Disimulamos que todo estaba bien. Después me despedí de mi Salvatore y de mi madre y también de los invitados, con sonrisas que no podían ocultar la tensión que sentía por dentro. Sin embargo, al llegar a nuestro departamento, la atmósfera cambió por completo: Mateo mostró otra cara, dura, fría, y sus ojos grises parecían relámpagos de ira contenida. —No quiero que le hables… no quiero que respires cerca de él… no quiero que lo toques —dijo, y su voz vibraba con una violencia que me hizo estremecer. Se acercó con pasos firmes, su presencia llenando la habitación, y sentí cómo su mano se posaba con fuerza sobre mi brazo, obligándome a mirarlo a los ojos. La intensidad de su mirada era tal que podía sentir cada latido de su corazón como si golpeara contra el mío. —¿Me has entendido, pelir

