaves. Debajo, unas simples braguitas de algodón blancas que ya empezaban a humedecerse. Se mordía el labio inferior, nerviosa, con las mejillas sonrojadas. —Papi… ¿puedo preguntarte algo importante? —dijo casi en un susurro, cerrando la puerta tras ella. Carlos levantó la vista de su laptop, donde revisaba reportes financieros. Su polla dio un salto dentro del pantalón de chándal gris que usaba en casa. —Claro, princesa. Ven, siéntate aquí conmigo —respondió, palmeando sus muslos fuertes. Valeria obedeció inmediatamente, como siempre. Se sentó en su regazo, sintiendo el calor de su cuerpo musculoso contra el suyo. Su culito redondo se acomodó justo sobre el bulto creciente de la polla de Carlos. Ella fingió no notarlo, pero un escalofrío recorrió su espalda. —Es que… en la universidad, las chicas hablan todo el tiempo de sexo, de cómo se sienten, de lo que les hacen los chicos… y yo nunca he hecho nada. Soy virgen, papi. No sé nada. Quiero aprender… pero tengo miedo de hacerlo con alguien de afuera. ¿Me puedes enseñar? Con videos o… lo que sea. Por favor. Carlos tragó saliva. Su corazón latía fuerte. El olor dulce de Valeria, mezclado con el sutil aroma de su excitación incipiente, lo estaba volviendo loco. —Está bien, mi amor. Vamos a hacerlo con cuidado. No quiero que te sientas presionada. Solo aprenderemos lo básico hoy. Abrió el portátil y buscó un video porno suave pero explícito: una rubia curvilínea similar a Valeria siendo seducida por un hombre mayor y dominante. El video empezó con besos, tocamientos. Carlos puso una mano grande y cálida sobre uno de los pechos de Valeria por encima de la camiseta. —Mira cómo él le toca las tetas, princesa. Suavemente al principio… así. Apretó con delicadeza su teta izquierda, sintiendo el pezón endurecerse bajo la tela. Valeria soltó un gemidito ahogado, arqueando la espalda. —Papi… se siente… raro. Caliente. Pero me gusta mucho. Carlos siguió, masajeando ambos pechos ahora, pellizcando los pezones con suavidad mientras el video avanzaba. La chica en pantalla gemía mientras el hombre le lamía los pezones. Carlos levantó la camiseta de Valeria lentamente, exponiendo sus tetas perfectas, firmes, con areolas rosadas y pezones erectos. —Qué hermosas son tus tetas, Valeria. Tan grandes y suaves… —murmuró, bajando la cabeza para chupar uno de sus pezones. Lo succionó con hambre, lamiendo círculos mientras su mano bajaba por el abdomen plano de ella. Valeria jadeaba, agarrándose a sus hombros. —Papi… ahh… sí… En el video, el hombre metía los dedos en el coño de la chica. Carlos deslizó su mano grande bajo las braguitas blancas de Valeria. Encontró su coñito completamente empapado, hinchado, virgen. —Estás chorreando, princesa. Tu coñito está tan mojado para mí… —susurró con voz ronca. Rozó su clítoris hinchado con dos dedos, haciendo círculos lentos. Valeria se retorció en su regazo, gimiendo más alto. Carlos introdujo un dedo grueso en su entrada apretada, sintiendo cómo las paredes internas la succionaban. —Dios santo… estás tan estrecha y caliente. Mi dedo apenas entra. Lo movió adentro y afuera lentamente, curvándolo para tocar su punto G mientras su pulgar seguía estimulando el clítoris. El video seguía sonando de fondo con gemidos fuertes. Valeria empezó a mover las caderas instintivamente, follando su dedo. —Papi… me siento… voy a… ¡ahhh! Su primer orgasmo la golpeó como una ola. Su coñito se contrajo violentamente alrededor del dedo de Carlos, soltando jugos calientes que empaparon su mano y las braguitas. Temblaba entera, con las tetas rebotando, los ojos en blanco y la boca abierta en un gemido prolongado. Carlos estaba al límite. Su polla palpitaba dolorosamente, dejando una mancha húmeda de precum en el pantalón. La abrazó fuerte, besándola en la frente con ternura. —Buena chica. Ese fue tu primer orgasmo. Pero no voy a follarte hoy, princesa. No te voy a quitar la virginidad así… no sé si realmente quieres eso de mí. Valeria, aún recuperándose, lo miró con ojos vidriosos de placer. —Papi… quiero más… contigo. Carlos la ayudó a bajar de su regazo, acomodándole la camiseta. Apenas ella salió del despacho hacia su habitación, él se levantó, con la polla dura como piedra. No podía más. Agarró las llaves y salió disparado de la casa. Condujo directamente a la casa de al lado. Laura, la vecina de 35 años, una morena curvilínea con tetas grandes y culo similar al de Valeria, abrió la puerta en bata. Carlos no dijo nada. La empujó adentro, cerró la puerta y la besó con brutalidad. —Necesito follarte ahora —gruñó. La llevó a la sala, la puso a cuatro patas sobre el sofá y le levantó la bata. Sin preliminares largos, sacó su enorme polla y la frotó contra el coño mojado de Laura. —Joder, qué rico… métemela toda —suplicó ella. Carlos la penetró de un solo golpe profundo, enterrando sus 22 cm hasta el fondo. Laura gritó de placer. Él la folló como un salvaje, embistiendo con fuerza, sus bolas golpeando contra su clítoris. Le agarraba las caderas anchas, nalgueándola fuerte mientras imaginaba que era Valeria. —Así… así te follaría a ti, princesa… tu coñito virgen apretándome la polla —pensaba mientras aceleraba. Cambió de posición: la puso en misionero, le levantó las piernas y la penetró más profundo, frotando su clítoris con el pubis. Laura se corrió por primera vez, gritando y arañándole la espalda. Carlos siguió sin parar, chupándole las tetas, mordisqueando sus pezones. La hizo correrse una segunda y tercera vez, cambiando ritmos: lento y profundo, luego rápido y salvaje. Finalmente, con un rugido, Carlos se corrió dentro de ella, llenando su coño con chorros espesos y calientes de semen, imaginando que marcaba el útero de su hijastra. Salió de allí exhausto pero aún insatisfecho. Sabía que esto apenas empezaba.
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