Lo ve inconsciente, aparentemente le dio con mucha fuerza, en su desesperación le dio todo en ese momento. Ve la herida, mira la habitación y ve unas cuerdas. Se apresura a amarrarlo de las esquinas de madera sólida de la cama, de manos y pies, formando una equis. Sale de ahí y va a la casa a buscar un botiquín, al regresar él está tratando de soltarse. —Suéltame, mujerzuela. Nunca debí meterme contigo. —Primero atenderé la herida, no dejas de sangrar y después me dices por qué me has atacado. —No me toques con tus sucias manos. Eres despreciable, eres una cualquiera. —Tania no le hace caso y saca lo que necesitara para evitar que se desangre. —Listo, con eso no saldrá más sangre. —ella hace a un lado el botiquín y se sienta en una silla, cerca de la cama— ¿Por qué me has sacado de la

