Habían pasado el día juntos. Para su suerte estaban libres ese día, así que no tuvieron que preocuparse por las pruebas. Sólo por ellos mismos.
—¿Me estás jodiendo?—, dijo burlón Uriah caminando a la par de ella por los pasillos. Le había contado a Uriah que sentía una fuerte atracción hacia Cuatro y bueno... su reacción era de esperarse.
Él lo veía como el amigo de su hermano. Y como un instructor. Pero ella no y ahí yacía el "problema".
—No...—, dijo con sus mejillas tomando un fuerte color rojo.
—¿En serio? ¿Él?—, dramatizó—. Bueno... por lo menos no es Eric.
—Cállate—, intentó cubrir la boca de su amigo cuando un gran grupo de Osados pasó junto a ellos, pero al ser mucho más alto que ella se le dificultaba—. Aunque ya que lo mencionas, Eric es atractivo...
—No me jodas, pecas.
Ambos reían. Ella reía, bromeaba con él, fastidiaba a Uriah, se burlaba. Podía decir que estaba feliz.
Varios osados habían pasado corriendo hacia el Pozo, con miradas preocupadas. Ambos sintieron el ambiente pesado de repente.
—¿Qué está pasando?
Miraron en la misma dirección que todos al llegar al Pozo. Tres hombres tiraban de una cuerda que colgaba del Abismo. Vieron lo que la cuerda sostenía: un cuerpo.
Al.
—Dios mío—, cubrió sus ojos dando pasos hacia atrás.
—Esta muerto—, dijo una voz extraña.
—Dicen que saltó—, un hombre le dijo a otro, cuchicheando.
—Pecas—, la llamó Uriah, al ver sus ojos llenos de lágrimas nuevamente. Intentó acercarse a ella e intentar consolarla justo como lo habían hecho en la mañana.
—No. Yo...- quiero estar sola, Uriah—, murmuró antes de darse la vuelta y desaparecer por los pasillos.
Caminó en al oscuridad, intentando evitar las miradas que le daban los demás Osados que se cruzaba por los pasillos.
Vio a Cuatro girar en una esquina, él al verla aceleró su paso, decidido a hablar con ella.
No.
Dio vuelta por el pasillo, intentando escapar. Él se apresuró a tomarla del brazo, evitando su huida.
—Lamento lo de Al—, dijo muy serio. Ni siquiera parecía lamentarlo pero tampoco es como si le importara.
Al era una escoria. Un lamentable intento de homicida. El único homicidio que había cometido con éxito había sido el suyo. Un maldito s*****a que será recordado como un héroe por acabar con su vida. Pensó.
—Es mi culpa que esté muerto—, pero a pesar de pensar todo eso del difunto muchacho, no podía evitar sentirse culpable.
¿Qué tanto habría sido hablar con él? Dejarlo disculparse. Gritarle. Incluso ignorarlo después. Pero ni siquiera lo dejé hacer eso. Se suicidó porque no quise hablar con él y el cargo de consciencia lo mataba. Se reprochó. Literalmente.
—No. No fue por ti. Él hizo su elección. Habría quedado abandonado. No habría pasado la prueba final.
La palabra divergente resonó en su cabeza como una advertencia.
—Yo tampoco.
—¿Por qué lo dices?—, dijo Cuatro con un tono más serio aún.
—Sabes por qué—, se encogió de hombros mirando sus manos, Cuatro movió su cabeza en un ligero asentimiento—. Y en cuanto los demás lo sepan: me matarán.
—No voy a dejar que eso pase—, tomó la muñeca de la muchacha y la tiró en su dirección—. Acompáñame.
( . . . )
Estaban en la misma habitación de todos los días. Paredes blancas, bien iluminado a diferencia del resto de los complejos de Osadía.
Cuatro sacó de una pequeña caja dos jeringas.
—Cierra la puerta—, la miró con una jeringa en su mano. Obedeció a sus órdenes, cerrando la puerta a sus espaldas.
—¿Entraremos a mi pasaje de miedo?
—No. Iremos al mío.
—¿No te da miedo?—, se acercó a él cautelosamente—. Digo, no sé nada de ti y ahora... ¿Entraré en tu mente? ¿No te asusta?
Él la miró, tenía un brillo extraño en los ojos y una sonrisa en sus labios.
—No.
Puso unos electrodos en su cabeza, tecleó algo en la computadora que tenía en la mesa. Se inyectó a sí mismo con suma facilidad y luego se acercó a ella para inyectarla.
Él se sentó primero, tiró del brazo de la chica, obligándola a sentarse sobre él. Se recostó en su pecho, sintiendo los latidos irregulares de él en su espalda y su respiración en su oído.
( . . . )
Cuando abrió los ojos se encontraba cien plantas sobre el suelo, en una línea de cables.
No es real. Resonó automáticamente en su mente.
—Miedo a las alturas, no me sorprende—, dijo poniéndose en pie con los brazos estirados para mantener el equilibrio—. Podemos saltar, no es real.
—No. Un divergente saltaría, un Osado llegaría a ese edificio. Si quieres pasar la prueba, si no quieres que te descubran, debes hacerlo todo como lo haría un osado. ¿Bien?
—Bien...
Cuatro se giró y caminó hacia el edifico a sus espaldas. Entró por una pequeña ventana, ella siguiéndolo de cerca.
Era una especie de conducto de ventilación, la diferencia es que este no tenía salida. Estaban encerrados. Y las paredes se empezaban a mover haciendo el espacio aún más pequeño.
—Miedo al encierro.
—Cuatro, tienes que relajar tu pulso, calmar tu respiración—, dijo recordando lo que él mismo le había dicho la primera vez que entró en su pasaje de miedo.
La habitación era tan pequeña que apenas cabían ambos. La espalda de la castaña estaba pegada el pecho del moreno, por tanto sentía su respiración en su oído y su pulso en su espalda. El aliento cálido de él le erizaba la piel.
—Intenta pensar en otra cosa—, propuso en voz baja.
—¿Qué sugieres?
—Bueno, no lo sé—, pensó unos segundos pero no apareció nada en su mente. Chasqueó la lengua, resignada— ¿Sabes? a la mayoría de los chicos le gustaría estar encerrados con una chica.
—¡No a los claustrofóbicos, Val!
—Bien. Ya entendí. Umm... siente mi corazón ¿ves lo lento que va?
Con una de sus manos tomó la de Cuatro y la puso en su pecho. Dejándole sentir su pulso.
—Va rápido.
—Sí, bueno, no tiene nada que ver con la caja.
Estaba nerviosa, demasiado. A causa de él.
Las paredes a su alrededor desaparecieron. Ahora estaban en una sala espaciosa. En ésta sólo había una mesa y una silla. Sobre la mesa había un arma y en la silla estaba amarrada una chica.
—¿Quién es?—, dijo a la vez que Cuatro tomaba el arma y caminaba a la muchacha.
—Es una inocente. Tengo que matarla. Pero nunca puedo... a no ser de que no mire—, disparó quitando su vista de la chica.
Altas paredes se alzaron a su alrededor. Ese color. Estaban en Abnegación.
¿Abnegación? ¿Qué demonios hacemos aquí? ¿Cuatro nació allá?
Entonces fijaron su vista en las escaleras, vieron a Marcus Eaton bajar por ellas, con un cinturón en sus manos.
—Marcus tenía un hijo—, dijo más para ella que para él. Recordando—. ¿Cómo se llamaba?
"Había escuchado rumores de Marcus, y claramente eran ciertos. Ella lo sabía. Lo veía en él. Así se veían los monstruos"
—Tobias—, dijo Marcus. Cuatro pareció tensionarse ante tal mención—. Tobias.
Aparecieron varias imágenes más de Marcus a su alrededor. Ahora estaban rodeados.
—Sólo quiero ayudarte. A mejorar.
Y aunque ella también estuviera muerta de miedo por el solo hecho de verlo levantar el cinturón listo para golpear a Cuatro; lo reprimió y salió en defensa del moreno. Se cubrió como pudo del golpe que se avecinaba.
El cinturón se enredó en su brazo, dejando una sensación de quemazón que ya conocía.
Se alejó y el siguiente en actuar fue Cuatro, quien tomó el brazo que sostenía el cinturón evitando posibles ataques, y golpeó a Marcus en la cara con su puño cerrado.
( . . . )
La respiración del moreno era errática. Tenía la cara sudada y el pulso acelerado. Lo miró sobre su hombro.
Se veía asustado. No dijo una sola palabra. Quitó los electrodos de la cabeza de la muchacha, intentando calmarse un poco.
-V