—La tregua acaba cuando nazcan… —advertí, girando apenas la cabeza para mirarlo, con los ojos entrecerrados. Mateo rió bajo, como si mi advertencia fuera un juego divertido. —Lo sé, pelirroja… —susurró, rozando mis labios con la mejilla—. Por eso quiero disfrutar mientras puedo. Hasta que lleguen nuestros pequeños terremotos, podemos fingir que todo está en calma. Su frente descansó contra mi hombro y sentí cómo su respiración cálida se mezclaba con la mía. Sus dedos dibujaban círculos lentos sobre mi vientre, como si pudiera calmar a los bebés y a mí al mismo tiempo —Joder… —susurré, incapaz de ocultar el ardor que me consumía. —¿Qué pasa? —su voz ronca y baja me recorrió entera mientras se inclinaba un poco sobre mí, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración en mi cuello

