Cuatro se sentó frente a ella con un balde de agua, mojó un trapo, estiró una de sus manos en su dirección; dudó unos segundos antes de tenderle sus manos. Él la tomó y con delicadeza empezó a limpiar sus nudillos ensangrentados.
Le ardía pues con el forcejeo seguramente le habrían clavado las uñas en algún momento.
—¿Viste sus caras?—, preguntó con voz trémula.
—Vi a Al...
—Oh...
Al, el mismo Al con el que Tris y Christina hablaban casi a diario. El mismo Al que inspiraba confianza. El mismo que había intentado matarla.
Pero él no era el dueño de la voz. Esa voz era menos gruesa. Era justo como la de... Peter.
—Increíble que Al...—, susurró con sus ojos fijos en el pañuelo que Cuarto pasaba por sus manos.
—Tiene miedo. Tu asciendes y él falla. Sólo tiene miedo de la clasificación final—, explicó aún concentrado en limpiar las manos de la castaña—. El miedo hace cosas impresionantes en las personas.
Ambos alzaron la vista, para encontrarse con los ojos el uno del otro. Se miraban fijamente, sintiendo un leve cosquilleo en su estómago por parte de ella. A él le brillaban los ojos.
—A ti no te paraliza. El miedo te despierta. Lo he visto—, su mirada se intensificó, inconscientemente apretando de manera gentil sus manos.
¿Qué me querrá decir? Pensó, manteniendo sus ojos fijos en los de él, intentó no desviar la mirada a sus labios pero le era muy difícil. No sabía qué responder ante eso así que sólo se limitó a quedarse callada y darle una pequeña sonrisa de gratitud.
—Intenta descansar—, dijo él poniéndose en pie, tomando el balde con una de sus manos—. Dormiré en el suelo.
Tomó su brazo para evitar que se fuera, ganándose una mirada inquisidora: —Gracias.
( . . . )
Despertó temprano en la mañana. El sol apenas empezaba a salir. Se sentó en la cama del muchacho sabiendo que aunque lo intentara no podría volver a dormir.
Mis botas. Recordó haberlas perdido después de que los hombres la hubieran tomado por la fuerza y arrastrándola al Abismo. Se deshizo de ese pensamiento, luego tendría tiempo para preocuparse por los zapatos que usaría.
Jugó con las mangas de la sudadera, le era casi imposible no pensar en lo ridículamente grande que se le debía ver. Pero era la enorme sudadera de Cuatro o su camiseta rasgada. La respuesta era obvia.
Escuchó agua correr, seguramente el sonido vendría del baño. Eso quiere decir que está despierto.
Cuatro apareció en su campo de visión, usando una camisa limpia que le ajustaba alrededor del pecho y los brazos, haciendo evidente lo bien trabajada que era su figura.
—Buenos días—, murmuró mirando a Cuatro tímidamente; pues el sólo hecho de haber irrumpido en su espacio le resultaba algo incómodo.
Este es su lugar, aquí él es libre. Y yo estoy siendo un intruso. Pensó.
—Veo que ya te levantaste—, dijo tomando una taza que reposaba sobre una mesa bastante alta. Movió su cabeza en asentimiento aún mirándolo—. ¿Qué hacías en los pasillos a esa hora?
—Nada... Yo sólo. No quería estar cerca del bullicio y de la gente, supongo que se me fue el tiempo...
El muchacho apoyó su espalda en la mesa, aún mirándola. Nuevamente el silencio reinó. Bebió de la taza y la dejó reposar nuevamente en la mesa.
—Tengo miedo—, se atrevió a decir después de un rato de jugar con sus manos. Lo dijo porque era verdad, porque lo sentía a flor de piel. Pero no era miedo... estaba aterrada.
Cuatro pareció pensar lo que diría unos segundos y después dijo: —Necesitas protección. Podría reportarlo pero...-
—No. No lo hagas. En cuanto lo hagas lo sabrán y será peor...- no lo hagas, por favor—, dijo pasando una mano por su cabello, el temor calando en su ser.
—Debes mostrarles que tienes miedo—, sugirió Cuatro—. Busca protección entre los iniciados. Si ellos ven que tienes miedo te dejarán tranquila. Estando rodeada de tus amigos no se atreverán a lastimarte.
Mantuvo una postura algo relajada mirando a la muchacha.
—Ellos me... me tocaron—, se atrevió a decir, sintiendo nuevamente asco. Al decirlo en voz alta se vuelve real, pensó. Alzó sus ojos para mirar firmemente a Cuatro que ya se había acercado varios pasos y ahora tenía una mirada seria—. No necesito fingirlo porque estoy aterrada.
Cuatro se sentó en la cama, quedando a tan sólo unos centímetros de distancia de ella. Analizó su cara y el gran moretón de tonos verdes y morados que se formaba en su mejilla. Estiró su mano, para mover el cabello que cubría el golpe, rozó sus dedos sobre la zona lastimada; un escalofrío recorriéndola, cerró los ojos ante el contacto.
—Deja que se vea—, con sus dedos movió su cabello dejándolo detrás de su oreja, un moretón oscuro quedando al descubierto—. Mantén la cabeza levantada—, con sus dedos alzó gentilmente su mentón. Sus ojos estaban fijos en su cara pero ella no podía descifrar si en su moretón o en sus labios.
Impulsivamente tomó la mano de Cuatro entre las suyas, ganándose una mirada de duda de él. La acercó a sus labios, depositando un suave beso sobre esta, el aire que salía de su nariz daba en la piel del muchacho; enviaba corrientes eléctricas por todo su sistema.
Ni siquiera sabía qué estaba haciendo, sólo lo hizo, estaba tentando su suerte con ello, sin embargo no había vuelta atrás. Por suerte Cuatro era del tipo comprensivo.
—Gracias.
( . . . )
Caminó entre las mesas atiborradas de gente. A lo lejos pudo ver a Uriah, Lynn y Marlene compartir mesa con Tris, Christina y Will. Se sintió aliviada de no tener que explicar lo sucedido dos veces. Hizo lo que Cuatro le había dicho, mirada en alto pero aspecto aterrado.
Lo vio a lo lejos sentado en una mesa con los líderes de Osadía. Parecía fastidiado. Su mirada se juntó con la de ella, una nueva guerra de miradas que ninguno quería perder. Le dedicó un asentimiento a la muchacha y ella caminó hasta la mesa en la que estaban sus compañeros y su amigo, un poco más confiada.
Para su no tanta suerte, en la mesa de al lado estaban sentados Peter, Molly y Drew.
Se sentó junto a Uriah, recostado su cuerpo en él.
—¿Qué demo...-? ¿Pecas?—, Uriah saltó preocupado. Tomó su rostro entre sus manos, mirando el moretón y las grandes bolsas que se formaban bajo sus ojos.
—¿Qué te pasó?—, todos en la mesa empezaron a preguntar, olvidando la comida en sus platos.
Les contó lo que había pasado, saltándose varios detalles como en dónde había pasado la noche o de quién eran la sudadera y las botas que estaba usando o que la habían tocado.
Todos se mostraron muy molestos con el hecho de que Al le hubiera intentado hacer algo así.
Una mano tocó su hombro de imprevisto, se sobresaltó acto reflejo, giró sobre su eje para mirar al dueño de esa mano. Se encontró a Al con una mirada totalmente arrepentida.
—Podemos hablar...-
—No me toques—, se alejó de él, empujando un poco a Uriah pues parte de su cuerpo seguía apoyado en él. Se levantó de la silla para estar a la altura del muchacho.
—Yo sólo quería...-
—Si vuelves a acercarte a mi—, su voz tembló aún sonando fuerte e imponente sobre el bullicio que poco a poco se iba disipando. Sintió sus ojos húmedos—, te mato.
—Valentine...-
—No vuelvas a acercarte a mi. Eres un cobarde—, dijo aún más fuerte, esta vez llamando la atención de todos en el lugar. Unas lágrimas corrieron por sus mejillas.
Al asintió dolido, resignándose se fue del lugar. Ella se volvió a sentar, escondiendo su cara entre los brazos de Uriah que no había podido resistirse a consolarla.
—¿Quieres irte, pecas?—, susurró en su cabello, ella asintió. La ayudó a levantarse y caminó fuera de la cafetería junto a ella—. Pero quita esa cara de cordero degollado que me vas a hacer llorar.
Ella sonrió con lágrimas aún escurriendo por sus mejillas. El sólo recuerdo de las manos escurridizas recorriendo su cuerpo le aterraba más que el caer por el Abismo.
La caída tenía un final más certero: la muerte.
-V